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Jazmín González muestra en esta foto la violencia que la rodea (Foto: Jazmín González). |
Niñas y niños desplazados de Colombia cuentan sus historias a través de la fotografía. Pero, en verdad, las sesiones fotográficas son la excusa de la Fundación Disparando Cámaras por la Paz, para ofrecer a niños y niñas la posibilidad de “exorcizar” sus miedos, formarlos en valores y apoyarlos en su crecimiento personal.
Jazmín González encontró una forma de mostrarle al mundo la violencia que la rodea. Con una cámara fotográfica de fabricación casera –hecha con cartón o lata, papel fotográfico y un diminuto agujero para que entre la luz– llegó hasta el lugar conocido como Los Pinos y le pidió a un compañero que se acostara sobre el césped y se “hiciera el muerto”.
Luego, luego tomó una foto que acompañó con este texto: “En los Pinos han matado harta (mucha) gente, han violado niñas. Por ejemplo, el año pasado mataron a un señor, lo torturaron, le cortaron la mitad y lo dejaron desnudo. Han encontrado niñas muertas allá. A veces violan a las niñas y después las matan y las dejan por allá botadas y las encuentran. Por eso yo tomé esta foto”.
Como Jazmín, otros treinta niños y niñas desplazados por la violencia que viven en el barrio El Progreso, en el municipio de Soacha –a pocos kilómetros de Bogotá– tienen la oportunidad de expresarse a través de los talleres fotográficos que realizan con la asesoría de la Fundación Disparando Cámaras para la Paz
Este es un proyecto que se realiza desde el 2002, con el apoyo de Aja Proyect y ACNUR Colombia, y que tiene como objetivo brindarle a los menores herramientas para que muestren cómo ven el mundo y las circunstancias en las que viven, un espacio en el que sean protagonistas y no las víctimas.
La mirada de niñas y niños
Los talleres son muy simples, se les da a los niños cámaras artesanales, ellos hacen las fotos según sus deseos, las revelan y luego comentan cada instantánea. Si lo desean pueden acompañarlas de un escrito en el que explican porqué se decidieron por esa imagen.
Alex Fatal, fotógrafo documentalistas y becario Fulbright, fue un coordinador de uno de los talleres y lo dirigió así: “El primer tema era la memoria, después vinieron futuro, familia y temor. No había restricciones de ningún tipo, sólo que los niños pensaran bien el tema y el significado en sus vidas. En ‘Disparando Cámaras para la Paz’ estos jóvenes fotógrafos demuestran no solamente una gran capacidad y pasión por la fotografía, sino también la habilidad de reflexionar profundamente sobre sus vidas. Los resultados son impresionantes y conmovedores”.
Detrás de cada fotografía se esconde un mundo de historias, sentimientos, percepciones y opiniones de niños y niñas que no tienen más de 13 años y que han visto cambiar radicalmente su vida desde el momento que tuvieron que salir huyendo con su familia como consecuencia de las acciones o amenazas de algún actor armado.
Se trata de imágenes que pueden reflejar desde la cotidianidad propia de un niño: la familia, los profesores y los juegos con los amigos, hasta la realidad más cruda y violenta, como la que se lee en el texto que escribió Wilson Andrés Rodríguez, de 12 años, y que acompaña una de sus instantáneas: “Él estaba hablando con mis hermanos y mi mamá, contando historias de mis familiares, los que han muerto y los que todavía viven.”
Además de tomar fotografías y escribir sobre ellas, las niñas y los niños intercambian imágenes y cartas con menores refugiados de otras partes del mundo; misivas en las que se preguntan quiénes son, cómo están sus familias, qué deportes les gustan, así como si viven en paz o en guerra y si son felices.
De hecho, parte esencial de este proyecto es la posibilidad de reflexión y diálogo que crea alrededor de las fotografías. “Les enseñamos a ser más concientes de la forma en que perciben la realidad a través del desarrollo de la mirada, fortaleciendo su identidad y su crecimiento personal” explica Oswaldo Vargas, Director de la Fundación, en un reportaje que hace la revista Refugiados de ACNUR.
La peor crisis humanitaria de América
El barrio El Progreso puede parecer a simple vista un cinturón más de pobreza de las afueras de una gran ciudad, pero en realidad se trata de un poblado que se fue estableciendo desde hace siete años y en el que la mayoría de sus habitantes son desplazados internos, que aunque viven las penurias propias de la pobreza extrema, también cargan consigo una historia de desarraigo y miedo que es preciso aliviar.
Se calcula, aunque es difícil llegar a estadísticas concretas, que al interior de Colombia hay dos millones de desplazados que salen de las zonas de mayor violencia y, por regla general, tienen como destino las grandes ciudades. Las familias se establecen en los márgenes de las ciudades, en barrios pobres donde terminan camuflándose sin posibilidad de acceder a programas que respondan a sus necesidades.
El proyecto de la Fundación Disparando Cámaras por la Paz es una buena opción para mantener entretenidos y ocupados a estos niños y niñas, alejarlos por momentos del miedo y la preocupación constante propios de sus circunstancias, a la vez que se les inculca valores y se les da la oportunidad de ser escuchados.
Fuente: Canal Solidario.
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