MEMORIA/Perfiles
21.08.2003
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ARTÍCULO
Matilde Montoya, la primera médica

 


Sin tregua

Durante su estancia en Cuernavaca, donde se traslada para convalecer de una dolencia a los ojos que le imposibilita seguir con sus estudios, se enfrenta a una emergencia. Una mujer en peligro de muerte, debido a un parto difícil, le pide ayuda. Además, carece de medios económicos que le impiden atenderse en el hospital.

Matilde corre el riesgo de ser acusada por no tener título, pero no vacila y accede a prestarle asistencia. La operación es exitosa. Enteradas las autoridades locales, le solicitan que asuma el cargo de partera en vista de que en la ciudad no existía ninguna.

Al rehusar Matilde este ofrecimiento, le proponen nombrar un jurado ante el cual dará un examen de conocimientos. Éste certifica que está en capacidad de ejercer la profesión. Después de permanecer un año en Cuernavaca, regresa a la ciudad de México para continuar con sus estudios de obstetricia, graduándose en 1872 con la tesis Técnica de laboratorio en algunas investigaciones clínicas, la primera escrita sobre este tema.

Los años entre 1873 y 1875 son de intenso aprendizaje. Su ingreso al Hospital de San Andrés pone a prueba sus conocimientos. Laureana W.de Kleinhans nombra a un grupo de médicos que acoge paternalmente a la joven partera, a quien aprecian por su dedicación e inteligencia. Matilde está ávida de conocimientos. Bajo el magisterio de estos médicos, se entrena en operaciones de pequeña cirugía, mientras en su casa sigue estudios de latín, griego y matemáticas.

Calumniada

La combinación de trabajo y estudio, unido al hecho que debe atender al sostenimiento económico de su madre, la conduce a un agotamiento físico, obligándola a tomar un largo descanso, trasladándose a Puebla en 1875. Pero no permanece mucho tiempo inactiva. Después de su recuperación reanuda su trabajo con mucho éxito llegando a tener una numerosa clientela.

Pronto atrae sobre ella la crítica y la envidia de sectores retrógrados y misóginos. Es calumniada injustamente y señalada como “apóstata” con el cargo de profesar la religión protestante, acusación grave de la que se valían, en aquellos tiempos, los medios eclesiásticos y conservadores para destruir a quienes contradecían las normas establecidas. Particularmente, fueron mujeres contestatarias y de avanzada, las víctimas de esta cruzada fundamentalista en varios países del continente. Matilde Montoya no fue una excepción.

La campaña de desprestigio dio resultado y Matilde debe abandonar Puebla para buscar trabajo en Veracruz, una vez perdida su clientela. Meses después es requerida por mucha gente de Puebla que le pide que regrese al convencerse de la falsedad de las acusaciones. Este es un momento de decisiones en su vida profesional. Considera que ha llegado el momento de avanzar en su carrera y que la forma de hacerlo es estudiando medicina.