|
He seguido leyendo en esos días junto a la mar; y he tenido ocasión de hablar con unos y con otros de “mi tema”, la violencia contra la mujer o violencia de género. Y me he encontrado con confusiones, mitos, excusas, ideas erróneas y bastante de “pasotismo”, es decir, bastante de “ya pasará”, “es una moda”, “no es para tanto”, “se exagera mucho”, etc.
Me siento ante el ordenador, y tras pensar unos minutos, me decido a poner por escrito algunas ideas sobre la violencia contra las mujeres. Voy a titularlas, ya está hecho, como “Decálogo sobre la violencia contra las mujeres”. Es un compendio de aquellas ideas que en los momentos actuales pienso son importantes para entender el problema y para seguir adelante en la lucha por erradicar la violencia contra las mujeres.
Violencia contra la mujer, violencia de género
Espero no volver a confundirme nunca más y emplear el término exacto: violencia de género. Recuerdo la definición de la ONU: “violencia de género se refiere a todo acto de violencia que se ejerce contra la mujer por el hecho de ser mujer y que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación de la libertad, con independencia de que se produzca en el ámbito público o privado”.
Una violencia que se ejerce por el hombre con la finalidad de perpetuar el dominio o poder sobre la mujer; una violencia que se ejerce por el hombre en virtud de la creencia –herencia cultural de generaciones– de que es superior a la mujer y que como tal debe demostrarlo tantas veces lo considere oportuno o lo crea conveniente.
Machismo, patriarcado, desigualdad, superioridad están en la base de la violencia de género que se ejerce dentro del ámbito de las relaciones domésticas y de las relaciones de afectividad entre el hombre y la mujer. Son muchos los que piensan que se trata de una violencia propia de toda relación, que se trata de un problema más o menos normal del ámbito doméstico. Son muchísimos los que no han descubierto que la violencia contra la mujer, por el hecho de ser mujer, es el efecto de “una cultura y casi una tradición”. Por ello, son muchísimos los que no entienden que el problema exige un cambio de actitud radical en la sociedad, en la cultura, e la educación, en las relaciones.
No sólo las muertes, también los malos tratos del género que sean
A la sociedad no le tiene que preocupar solamente la cifra creciente de muertes, asesinatos, de mujeres a manos de hombres, y existe motivo más que suficiente para la preocupación. Si todo se centra única y exclusivamente en los asesinatos –o en las lesiones graves–, va a ser difícil que se entienda el problema que representa para la sociedad –libertad e igualdad– la violencia de género.
Y va a ser difícil porque, se pensará que, por ejemplo, la Orden de Protección (1) es “panacea” para acabar con la violencia doméstica, así suelen llamarla. Va ser difícil porque –y lo he experimentado– muchos, si solamente les llama la atención el asesinato, van a afirmar: “se ha pasado”, como si no se hubiera llegado a la muerte –o lesión grave– nada hubiera pasado.
Va a ser difícil porque muchos hombres, también mujeres, van a pensar, y lo hacen, que los asesinatos –y ya me gustaría que así se calificaran– son la expresión de la barbarie de unos “locos, alcohólicos, marginales o drogadictos, y también celosos”. Con otras palabras, los asesinatos son para muchos una pantalla que no les permite ahondar, es decir, descubrir el maltrato habitual, la dependencia de la mujer, el machismo imperante; “las ramas no dejan ver el bosque”.
No sólo protección, también erradicar
Y que nadie tome estos puntos como si de un orden determinado se tratara; tal como los he ido pensando, los comento.
Me he encontrado con personas que me han comentado: bueno, estarás contento, ya está en marcha la Orden de Protección; y lo han dicho como si esta nueva medida –que, insisto, me parece importante, aunque tengo ciertos reparos– fuese definitiva.
Cierto es, absolutamente indubitable, que la mujer maltratada necesita protección en las situaciones de riesgo en las que se encuentra cuando se decide a dar el primer paso hacia la libertad, hacia la dignidad. Pero esa protección es una medida más.
La lucha por erradicar la violencia de género en nuestra sociedad tiene otras medidas que tomar: educación, leyes verdaderas y eficaces de igualdad, tratamiento solidario de los medios de comunicación. Quedarse satisfechos con la protección de las mujeres que se ven amenazadas por el agresor cuando se han decidido a salir de “la prisión que son los malos tratos”, es, además de no haber entendido fondo el problema, dejar sin ayuda a quienes, por ejemplo, todavía no son concientes de ser víctimas de maltrato, y son en verdad víctimas.
En todas las clases sociales
Ni es la primera vez ni será la última, pero me preocupa, y mucho, que el mito “solamente sucede en las clases marginales o más bajas de la sociedad o con menos cultura” permanezca instalado en muchísimas personas.
La clase media alta y alta –voy a emplear estos términos aunque evidentemente me disgustan– no denuncia: llega a arreglos, o se calla para mantener el estatus social, o acude a la medicina privada; o lo que es pero, muchísimo peor, habla en la tele a cambio de dinero, lo que desprestigia y confunde.
La violencia de género se da en todas las clases sociales porque no es cuestión de titulación académica ni de dinero; es cuestión de machismo, de dominio y poder del hombre sobre la mujer, de educación recibida, en muchos casos precisamente en colegios religiosos. Por cierto, sigo echando de menos la voz de la iglesia respecto de la violencia doméstica. Ya está bien de “novenas y rosarios”, de “perdonas más o menos sacrosantos”, “de aguanta, hija mía, porque el matrimonio es un sacramento”. Estamos ante una violación de derechos humanos fundamentales, y según la nomenclatura de la Iglesia eso debería ser un pecado gravísimo.
No sé cómo, pero hay que lograr que las mujeres maltratadas que permanecen silenciosas, “y esclavas” en las esferas importantes de la sociedad, rompan el silencio, denuncien, den un paso al frente. No sé cómo, pero voy a insistir en ello en los próximos meses.
No sólo el gobierno, toda la sociedad
Escribe Miguel Lorente: “Los estudios han demostrado que hay razones socio-culturales que hace que la mujer permanezca en este tipo de relación, incluyendo la falta de alternativas, el temor a la desaprobación de familiares y amigos, la preocupación por la pérdida de sus hijos y hogar, y el miedo a las represalias del agresor. No hay que olvidar que una gran parte de la sociedad culpabiliza a la mujer, tanto por la agresión en sí, ya que consideran que la ha precipitado por no comprender al marido cuanto éste tiene problemas, como por tomar cualquier tipo de iniciativas en contra de él o para salir de la situación en la que se encuentra”.
No me estoy refiriendo, al solicitar un cambio en la actitud de la sociedad, al tema de la educación y la cultura; me refiero al apoyo social que la mujer maltratada debe encontrar en la sociedad.
En primer lugar, en su propia familia. Lo que, a veces, no es fácil: por incomprensiones, por las incomodidades que romper las cadenas conlleva. En los amigos –¿lo son o no lo son?–, romper el aislamiento social es duro, pero el apoyo de los amigos puede resultar esencial para el primer paso, y, de manera especial, para la ardua tarea de reemprender “la marcha”.
El apoyo de toda la sociedad. La mujer maltratada no puede encontrarse con “caras raras”, “con miradas poco claras”, con “rumores y desconfianzas”. La mujer maltratada debe saber que la sociedad está a su lado, que la sociedad culpa íntegramente al agresor. Me temo que queda mucho camino por recorrer hasta que la sociedad apoye sin titubeos a la mujer maltratada en su lucha por conseguir de nuevo la libertad.
* Licenciado en Derecho. Columnista habitual de La Revista – La Morada (España).
1) El autor se refiere al mecanismo recientemente aprobado en España para proteger a las víctimas de la violencia doméstica, el que permite activar en un máximo de 72 horas medidas cautelares contra el agresor y el acceso de la víctima a la asistencia social y económica (ver link interno).
Fuente: La Revista – La Morada, Año I Num. XXIII, semana del 18/08 al 24/08 de 2003.
|