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La poeta Alejandra Pizarnik (1936-1972) (Foto: Sitio El Poder de la Palabra) |
Una de las mejores poetas latinoamericanas de los años 60, la argentina es hoy una autora de culto para varias generaciones de lectores y lectoras. De tormentosa existencia y prolífica escritura, Pizarnik se suicidó a los 36 años, tras varios intentos y profundas depresiones, hechos reflejados en estos diarios que publica en España editorial Lumen.
(Mujereshoy) Alejandra Pizarnik escribió en uno de sus versos “Correr no sé dónde aquí o allá”, palabras que encierran todo el pulso vital de esta escritora argentina, que desde que se suicidara en 1972 pasó a formar parte de la lista de autoras de culto de Hispanoamérica. Ahora, con la aparición de sus diarios, se puede revivir y constatar el desazón y dolor que siempre la persiguió.
En estos diarios que editorial Lumen edita en España, la escritora dejó testimonio de su difícil relación con su familia judía recién emigrada, sus odios y pasiones con el idioma castellano, sus temores, “las angustias, los anhelos, las invisibilidades” de su esfera personal y su velado itinerario sexual.
Quinientas páginas con veinte cuadernos manuscritos, seis legajos de hojas mecanografiadas y varias hojas sueltas con correcciones hechas a mano, escritos por Pizarnik entre 1954 y 1972, son ahora editados por Ana Becciu, máxima especialista sobre la escritora argentina y también poeta.
En ellos, se recoge la estancia en París de la autora, entre los años 1961 a 1964, y que, según dice Ana Becciu, son importantísimos porque revelan “su método de escritura y las intenciones predominantemente literarias de Alejandra como diarista”.
La editora hace hincapié en este periodo, donde Pizarnik refleja su amistad con figuras de la literatura tan relevantes como Julio Cortázar, Octavio Paz o Italo Calvino.
Alejandra Pizarnik, que se encuentra entre las escritoras más importantes del siglo XX, además de una prolífica poeta fue una excelsa prosista y, desde muy joven, una devoradora de diarios de otros escritores, como recuerda Becciu, “muy especialmente los de Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Franz Kafka”.
“En Pizarnik, la idea de escribir un diario como un relato de vida está prácticamente ausente. A partir de 1955 el diario es el lugar de trabajo y aprendizaje por excelencia. Le sirve para aprender a escribir y crearse los medios literarios para su 'devenir' lenguaje”, dice en el prólogo Becciu.
De esto tratan su diarios, de la preocupación por buscar un alfabeto literario y de su vida: el amor y el sexo, o la angustia de tener que elegir.
“Mi sexo gime. Lo mando al diablo. Insiste. ¡Qué molesto es! ¡Cómo lo odio! Sexo. Todo cae ante él. Fumo para ver si se calma”, escribe Pizarnik en uno de sus diarios, por los que no aparecen nombres sino sólo las iniciales en un intento de velar la identidad del amado o amada.
Obsesiones de una escritora que descendió al infierno de las palabras, al que fue fiel pagando con su propia vida.
Fuente: Agencias.
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