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A veces el simple ritual de las mañanas tan cargado de vida, se tiñe de muerte. Así ocurrió hoy, encendí la radio, esa fiel compañera, y recibí el zarpazo que anunciaba el adiós definitivo de mi amiga Dulce Chacón, escritora de garra, frágil y fuerte, decidida en todo momento a defender con fiereza la ternura y a darle ternura a los combates por la vida.
Con su última novela, La voz dormida, tan justamente premiada, celebrada y alabada por sus lectoras y lectores, le escritora extremeña dio voz a aquellas mujeres que padecieron lo peor de la dictadura franquista: le represión de un sistema meapilas y perverso, y el producto odioso del machismo instalado incluso en quienes se dijeron libertarios. Recorrió España desenterrando testimonios, desempolvando recuerdos, para que todos escucháramos las voces de aquellas milicianas de la República que amamantaron la esperanza hasta el último momento.
Dulce Chacón era una de esas escritoras que, parodiando el poema de Brecht, resultan imprescindibles. No le interesaba el “éxito literario” ni el “prestigio del dejarse ver”, su oficio, su vocación de mujer escritora, su perseverante afán por prestar su voz a aquellas y aquellos que la perdieron, llevó a varias y varios vedettes de premios y ágapes literarios a considerarla una “rara avis”, o una “antigua” que no compartía la caspa de una posmodernidad tan pretenciosa como paleta.
Escribía en silencio mi amiga Dulce, mi Dulce amiga. Alguna vez me confidenció que su lugar favorito para escribir era la cocina pues ahí estaban los aromas de la vida. Compartí con ella varios encuentros o coloquios en los que, a la hora de intervenir, siempre pedía ser la última, y entonces toda su dulzura se transformaba en argumentos contundentes, irrebatibles a la hora de llamar pan al pan y canalla al canalla.
Su trilogía integrada por Blanca vuela mañana, Algún amor que no mate y Háblame musa de aquel varón, a la que se agrega La voz dormida, hicieron de ella una de las autoras más interesantes de los últimos quince años, y una escritora amada por esas lectoras y lectores fieles, militantes de la vida que encontraban en sus textos ese calor tan necesario.
Se fue muy joven mi Dulce amiga, apenas 49 años, casi al final del otoño, a la llegada de un invierno que nos encuentra muy solos y muy pobres. Adiós, mi Dulce amiga y compañera.
* Escritor chileno, autor, entre otros, de Un viejo que leía novelas de amor.
Fuente: Gentileza: www.attac.cl
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