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07.01.2004 Imprimir Enviar Comentar
PUNTO DE VISTA

Conmemoración de muerte de Gabriela Mistral

(Mujereshoy) El 9 de enero de 2004 se cumplen 47 años de la muerte de Gabriela Mistral (1889-1957), poeta chilena y Premio Nobel de Literatura 1945. Para conmemorar tal fecha, Mujereshoy presenta el siguiente texto, de la escritora y periodista Eve Gil, reproducido en la Revista electrónica La Morada, de España (ver link externo).


Grabriela Mistral - Escritoras del Nobel

Eve Gil

Sus ojos verde agua son lo único en que se ponen de acuerdo sus biógrafos, inmensos ojos verdes que otorgan a sus rasgos autóctonos la irónica belleza de un choque de razas: quéchua y vasca. “Cuajarones verdes (...) Nunca los ojos de un ser humano, me han parecido tan humanos”, dice Ciro Alegría. “Verdes eran y enormes como si hubieran querido abarcar el mar y la tierra toda. Pero tristes como la nostalgia de algo buscado eternamente a sabiendas de que jamás será hallado”, dice Gladys Rodríguez Valdés. Fuera de este rasgo, pudiera decirse que cada uno conoció a una Gabriela distinta.

Nacida Lucila Godoy Alcayaga, un 7 de abril de 1889 en Vicuña, provincia de Coquimbo, Chile, la que sería Nobel de Literatura, única mujer hispana en ganarlo hasta la fecha, Gabriela Mistral encierra, desde su profano origen, la paradoja de un espíritu pasional y casto.

Fue, como Sor Juana, hija de una noche de pasión, y su madre, Petronila, tenía ya otra niña de padre desconocido, Emelina, al momento de sucumbir a los ojos verdes del trovador trotamundos de paso por el pueblo. Gabriela sabría, sin embargo, que se llamaba Jerónimo. “La palabra padre significa ausencia”, dice el gran escritor peruano Ciro Alegría en un librito sencillísimo pero hermoso que tuve la suerte de encontrar en la venta de saldo en una librería de viejo: Gabriela Mistral íntima (Editorial La Oveja Negra, Bogotá, 1980). Nada expresiva respecto a su infancia, nos hace suponer que fue una niñita socialmente victimizada por carecer de padre. En su espléndido libro, La pasión de los poetas (Alfaguara, 2002), el escritor argentino Jorge Boccanegra revela que Gabriela fue violada a los siete años, tragedia que habrá de confinarla irremediablemente en un refugio de poesía. ¿Hasta qué punto, sin embargo, el carecer de imagen paterna y vivir entre mujeres rebeldes, la condiciona a ser autosuficiente toda su vida?

Para unos, los menos (los envidiosos, dice Alegría), era dura y tacaña. Quienes tuvieron el privilegio de ser sus amigos dicen que era como el ogro de los cuentos, con un corazón de niña palpitando al fondo de su corpulencia. Una niña de sensibilidad herida. Siendo pequeña, una maestra cegatona que no la oía ni respirar, la diagnosticó autista. Se aplicó entonces al estudio no por deber, como la mayoría de los niños, sino por placer. A los 15 años presentó su solicitud de ingreso a la Escuela Normal, deslumbrando a los sínodos con su notable cultura. El encanto se rompe al advertir en sus escritos una “tendencia socialista”. Se le cierran las puertas de la Normal, lo que de ninguna manera le impedirá ser maestra.

Lucila Godoy adopta el nombre de Gabriela Mistral tras emplearlo como seudónimo para participar en un concurso de poesía. Tiene 25 años y es sumamente tímida, tanto, que al resultar ganadora decide pasar inadvertida entre el público asistente a la premiación. Según relata Boccanegra, ahí mismo se enamora a primera vista del poeta Manuel Magallanes Moure, quien preside la frustrada ceremonia. Unos insisten en pintarnos una Gabriela asexuada que no admitía ser tocada por hombre alguno. Otros, como Volodia Teitelboim, la vuelven portadora de ardientes anhelos. Gladys Rodríguez Valdés, la más cursi, se regodea en la idea de una doncellez anómala tras la que se escuda una sexualidad algo torcida, aludiendo a su estrecha amistad con la escultora Laura Rodig y la profesora Pina García. Alegría nos habla de su miedo al amor que, omitiendo el episodio de la violación, adjudica a su traumática experiencia con Romelio Ureta, su primer novio, que se suicidó de un balazo en la sien, dicen, cuando cometió un desfalco en su trabajo.

Para entonces, Gabriela y Romelio habían terminado su noviazgo y ella se sentía terriblemente insegura de su amor, particularmente después de haberlo visto con otra. Le impactó sobremanera enterarse de que lo único que cargaba Romelio al matarse, era un retrato de ella. Escribiría Gabriela: “¡Oh no! ¡Volverlo a ver no importa dónde,/ en remansos de cielo o en vórtice hervidor,/ bajo una luna plácida o en un cárdeno horror!” (Desolación). Así pues, mientras Rodríguez Valdés le endilga “una vida sentimental parva”, Boccanegra cita al pianista Alfredo Videla Pineda y al poeta Jorge Hübner Bezanilla, que se inspiró en ella para su libro Poemas. El amor por Magallanes Moure, ampliamente correspondido por otra parte, nunca se realizó carnalmente por tratarse de un hombre casado.

Amor más grande aún, si se puede, el que tuvo Gabriela por Gingin. “(...) el amor de madre en mucho se asemeja a la contemplación de las obras maestras”, dice. Tanto Teitelboim como Alegría afirman que Gingin era hijo de un desconocido medio hermano de Gabriela que acababa de enviudar. Otra versión, la sustentada por Doris Dana, la segunda secretaria de Gabriela, es que Gingin era fruto de la relación entre esta y el intelectual español Eugenio D’Ors. Boccanegra consigna que la propia Gabriela, al morir, confesó a Doris que era hijo de su sangre.

El chico se suicidó en plena adolescencia, cuando se encontraba estudiando en Brasil, según cuenta Alegría, porque fue engañado por una mujer de la vida airada y se convirtió en blanco de las crueles bromas de sus amigos. Gabriela escribiría precozmente, antes de cumplir los treinta años, cuando a Gingin le faltaban varios años para nacer: “Decía: ¡un hijo! Como árbol conmovido/ de primavera alarga sus yemas hacia el cielo./ ¡Un hijo! Con los ojos de Cristo engrandecidos/ la frente de estupor y labios de anhelo!” (Ternura).

Ni la concesión del Nobel en 1945 le sirvió de consuelo a la poeta en su feroz dolor de madre. Las fotografías de la Academia Sueca nos devuelven a una mujer alta y fornida cuyo talante tímido es el mismo que a los 25 años le impidió subir al proscenio a recibir su premio, con una inconmensurable tristeza en la mirada verde matizada por una sonrisa a medias. Con el monto del premio adquirió una casa en Santa Bárbara, California, que fue el único dispendio de su vida. En esa casa vio Alegría a Gabriela rodar ladera abajo como una niña, cosas, señala, que hace cualquier india de los Andes, joven o vieja, porque Gabriela se llamaba a sí misma “india”, renegando iracunda de la porción española de su sangre, no obstante su rendida admiración por San Juan de la Cruz y Miguel de Unamuno (al que sin embargo no le perdonaba “ciertas ideas” que tenía de los indios).

Como toda escritora, ostenta Gabriela hábitos extravagantes: se levanta a desayunar a las seis de la mañana, siempre sola, aunque tenga huéspedes, porque comer acompañada le “espantaba las ideas”. Luego se sienta en su sillón favorito, dice Alegría, sosteniendo el fajo de papel en una tablilla provista de presa de resorte: “¡Escribía los poemas de corrido, de cuando en vez, pero luego hacía un moroso trabajo de refinamiento y depuración (...) a veces permanecía trabajando todo el día y aún en la noche (...) Si el cansancio le hacía flaquear el cuerpo, acostábase y continuaba escribiendo en la cama. Lo mismo hacía Balzac.”

Gabriela estaba muy involucrada con la cultura mexicana. En 1922, invitada por José Vasconcelos en persona, llegando a Veracruz es recibida por Jaime Torres Bodet y Palma Guillén, dice Rodríguez, una hermosa mujer que “repara en los largos y mal acomodadas faldas de Gabriela, en su pelo recogido en austero moño y en los zapatones de taco bajo.” En esa ocasión escribe, con la selva tropical por fondo, consagrada a las bibliotecas populares y ambulantes y a fomentar la cultura en el medio rural, Lecturas para mujeres.

Permanece dos años en México para regresar en 1948, ya como Nobel pero igualmente dispuesta a leerles poemas a los campesinos y a los indígenas. Aunque aquejada por la diabetes, de la que se cuida religiosamente por temor a perder la vista, muere de cáncer en 1957, en su casa de Estados Unidos. Su último libro, Lagar, se publicaría tres años antes. Dice Alegría: “Gabriela Mistral era contradictoriamente americana. Como artista y desde luego por serlo grande, pudo elevar su caos al plano de la belleza y convertirse en un signo de América.”

Fuentes: Fuente: Revista La Morada, España.

 
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