PANORAMA/Trabajo
12.12.2003
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ARTÍCULO
Sindicalista brasileña premiada por su lucha social
Creuza Maria de Oliveira (Foto: Revista Claudia).
 
A los 43 años, gran parte de los cuales los ha dedicado a la defensa de los derechos de las trabajadoras domésticas de Brasil y a combatir la discriminación racial y de género, Creuza Maria Oliveira fue galardonada con el Premio Claudia, en la categoría de Trabajo Social. Creuza Maria empezó a trabajar a los diez años como empleada doméstica.

(Mujereshoy) Presidenta de la Federación Nacional de los Trabajadores Domésticos y representante de la Comisión Especial del Trabajo Infantil Doméstico, Creuza se hizo acreedora a este premio que otorga la Revista Claudia de la Editora Abril, a las mujeres que más se destacan por obras o realizaciones en favor de la sociedad brasileña.

El premio contribuye a visibilizar la lucha por la no discriminación en el mundo del trabajo, por la erradicación del trabajo infantil doméstico y por una categoría de trabajadoras domésticas en igualdad de condiciones en el acceso a los derechos laborales y a una vida digna.

Creuza María, que fue empleada doméstica desde los diez años, es una referencia en la lucha contra el trabajo infantil, contra la discriminación racial y de género y por la defensa de los derechos de las trabajadoras domésticas en este país sudamericano.

La candidatura de Oliveira fue respaldada por una amplia alianza de organizaciones o gubernamentales (ONG), redes y asociaciones civiles de Brasil, que promovieron su trabajo.

Sin duda, el premio a Creuza también es un reconocimiento a aquellas mujeres que tuvieron como herencia de la colonia el trabajo invisible relegado a los esclavos.

La historia de Creuza: un testimonio de vida

La Organización Internacional del Trabajo publica en su página web extractos del testimonio de vida de Creuza Maria de Oliveira, que fue presentado durante la Conferencia Mundial de la ONU contra el Racismo en Durbán, Africa del Sur, en septiembre del 2001.

Este testimonio forma parte del libro Condiciones de vida de las trabajadoras domésticas en la ciudad de Salvador de Bahía, Brasil.

“… Mi historia no es muy diferente de la de tantas otras mujeres trabajadoras domésticas oriundas de familias pobres. Expulsadas del interior de Brasil por la miseria y las precarias condiciones de sobrevivencia, estas familias son obligadas a enviar sus hijos e hijas para el trabajo manual. La mayoría llega a las grandes ciudades aún con tierna edad, pues el trabajo infantil es también una de las heridas de la desigualdad y la explotación de la sociedad brasilera.

Quedé huérfana de padre a los cinco años y a los 10 años mi madre empezó a convivir con una persona que no aceptó a sus tres hijos, infelizmente, ella también falleció cuando yo tenía 13 años.

Yo ya trabajaba desde los 10 años y después de su muerte empecé a trabajar en una casa de familia, con la promesa de poder estudiar. Yo tenía como tarea hacer todo el servicio de la casa y cuidar una niña de dos años.

Lejos de mi familia y seres queridos, luego sentiría una discriminación que marcó mi vida para siempre. Los patrones hacían chistes de mi persona, especialmente de mi cabello y de mi familia.

Recuerdo que en una ocasión, en una de las visitas de mi madre, ella escupió en el patio de atrás de la casa, práctica muy común en el interior del país. Cuando ella se fue, la dueña de la casa hizo que yo lavara todo el patio y pasara un paño mojado en la casa, en una clara alusión que yo pude entender más tarde: Mi familia y yo éramos suyos.

Yo convivía con las niñas de la casa, pero sentía que el tratamiento era desigual para conmigo. Mi almuerzo era hecho por la patrona con las sobras de los paltos de sus hijos y ella decía: ¡Puedes comer, está limpio! El plato en que yo comía era diferente de los otros y se guardaba debajo del lavaplatos.

La dueña de la casa me ponía como ejemplo a los hijos diciendo ‘si ustedes no estudian, van a ser mantecas, van a ser empleados’.

Fue un largo proceso de negación de mí misma, de mi humanidad y la pérdida de mi infancia. Mis quehaceres y las constantes humillaciones no me permitieron ser niña, jugar, soñar y mucho menos ir a la escuela como me habían prometido. Cuando mis patrones salían a pasear los domingos, mi lugar era atrás, llevando una gran responsabilidad por una criatura de dos años, un esfuerzo sobrehumano para una niña de diez años como yo.

La ilusión de salir del campo, de trabajar en la ciudad y de ir a la escuela nunca se concretó. Al visitarme, cada seis meses, mi mamá recibía restos de comida, ropa usada y cerca de veinte reales (más o menos ocho dólares), que era la paga por mis servicios.

En este período mi mayor sufrimiento eran las palizas por cualquier motivo, siendo acusada de bruta, idiota, perezosa, etc. Como toda niña, yo era curiosa y cuando la patrona no estaba en la casa, el papá de ella, un señor de sesenta años, me mostraba sus órganos genitales, se masturbaba y me pedía que lo tocara. Yo no tenía idea que estaba sufriendo un abuso sexual.

En estos más de 30 años de profesión, después de un período de construcción de mi militancia a través del Movimiento Negro Unificado, del Movimiento de Mujeres, del Movimiento Sindical y ejerciendo actualmente la Presidencia de la Federación Nacional de Trabajadores Domésticos y la Secretaría de Derechos Humanos de la Confederación
Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (Conlactraho), constato que el trabajo doméstico continúa con las mismas prácticas en países de América Latina como México, Perú, Argentina y Guatemala, donde las trabajadoras son personas que continúan siendo irrespetadas, violentadas y explotadas.”


Fuentes: Adital, Boletín Encuentros/OIT.