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La agresión es un peligro inminente dentro de las parejas que caen en la escalada de los celos obsesivos. |
Algunos y algunas aseguran que un poco de celos siempre le da algo de sabor a la relación. De hecho, especialistas aseguran que es una emoción normal dentro de la pareja cuando alguno de sus integrantes siente amenazado el cariño del otro, pero en varios casos este sentimiento puede transmutar en obsesión, lo que no pocas veces termina provocando graves daños emocionales y físicos.
En toda pareja, uno de los deseos más profundos tanto del hombre como de la mujer es ser el único receptor del amor del otro. Cuando en una relación aparece el riesgo de perder el cariño de la persona amada a causa de otra tercera persona –real o imaginaria– surgen los celos.
Para el psicólogo estadounidense Ivan Korolevich, los celos son normales e incluso necesarios, ya que generan la energía vital en una pareja. En una relación afectiva sana, cada uno de los miembros de la pareja se esfuerza por mantener el amor. Los celos son emociones que funcionan como un mecanismo de defensa, que garantizan la permanencia de cada uno de sus miembros y protegen la relación de intromisiones del exterior.
Pero, aclara por su parte el psicólogo Juan Fernández, “cuando ese sentimiento (los celos) provoca respuestas exageradas e iracundas para controlar a la pareja, se establece un fenómeno patológico o enfermizo”.
“Cuando éramos novios me celaba de vez en cuando y sin violencia”, cuenta María, oriunda de Jalisco, México. “Hasta llegué a sentirme orgullosa de su protección y control. Suponía erróneamente que eso era amor y que lo tenía muy enamorado de mí”.
La joven, que en ese entonces tenía sólo 22 años, no dudó en aceptar la propuesta de Efraín de emigrar, una vez casados, a Estados Unidos en busca de mejores horizontes laborales.
Al principio, la recién casada creyó que los frecuentes ataques de celos de su marido eran sólo producto del estrés por no encontrar empleo. Pero, al poco tiempo descubrió que esa obsesión enfermiza se convertía en una agresión constante.
“Nunca voy a olvidar el día en que mi ex esposo se presentó sorpresivamente en la oficina donde yo trabajaba”, comenta Leticia. “El hecho de encontrarme almorzando con mis compañeros y mi supervisor bastó para que me insultara con gritos y groserías enfrente de todos”.
Para evitar los ataques de cólera de Efraín, decidió renunciar al trabajo. Aun así, los vergonzosos episodios continuaron y hasta llegó a prohibirle que se depilara piernas y axilas y usara perfume para no “provocar” a los hombres.
“Otra vez me equivoqué al creer que él iba a cambiar, cuando al fin pudo montar una vulcanizadora en el Este de Los Angeles. La situación se tornó peor, pues me agredió físicamente. Primero empezó con empujones y luego vinieron las bofetadas”.
Finalmente Leticia decidió llamar a la policía. Después de tomados todos los pasos legales, y al ver que su ex esposo no respetaba las restricciones estipuladas por la ley, decidió huir. Desde hace dos años vive en el estado de Arizona con su hija.
“El caso de este hombre representa al sujeto clásico afectado por una celotipia o neurosis obsesiva, que sólo puede controlarse con terapia o grupo de apoyo”, explica Fernández.
El especialista considera que un importante número de personas celosas responden al modelo que aún sufren el complejo de Edipo, o sea la atracción que sienten los niños o niñas por sus madres o padres del sexo contrario. Esa es una de las claves, dice, que determinará sus futuras relaciones de pareja y su sexualidad.
“Una madre controladora va a formar un esposo controlador en su hijo; de la misma manera que los abusos de un padre crea en sus hijos un patrón semejante que se desarrolla cuando forman una pareja, un comportamiento obsesivo que afecta la estabilidad familiar, el desempeño en el trabajo y las relaciones sociales, característico de un estado de delirio de celos”, concluye.
En algún momento de una relación amorosa, los celos aparecerán, pero es el modo en que se manifiestan lo que definirá la calidad de la relación.
Según la psicología evolutiva, los celos tienen una función particular y universal en la historia del ser humano, ya que permiten la construcción de relaciones monogámicas.
“Cuando los celos dejan de ser normales y rebasan el límite de la ley, es necesario la ayuda externa”, comenta Korolevich. “El perfil psicológico de un celoso o una celosa se refleja por su baja autoestima e inseguridad. Esos individuos demandan una constante aprobación de su pareja. Sufren y hacen sufrir no tan sólo a su compañero o compañera, sino también a quienes les rodean”.
Generalmente, afirma el psicólogo, las acciones de ira y agresión de un celoso o celosa aumentan en forma progresiva. Los casos extremos de celos obsesivos frecuentemente tienen un desenlace fatal, como el de Otelo, el famoso personaje de Shakespeare.
La capacidad de entender al otro miembro de la pareja es fundamental para Korolevich. Cuando el celoso o la celosa se da cuenta de que su pareja es un ser humano y no un objeto de su propiedad, recién estará en condiciones de concertar una verdadera comunicación. Valerse de la ira, el miedo o la agresión para continuar una relación, sólo causa más daño.
“Es necesario recordar que a la única persona a la que se puede controlar es a uno mismo. Cualquier persona dispone del libre albedrío para elegir si continúa o termina una relación. Y los demás, incluida su pareja, deben respetar esa decisión”, concluye el psicólogo.
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