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España, 3 de enero 2003. El llamado enfoque de género se aplica desde los años ochenta en las políticas de desarrollo y medioambiente. Las mujeres de los países en desarrollo, ya no son objeto sino que, de alguna manera, hacen cosas, se contabiliza y se tiene en cuenta lo que hacen. Y se ha pasado a hablar de género.
En los países empobrecidos se empieza a considerar y a valorar que las mujeres, tanto en estratos rurales como urbano-marginales, tienen un extenso conocimiento de los recursos naturales y de su gestión. Pero a pesar de esto, parece ser que, al aplicar políticas relacionadas con el medio ambiente y el género, lo que se ha hecho es sólo utilizar ese conocimiento y esos saberes para optimizar su labor, es decir, se ha utilizado su saber, dándoles tutoría, para que lo hagan mejor. Esto significa que se ha considerado a las mujeres de manera paternalista o se les ha presentado como víctimas, como personas que tienen una gran carga de trabajo, como las grandes sufrientes.
Efectivamente, las mujeres de los países empobrecidos trabajan muchísimo, pero... los hombres también. Por lo tanto, no se entiende por qué aparecen como víctimas. No se considera a las mujeres como sujetos-agentes; agentes políticos y agentes en posición de igualdad con sus compañeros.
Hasta el día de hoy se responsabiliza a las mujeres y como madres, de poner remedio a todo lo que pueda pasar con el agua y con los alimentos; se les carga con la tutela de velar por la seguridad alimenticia y en numerosas ocasiones deben ser las responsables de trasladar estos elementos hasta sus hogares.
Se busca que ellas sigan realizando estos trabajos, sigan teniendo esta carga de responsabilidad, pero que lo hagan, también, "más eficientemente". No se ha planteado que quizá sus compañeros están queriendo aprender y formarse en temas como la seguridad alimenticia o el manejo de otro tipo de recursos naturales.
En el terreno de la salud en los países en desarrollo, el peso del control de la reproducción está exclusivamente sobre las espaldas de las mujeres. En cuanto a la salud sexual nos encontramos que, nuevamente, es la mujer la que debe chequearse periódicamente. Raramente los hombres son controlados sobre su salud sexual, ni siquiera a raíz de la pandemia del Sida.
Igualmente son ellas las responsables de aprender a cuidar de los menores ya que, a su vez, son las que tienen que tratar con ellos. Pero, ¿queremos que siempre sea así? No sabemos si, tal vez, sus compañeros quisieran estar aprendiendo cómo hay que tratar al bebé o cómo se le educa. Acaso muchos de ellos estarían dispuestos. Hay una brecha que no se ha cubierto: el trabajo con los hombres en materia de salud sexual, de capacitación sobre salud reproductiva y de educación infantil. De alguna manera se entiende que los hombres están en el trabajo, y las mujeres no. Lógicamente, las mujeres trabajan dentro y fuera de la casa, pero se entiende que éstas tienen un manejo del tiempo más flexible.
El llamado enfoque de género, en el desarrollo y en el manejo de la política ambiental, se ha despolitizado. Hay que ver también que la participación de las mujeres hay que valorarla y darles paso en los órganos de gestión y no sólo considerarlas como objeto de actuación. Muchos de los proyectos que se llevan a cabo en países en desarrollo, con comunidades rurales y urbano-marginales, en cuanto a capacitación, formación... tienden a cargar esas responsabilidades sobre ellas. Las mujeres en esos países, en la mayoría de los casos, son madres. Pero además de ser madres son sujetos políticos, tienen su voz propia y ya están vindicando estar en los órganos de decisión, ser ellas las que hagan las políticas, las que digan dónde se destinan los recursos y ejercer de interlocutoras, coordinadoras y “hablar”. Hace tiempo que lo están pidiendo, pero no siempre las instituciones están preparadas para ver esto.
*Paloma Fernández Rasines es Analista de la ONG Medicus Mundi, Antropóloga de la Universidad Pública de Navarra Agencia de Información Solidaria - prensa@medicusmundi.es
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