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10.11.2006 Imprimir Enviar Comentar
ARTÍCULO

Internacional. Militares violadores: ¿locura temporal?

Laura E. Asturias

En este análisis sobre los casos de violencia sexual dentro de las Fuerzas Armadas, Laura E. Asturias toma como referencia la conocida película Cuestión de Honor, para denunciar la impunidad de los agresores muchas veces amparados en argumentos como locura temporal.

La noche del 20 de agosto volví a ver la película “Cuestión de honor” (“A few good men”, 1992), protagonizada por Tom Cruise, Demi Moore y Jack Nicholson, en la que un joven abogado militar defiende a dos soldados de la marina acusados de homicidio en la base de Guantánamo, Cuba. Éstos alegan que sólo cumplían órdenes al aplicarle el “código rojo” a otro compañero, castigo que consistió en introducirle una mordaza en la boca “para asustarlo”, supuestamente por haber violado una norma oficial. Pero ignoraban que el muchacho padecía una grave afección cardiaca y lo que sería un “susto” terminó en muerte.

Esta película siempre me ha gustado pues pone de manifiesto los desmanes que se dan también dentro del ejército, los abusos cometidos por oficiales contra congéneres subalternos. Además, el sexismo que enfrentan las mujeres en ese ámbito, algo que refleja el coronel Jessup (Nicholson) al decir que ninguno en el ejército ha probado lo bueno sino hasta que una oficial superior le hace sexo oral, pero que él estaba salado pues, siendo coronel, tendría que esperar a que hubiera una mujer presidenta.

Confieso que me gusta la cinta también porque se siente rico ver tras las rejas, al menos en pantalla, a criminales (militares o no) que se creen intocables. Fue eso lo que ocurrió con Jessup, quien terminó admitiendo, con la clásica arrogancia de su oficio, que él mismo había dado la orden de aplicar el “código rojo”, el cual no figuraba en ningún manual castrense pero todos sabían de qué se trataba. Y le temían.

Así que acabó mi noche con la imagen de un alto oficial militar conducido a la cárcel a esperar juicio. Y a la mañana siguiente me entero (ahora ya no por fumadas de Hollywood) que más de cien mujeres jóvenes que querían ingresar al ejército en Estados Unidos en el pasado año fueron abusadas sexualmente por sus reclutadores: violadas en sillones de oficinas, atacadas en automóviles gubernamentales y manoseadas cuando iban a hacer sus exámenes de admisión.

Según la investigación de la agencia Associated Press, más de 80 reclutadores militares fueron disciplinados en el 2005 por mala conducta sexual contra mujeres que querían enrolarse. Los casos abarcan a todas las ramas de las fuerzas armadas y todas las regiones del país.

Una de las víctimas, de 18 años, dijo: “El reclutador tenía todo el poder. Tenía el uniforme. Tenía mi futuro. Yo confié en él”. A otra de 17 años su reclutador le advirtió: “Si quieres unirte a la marina, debes tener sexo conmigo”.

Entre otros hallazgos, la agencia descubrió que en el ejército estadounidense (que constituye alrededor de la mitad de las fuerzas armadas) ha habido 722 reclutadores acusados de violación y mala conducta sexual desde 1996. Asimismo, que a aquéllos que han sido hallados culpables de tal comportamiento se les aplican, en su mayoría, medidas disciplinarias administrativas (reducción de rango o retención de salario), mientras que los juicios militares o civiles son raros.

En Indiana, el sargento reclutador Eric Vetesy ha sido acusado de al menos 31 cargos de violación y ataque sexual. Este caso llevó a que la Guardia Nacional instituyera recientemente en ese estado la política “Ninguna sola”, que prohíbe a los reclutadores estar a solas con mujeres que quieren enrolarse en el ejército: ni en oficinas, ni en automóviles, ni en algún otro lugar. De lo contrario enfrentan inmediatas acciones disciplinarias, como también si se enteran de la mala conducta de otro reclutador y no la reportan.

Un problema ahí es que dicha política se refiere exclusivamente a mujeres víctimas, cuando bien se sabe que en cualquier ejército abundan las prácticas sexuales entre hombres (como alguna vez y con toda naturalidad le dijo un soldado guatemalteco a un gringo que por fuertes lluvias tuvo que pasar la noche en una base militar en el sur del país: “Aquí el más macho es el que tiene más hombres”). ¿Qué harán entonces cuando las víctimas sean muchachos coaccionados a tener sexo como requisito para pasar un examen de admisión?

Aunque es bueno que esos abusos de poder salieron a luz, veo difícil que el jefe supremo de las fuerzas armadas estadounidenses apoye un severo castigo a los ofensores.

Uno de los violadores, el sargento Brian Fukushima, dijo que lamentaba haber defraudado a su familia y al Cuerpo de Marinos, y que fue una “pérdida temporal de juicio”. Y en términos similares se expresó Shedrick Hamilton, quien cumple una pena de 15 meses de cárcel por violación en tercer grado.

¿Qué es eso de “pérdida temporal de juicio”? ¿Por qué los ofensores (sean violadores o golpeadores de mujeres) se escudan tras una especie de demencia pasajera para justificar sus actos? “Me volví loco”, dicen, “y por eso la maté/violé/pegué”. O alegan que lo hicieron por estar ebrios o drogados.

Quizás recurren a ese cuento porque nos lo tragamos. En casi todas las sociedades se cree que tales conductas son inducidas por desórdenes temporales que el ofensor no puede controlar.

Mentira. Serán contados los casos en que los veamos arremetiendo a golpes contra una mujer o violándola enfrente de (digamos) un policía (a menos que el agresor también lo sea). No lo harían frente a su superior (aunque aventuro eso con cautela, luego de ver lo que los soldados gringos han hecho con prisioneros en Irak). Sencillamente porque los agresores “se cuadran” frente a quienes perciben con más poder.

Lo cierto es que agreden estando “en su sano juicio” porque todo el sistema lo permite: desde las enseñanzas en casa que convencen a los niños de que las niñas son inferiores y la conducta del padre hacia la madre que refuerza esa convicción, pasando por púlpitos desde los que se promueve la supuesta superioridad masculina, hasta un aparato judicial que se hace cómplice de los ofensores al disculpar con meras palmaditas en la mano una conducta que marcará para siempre la vida de la víctima. Sea ésta mujer u hombre.

Ésos son los “códigos rojos” con que muchos hombres crecen. Y, como está visto, es necesario crear políticas para que reciban el castigo que merecen esas conductas propiciadas por normas tácitas que vulneran la integridad y dignidad de otras personas.

Fuentes: Artículo publicado por La Opinión, de Guatemala, Año I, Nº 132. 2006

 
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