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Acceder al trabajo decente por su color o sexo afecta al mundo laboral y también al bienestar de la sociedad (Foto: G. Bizzarri, FAO).. |
Dos grandes segmentos de la población, las mujeres y las personas de raza negra enfrentan importantes barreras para acceder al mercado laboral. Las brechas entre blancos y negros y hombres y mujeres son muy notorias, pero la mayor brecha es la existente entre las buenas intenciones y la materialización de políticas contra la discriminación.
(Mujereshoy) Brasil se enfrenta a una persistente tradición de desigualdad y discriminación de género y raza en el mercado laboral, según información entregada este miércoles 7 de enero por la organización Internacional del Trabajo, OIT.
Los datos presentados en el Panorama Laboral 2003, revelan que el fenómeno de exclusión social no se limita a grupos étnicos y nacionales minoritarios, sino, por el contrario, afecta a más de 55 millones de personas, que son la mayor parte de la población económicamente activa de Brasil.
Un 42 por ciento (19 millones de mujeres) y 44,5 por ciento (36 millones de personas de raza negra) de la población del país, tienen dificultades para insertarse al mercado laboral o para trabajar en condiciones decentes, con remuneraciones adecuadas y protección social, comparado con la población de hombres blancos.
El informe también enfatiza que la distribución de hombres y mujeres, blancos y negros, según su procedencia del sector formal o informal de la economía, es muy diferenciada, lo que implica una fuerte tendencia a la segmentación del mercado de trabajo según criterios de género y raza.
Esta realidad demuestra que las arraigadas percepciones culturales y sociales que vienen desde tiempos de la colonia, cuando a las personas las “señalaban” o incluso las discriminaban por sus características raciales, étnicas y sexuales, aun persisten en forma de prejuicios, en buena parte de la sociedad brasileña, creando una situación en la cual, inconscientemente, empleadores manejan conceptos jerárquicos de género y raza, en lugar de criterios equitativos del nivel de escolarización, técnico y talento de las personas, al momento de contratarlos.
Así, muchos trabajadores son rechazados en el mercado de trabajo formal o incluso, se ubican en el mercado informal, en ocupaciones de poca estabilidad, escasa o ninguna protección social e ingresos que casi no alcanzan para las mínimas necesidades de subsistencia.
El género y la raza son factores determinantes para que grandes sectores de poblaciones marginadas accedan o no a trabajos decentes y tengan la posibilidad de luchar por un espacio de dignidad que les permita la opción de superar la pobreza. Por esta razón, sostiene el informe de la OIT, es importante analizar los datos que arrojan las estadísticas del trabajo de mujeres y personas de raza negra en Brasil, para conocer el “terreno de batalla” en donde el Estado con ayuda de la comunidad internacional y la OIT, elaboran estrategias para luchar por condiciones justas y equitativas en el mundo laboral.
Desigualdades de género y generación de igualdad
Brasil presenta una tasa de participación de mujeres en el mercado de trabajo de 55 por ciento, un porcentaje superior a la tasa promedio latinoamericana que es de 45 por ciento. Sin embargo, al compararla con los niveles predominantes en muchos países desarrollados, es una cifra inferior, sobre todo si se toma en cuenta que en las últimas tres décadas, a pesar del aumento de la participación femenina en el trabajo, esta población se situó en 27 puntos porcentuales por debajo de la tasa de participación de los hombres en el país.
La tasa de desempleo global, según los datos de la PNAD (iniciales en portugués de la Encuesta Nacional por Muestra de Domicilios) varió entre el 6 por ciento y el 9 por ciento entre 1992 y 2001 y en todos los años, rangos de edad y niveles de escolaridad, las mujeres y los negros presentan niveles de desocupación más altos que los hombres y los blancos. En 1992 el desempleo entre mujeres era 50 por ciento superior al de los hombres y en 2001, 58 por ciento más alto.
En 2001, mientras la proporción de hombres ocupados en el sector informal fue de 51 por ciento, entre las mujeres esa cifra fue 7,2 por ciento superior, lo que implica que la gran mayoría de mujeres con empleo en Brasil en ese año se encontraban en los segmentos más precarios del mercado de trabajo: trabajadoras por cuenta propia (exceptuando a profesionales y técnicos), servicio doméstico que abarca a un 18.2 por ciento de la fuerza laboral femenina –uno de los porcentajes más elevados de la región– y trabajos familiares sin remuneración.
Estos datos revelan la alarmante realidad de que una de cada tres mujeres del país no recibe remuneración por su trabajo o se desempeña en el oficio doméstico, ocupación que por lo demás, por sus características, es muy difícil de regularizar por el Estado y aquellas mujeres que tienen “carteira de trabalho asinada” (una libreta firmada por el empleador para garantizar el acceso del trabajador a los beneficios de la legislación laboral, como por ejemplo, licencia por maternidad), son sólo una de cada cuatro de las empleadas domésticas.
El estudio expone más evidencias sobre la brecha entre hombres y mujeres con respecto a las remuneraciones que reciben, el ingreso que tienen por hora de trabajo e incluso, más allá del grado de escolarización e instrucción de la mujer, provee un ejemplo revelador de la magnitud de la desigualdad laboral entre los dos sexos: para la población con preparación universitaria el mercado de trabajo profesional tiende a valorar más a los hombres que a las mujeres, a excepción de empleos que están “valorizados” como “típicamente femeninos” como el cuidado de niños (maestras de preescolar y educación básica) y enfermeras.
La OIT apoya al gobierno de Brasil en la implementación de programas que materialicen varios de los convenios ratificados por Brasil, como el Convenio número 183 del año 2000 sobre la Protección de la Maternidad (revisado por segunda vez), el número 100 sobre Igualdad de Remuneración de 1951 que estipula la igualdad para hombres y mujeres en trabajos de igual valor y el 111 de 1958, sobre la Discriminación en el Empleo y la Ocupación que menciona color y raza, además de género, entre otros criterios sobre los cuales no se admiten distinciones, preferencias o exclusiones.
La esencia de estos compromisos se resume en el Convenio sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) adoptado por la ONU en 1979. Estos acuerdos, así como instrumentos legales existentes en Brasil, son la punta de lanza para la batalla por la igualdad de género que demanda el país.
Discriminación por raza
Los datos obtenidos por la PNAD evidencian que la discriminación de trabajadores de raza negra es aún mayor que la de las mujeres. La PNAD incluyó en la categoría de “negros” a todas las personas que se declaran prietas (negros de color) y pardas (negros mestizos) y tomó en cuenta gran parte del territorio de Brasil con excepción de algunas poblaciones rurales.
La población económicamente activa de negros del país se estima en unos 36 millones de personas –la mayor fuerza laboral en términos cuantitativos– que se encuentra en condiciones de desigualdad con respecto a los trabajadores de raza blanca. La realidad se torna más dramática cuando se trata de las más de 14 millones de mujeres negras que se encuentran sometidas a un doble y con frecuencia, triple, tipo de discriminación: de género, de raza y de origen social, que en la sociedad brasileña está básicamente vinculada a las anteriores.
Desde la perspectiva de todos los indicadores analizados del mercado de trabajo, las mujeres negras experimentan el mayor grado de desigualdad y discriminación en el país. Por ejemplo, la tasa de desempleo de los negros en 2001 era de 10,6 por ciento, lo cual supera a la de los blancos por 2,5 por ciento y en el caso de mujeres negras, el mismo año, 13,8 por ciento de esta población estaba desempleada.
Por otra parte, las diferencias de remuneraciones entre negros y blancos de ambos sexos son mucho mayores que las disparidades entre hombres y mujeres, aunque esta tendencia se invierte al incluir la variable de años de escolaridad: las mujeres blancas están en mayor desventaja respecto a los hombres negros de igual grado de instrucción.
Pero más allá de las estadísticas, el Panorama Laboral de la OIT se pregunta por qué una nación en donde el mestizaje se percibe como una gran cualidad, símbolo de la tolerancia y la hermandad del brasileño, presenta un cuadro tan sombrío cuando la raza es tomada en cuenta en el mercado de trabajo.
La respuesta no es fácil –dice el informe– y podría excusarse bajo el pretexto de que la discriminación racial es un problema mundial, enraizado en siglos de esclavitud, racismo y políticas de segregación que han padecido los negros durante siglos. Si bien en Brasil, el mestizaje amortizó el nivel de crueldad y violencia con que trataron a los negros en muchos otros lugares del planeta, la tradición de cierto recelo y los prejuicios raciales son mucho más difíciles de erradicar, porque se esconden en el subconsciente del ser humano.
El informe de la OIT sostiene que cuando existen barreras que impiden a las personas y grupos discriminados superar su situación de pobreza, la situación se radicaliza y las dificultades que tienen muchos seres humanos para acceder al trabajo decente por su color o sexo, no sólo afectan al mundo laboral, sino también, al bienestar de las sociedades que perpetúan estas injusticias.
Sólo un esfuerzo concertado en el que las dimensiones de género y raza adquieran protagonismo en las políticas públicas para erradicar la pobreza, puede cambiar esta realidad y Brasil –observa la OIT– en su ratificación de la normativa internacional para erradicar todas las formas de discriminación, en la elaboración de legislación nacional para luchar contra estas inequidades y con la aplicación práctica de estos instrumentos por parte de su gobierno, organizaciones empresariales y sindicales, la sociedad civil y grupos representativos de mujeres y negros, tiene las posibilidades de mejorar radicalmente el problema de discriminación y desigualdad en el mercado laboral.
Fuente: Oficina Internacional del Trabajo, Sede Regional para América Latina y el Caribe.
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