MEMORIA/Perfiles
05.11.2003
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PUNTO DE VISTA
Nuevas Antígonas
Graciela Hierro*

 


En la antigüedad aparece la figura dramática de Antígona, que defiende frente al rey Creonte los derechos “de la ley dejada atrás, caída en el olvido, sepultada a veces: el perenne principio más allá por encima de los dioses y de los humanos” que ha dejado de ser respetada (Graciela Hierro, La Vocación de Antígona, 1991, p.8). Por eso Antígona se presenta como un ancestro mítico importante, figura paradigmática para todas las mujeres que desean defender sus derechos (Monique Dumais, Les Drois des Femmes, 1992, p. 7). A raíz de la obtención de los derechos civiles, en las mexicanas surge la invitación para reflexionar sobre los derechos humanos de las mujeres. Sin embargo, cabe preguntarse por qué hablar de “derechos de las mujeres”, ¿acaso no son ellas seres humanos?, y como tales se deberían incluir en la discusión de los derechos de los hombres ¿Qué las mujeres no pertenecen al genérico hombre? ¿Se les niega, por azar, la pertenencia a la naturaleza humana? Las preguntas anteriores parecerían absurdas, pues en ese sentido los derechos “del hombre serían necesariamente también de las mujeres. Pero la teoría política muestra contradicciones sobre las aseveraciones anteriores y la práctica lo confirma. Obviamente me refiero a la carencia tradicional de los derechos de las mujeres, independientemente de las declaraciones universales de igualdad cristiana, liberal y marciana. La igualdad política entre géneros no se reconoce hasta el siglo XX, y al final de éste aún vivimos desigualdades. Es desde la perspectiva de género que la contradicción resulta flagrante y las respuestas no parecen superfluas. Esta es la teoría contestataria a las visiones tradicionales en las cuales el hombre es el paradigma del ser, el saber, el hacer y el merecer. El género aparece como la construcción social asimétrica que cada cultura confiere a sus miembros, en esa lectura de la diferencia sexual. Desde la mirada de género y partiendo de la diferencia de la socialización de ellos y ellas, surge la necesidad de revisar el paradigma tradicional de lo humano: el hombre, constatar las diferencias y asegurar las igualdades. Desigualdades que se erigen desde el Génesis, y que encontramos prácticamente en la mayor parte de los relatos de la creación u origen de la humanidad; desde la inferioridad de la costilla, hasta aquellas reflexiones que nos niegan la posesión del alma inmortal. Desigualdades que transitan también por el pensamiento racional paradigmático de occidente, aquél que arranca de la filosofía griega, específicamente de la Política de Aristóteles, quien señala que las mujeres en su desarrollo óptimo sólo pueden alcanzar –en el mejor de los casos– el de un adolescente, ¿Y las Diótimas? Excepciones que confirman la regla. Los sabios por naturaleza son hombres, y esto lo sabemos por La Enciclopedia, cristalización del saber humano, masculino.

Por los derechos

En la modernidad, plena era de los derechos humanos, que se precia de haber superado viejas servidumbres, la lucha de las mujeres por sus derechos humanos todavía tiene que pugnar por el derecho al cuerpo, al lugar que queremos jugar en el mundo privado y en mundo público. No porque las mujeres seamos platónicas y aceptemos la idea de que ambos mundos son irreductibles: el privado y el público, sino porque la división genérica fracciona la vida cotidiana, confinándonos a uno de los polos de la dicotomía. Pero, comencemos por el principio para comprender toda la historia. ¿Qué fue lo que hizo que de pronto las mujeres dudaran de la justicia de su situación frente a los derechos humanos? La respuesta la encontramos en un movimiento político: el feminismo.

Hay muchas formas de comprender el feminismo o existen muchos feminismos. Aquí voy a referirme al feminismo como política de género (Ethel Klein, Gender Politics, p. 3). Esta es una ideología política que argumenta que las mujeres y los hombres deben tener igualdad de roles en la sociedad. Descubre que las mujeres no han tenido apoyo en el hogar y en el mercado de trabajo por dos condiciones básicas: primero, por discriminación, y segundo por carecer de instituciones adecuadas que atendieran sus derechos. La discriminación obviamente se refiere a no conceder a la otra la calidad de ser humano como yo, como se apunta arriba. Y las instituciones sociales, por adolecer de justicia. El movimiento de mujeres –que surge en 1970 en Norteamérica y en algunos países europeos– es un movimiento de liberación, que se constituye como el primero de carácter social que levanta demandas para lograr la igualdad de las mujeres. Se inicia como movimiento de protesta y va desarrollándose y organizándose en forma sofisticada de cabildeo político, capaz de suscitar legislaciones, litigios y cuotas en los países más desarrollados. En suma, apoya campañas políticas para la defensa de los derechos de las mujeres, y trae consigo esfuerzos para definir sus intereses en un pensamiento que los articula para llamar la atención del mundo público. Por primera vez las mujeres comienzan a orientar su voto con el pensamiento de encontrar lo mejor para ellas; así como preguntarse lo que piensan las mismas mujeres acerca de qué es lo óptimo para su país. Se inicia así la politización de la discriminación (Cfr. op. cit.).

Un movimiento político surge cuando se sospecha que se pueden levantar legítimamente demandas, hacer uso de los espacios políticos. En una palabra, que es posible autoconferirse personalidad política y reclamar el reconocimiento correspondiente cuando se piensa que el gobierno tiene alguna responsabilidad en la solución de los problemas que se padecen. En esa medida se politizan los problemas. Por ejemplo, cuando las mujeres (y los hombres) buscan la igualdad que antes creían que no era relevante, o se culpaban a si mismas/os de no alcanzarla. Esta búsqueda de igualdad en las mujeres surgió cuando comprendieron que sus problemas eran compartidos por otras como ellas. El grupo atribuyó entonces la causa de su malestar a las condiciones sociales, tales como la discriminación. A partir de ese momento el movimiento de mujeres requirió de una solución política.

Así sucedió durante la Revolución Francesa, cuando Les cahiers de Doléance (Hierro, G., Del abanico a la guillotina, 1992) se tornan en protestas políticas. La conciencia del grupo es el paso a la creencia de que los males que les suceden, y el trato injusto, son causados por la pertenencia a un colectivo, más bien que por la falta de habilidad o esfuerzo personal. La conciencia de género es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la actividad política. Se requiere además de la filiación, entendida ésta como el reconocimiento de la membresía al genérico femenino que marca el inicio para compartir intereses en el movimiento feminista. En ese horizonte Poullain de la Barre, escritor francés autor de La educación de las damas (1673), fue leído por John S. Mill y Harriett Taylor en Inglaterra, inspirándoles sus famosos Essays on Sex Equality, donde piden “la igualdad perfecta de los géneros, para tener acceso al mejoramiento de la condición humana”. Poullain también influenció profundamente a Simone de Beauvoir. Olimpia de Gouges –con su Carta de los derechos de la mujer y de la ciudadana en 1971– dedica a María Antonieta su escrito a favor de las mujeres. Y por su lucha política, como “hombre de Estado”, fue guillotinada en 1793. Las mujeres aún no podían votar, pero si morir en la guillotina.

Condorcet es sin duda el campeón que influencia el mecanismo de la acción femenina revolucionaria (Histoire du feminisme francais, 1977, p. 23). Todos estos hombres ilustrados eran cartesianos que aceptaban que “el buen sentido” necesariamente está igualmente repartido en ambos sexos.

Sin embargo, ni los hombres ni las mujeres han tenido hasta ahora la conciencia de las mujeres como grupo. Las afiliaciones femeninas tradicionalmente han sido con la familia, etnia o religión, pero no basadas genéricamente. Para que surgiera el movimiento feminista fue vital que las mujeres se dieran cuenta de que ciertos problemas que las aquejaban se debían precisamente al hecho de ser mujeres. Los movimientos de mujeres han desarrollado la solidaridad con el objetivo de unir fuerzas para conquistar sus derechos y su autonomía.

Vivir como iguales

La autonomía surge como la primera fase de la larga lucha por los derechos (Monique Dumais, Les Droits de la Femme, 1992, p. 66). Se define como la posibilidad de trazar la propia ruta, de ser independiente en la toma de decisiones y en la autorregulación de la conducta. Se trata de la libertad “de espíritu, de corazón y de conciencia, sin olvidar la libertad de espacio”, que pedía Gabrielle Suchon en 1693 en Francia (ibid). La libertad “de ruido de comunidad” al que se refería Sor Juana en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz como posibilidad de vida intelectual. La autonomía corporal es sin duda la condición de toda libertad posible. El control del propio cuerpo da la garantía de ser persona, que se pierde cuando está bajo la dependencia de otros: sean médicos, psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, filósofos, teólogos, legisladores, curas. Los hombres, de maneras muy diversas –por su mera pertenencia genérica o por su adscripción profesional–, disponen del cuerpo femenino. Es por ello que las mujeres sienten la necesidad y la urgencia de reapropiarse de su cuerpo. Descubren que la ideología liberal de la propiedad privada también se extiende al acaparamiento de su sexualidad. Hemos, pues, de desarrollar prácticas liberadoras.

La autonomía que las mujeres pueden ejercer en este sentido es múltiple. Comienza por la salud física y mental, el goce de su sexualidad, la regulación de su fecundidad; en fin, la salvaguarda de la integridad de su cuerpo contra todo tipo de violencia (ibid, p. 68). Cada uno de los apartados anteriores debe ser reflexionado en profundidad por ellas y en cada caso decidir la medida de su libertad. Como nuevas Antígonas enfrentar la ley. Sin embargo, no basta que reclamemos y defendamos nuestras reivindicaciones, si al mismo tiempo no nos integramos como pares, iguales y reclamar los derechos que nos permitan asumir nuestras maternidades sin prejuicios, en una empresa compartida con los hombres (Cfr. Bunch, Ch., 1991). Justicia, dignidad y responsabilidad, constituyen la sólida base que orienta la visión final de los derechos humanos, y que en el caso de las mujeres tiene como premisa: autonomía sobre el cuerpo y en la relación familiar. Acceso igual a todos los niveles de educación, al trabajo y a todas las profesiones. Participación activa en la economía, la política y las religiones. Esa es la utopía que se vislumbra en la lucha por los derechos humanos de las mujeres. Todo lo cual constituye la condición necesaria para asegurar la salud mental.

* Graciela Hierro, mexicana, recientemente fallecida. Doctora en Filosofía y Directora del Programa Universitario de Estudios de Género de la Universidad Autónoma de México.

Bibliografía

Albistur, Maité, et al. 1997. Historie du femenism francais. Paris : Editions des femmes.

Bunch, Charlotte. 1991. Derechos humanos: una nueva visión. Revista. Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe. Isis Internacional Nº 2: 21-29.

Dumais, Monique. 1992. Les droits des femmes. Paris: Editions Paulines et Médiaspaul. Collection Interpellations.

Frazer, et al (editores). 1992. A feminist reader. Cambridge, Mass : Blacwell Publishers.

Hierro, Graciela. 1991. “Del abanico a la guillotina”. En: Gutiérrez Griselda (comp.). La Revolución Francesa, doscientos años después. México, D.F. Facultad de Filosofía y Letras. UNAM.

“La vocación de Antígona”, Babel, Revista de Cultura, año 1.

Irigaray, Luce. 1992. “Droit, et devoir civils pour les deux sexes”. En: Dumais, Monique. Les Droits des femmes. Paris: Editions Paulines et Médiaspaul. Collection Interpelations.

Klein, Ethel. 1984. Gender politics. Cambridge, Mass: Harvard College, USA.

Fuente:

Etica y derechos de las mujeres. Géneros. Asociación Colimense de Universitarias. Universidad de Colima. Centro Universitario de Estudios de Género, Nº 11, México. 1997.