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26.03.2004
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El señor de los anillos

 


(Mujereshoy) Doris Moromisato, escritora y periodista feminista e integrante del Movimiento Amplio de Mujeres del Perú, nos entrega en este artículo un análisis concienzudo de las tres películas que conforman El señor de los anillos, en particular la última de ellas El retorno del rey.



El señor de los anillos o Utópicas evocaciones de los hombres blancos*

Doris Moromisato

Quizás lo que más debemos agradecer a la fantasía y la ciencia ficción es su poderosa capacidad de devolvernos a la realidad. De este rasgo no escapan las tres películas de la saga El señor de los anillos que viene recaudando la hiperbólica taquilla de 1.800 millones de dólares en menos de dos años.

Con el estreno de la última entrega, El retorno del rey, confirmamos que esta obra fantástica, más que devolvernos a una realidad, nos remite a la evocación de una realidad germinada en el cerebro de su talentoso autor –JRR Tolkien– y plasmada por el director del film –Peter Jackson–. El primero fue un inglés nacido en Sudáfrica a fines del XIX en plena expansión blanca sobre la mayoría negra, crecido en un orfanato de Inglaterra y cuya vida entera transcurrió en la ortodoxia de la Universidad de Oxford; para rematar este perfil absolutamente conservador, tuvo un matrimonio de 55 años con una mujer que no compartía ni sus amistades ni afanes intelectuales y académicos.

Por su parte, Jackson es un neozelandés cuyas películas anteriores, como Criaturas celestiales (1994), nos revelan a un hombre encapsulado en la comunidad ‘blanca’ de esa región; a diferencia de su compatriota Jane Campion (El piano), en ninguna de sus obras asoma algo o alguien Maorí, comunidad autóctona sometida por la presencia blanca. Con estos derroteros de vida es fácil predecir las evocaciones surgidas de estas dos mentes masculinas.

Si en El retorno del rey superamos los enormes Znagúl sobrevolando panorámicos paisajes cuales óleos de El Bosco, los abismales pendientes de Gondor, la repelente y servil morfología de Gollum, la millonada de extras en escenas y los impecables efectos especiales jamás vistos en pantalla, nos quedamos con la desnudez de una película esencialmente racista y androcéntrica, por no llamarla misógina. Su apología a los hombres y su desprecio a las mujeres es tan evidente que sus dos únicas personajes femeninas aparecen sólo diez minutos de los 195 que dura la película.

Abiertamente manipuladora, el universo está regido por un Centro (blancos bondadosos, fértiles, espirituales, positivos, prístinos y puros como los Elfos) y la Periferia (el resto del mundo). Por supuesto, no hay blanco malo; quizás loco (como el senescal de Gondor) o confundido (como Smeagol–Gollum), pero nunca malo. Malos son los otros, los diferentes a ellos, los feos, deformes, mezclados, casi animales, que ni siquiera tienen rostro como el recontramalvado Sauron. Por eso las fuerzas nobles y liberadoras vienen del Norte y nunca del Este (recuérdese la arenga del futuro rey Aragorn a sus soldados para salvar a Occidente) y los bellacos tienen –¡oh coincidencia!– turbantes como los musulmanes y atacan en elefantes como los hindúes. Fíjense, además, que no hay ni un solo personaje de raza negra, asiática o siquiera un mestizo.

Toda esta discriminación racial es ‘chancay de a medio’, como se dice en Perú, al lado de la repulsión a las mujeres que muestra la película. Las hay frágiles doncellas como Arwen que encarna –¡otra vez!– el bien y la virtud del mundo, y guerreras como Erwyn que por salirse del molde se condena a la soledad y la orfandad. Todas las demás brillan por su idílica inutilidad. Tan misógina es que la maldad está representada en una clarísima simbología del genital femenino. Es una vagina y no un ojo (como se quiere hacer creer) en donde la película concentra la destrucción del universo. Freud ya alertaba sobre el terror de algunos hombres a la llamada ‘vagina dentada o devoradora de hombres’. Esta subvaloración femenina es refrendada por una repetitiva y exacerbaba exaltación masculina (la escena donde Sam exclama, al ver a Frodo en el umbral de la muerte: “¡No se vaya a donde ya no pueda seguirlo!”).

Súper película y súper occidental. Incluso su apología ecologista está ligada al New Age, que no es más que un discurso reciclado de esoterismo y apropiación de culturas no occidentales –budistas, hinduístas, shamánicas, andinas– o bárbaras –celtas, nórdicas– para dizque salvar el planeta. Más monstruosa que todas las mencionadas manipulaciones, es pedir que esta película sea políticamente correcta. No lo es, ni tiene por qué seguir la publicidad Beneton (sinónimo de diversidad racial y tolerancia). El arte surge de cada vivencia y de cada ideología. Tolkien y Jackson tienen las suyas. Pero inevitable resulta ligar geopolíticamente El retorno del rey con la actual y también épica expansión primermundista sobre territorios africanos, asiáticos, latinoamericanos y sobre todo musulmanes. Mientras tanto, en Internet, se dice que los neonazis están recomendando leer y ver El señor de los anillos.


* Artículo publicado en el semanario japonés International Press.


Fuente: enviado por Doris Moromisato (¡Gracias!)

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003