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“Hoy mis compañeras de trabajo elogiaron mi maquillaje, pero cuando no consulto a mi hija, como si fuera un espejo, llegan a preguntarme si alguien me pegó en el rostro. Es la cotidianeidad del invidente; o la dominas o te aplasta”. Quien habla es Yamilia Rodríguez, cubana licenciada en educación primaria. Pero también existe Gerardina. He aquí sus historias.
(La Habana, SEM) Yamilia Rodríguez, de 40 años, tiene unos ojos perfectamente delineados para darle la cara a un nuevo día, del que disfruta a través del oído, del tacto, del olfato y el paladar, pero apenas ve. Desde niña sufrió de miopía, estrabismo y astigmatismo. Con sólo tres años de edad llevaba gafas y a los 10, lentes de contacto.
“Nunca vi bien el pizarrón y eso me obligó a sentarme siempre en primera fila en clases. También me he privado mucho de leer. Para mí los libros representaron siempre inevitables dolores de cabeza, por tener que fijar la vista. Ahora, la falta de visión es casi total”, refiere esta habanera, licenciada en educación primaria.
Yamilia expone su caso en busca de mayor comunicación con el mundo circundante porque, como otros no videntes de Cuba y de otros países, con los cuales mantiene cercana amistad, siente que el resto de la humanidad, en gran medida, mantiene muy buenas relaciones con los discapacitados, aunque no logra comprenderlos totalmente.
Madre de un joven de 23 años y de una niña de ocho, esta mujer robusta y risueña forma parte de las 19.899 personas afiliadas (por ceguera y baja visión) a la Asociación Nacional del Ciego de Cuba (ANCI), según las más recientes estadísticas de esa agrupación.
“Me identifico con Pili, una amiga española ciega, quien opina que el mundo de los videntes no entiende del todo a los ciegos. Los videntes se relacionan con nosotros de diversos modos: muchos se compadecen, otros nos discriminan o menosprecian y, un tercer grupo, nos trata con normalidad”, manifiesta.
Agrega que la falta de visión, al igual que cualquier otra discapacidad, es muy difícil de asumir por quien la experimenta y que se requiere del apoyo emocional (no lástima, insiste) tanto de la familia, como de todo el entorno.
“Padezco de miopía degenerativa. Tengo afectados todos los órganos de la visión, sólo logro captar la mitad de las imágenes y en forma de bultos. Eso me ha llevado a caerme en la calle, a estar a punto de que un camión me atropelle, a quemarme en la cocina, a dejar de saludar a conocidos porque no los veo y a incurrir en otras torpezas”, cuenta.
Hace una década, por amor a su pareja, Yamilia abandonó su Habana natal para residir en el municipio de Guane, en la provincia de Pinar del Río, extremo occidental de Cuba, donde laboró inicialmente como maestra y actualmente se desempeña como instructora de música en la Casa de Cultura “José Núñez Correa”.
“El cambio de ocupación por la falta de visión no fue dramático, pues yo estudié piano antes de formarme como maestra. Pero sí he encontrado incomprensiones en el trabajo y fuera de él”. “Es como si las personas sanas físicamente (o aparentemente sanas) sufrieran de cierta discapacidad para tratar a quienes tenemos limitaciones diversas”, dice.
A juicio de la master en psicología educativa Gerardina González, la falta de visión es difícil de asimilar tanto por quien la sufre como por el resto de la sociedad. Existen barreras psicológicas y también hay quienes llegan a discriminar o menospreciar a los invidentes por ignorancia.
Con una historia similar a la de Yamilia: 40 años, una hija de ocho, y trabajadora del sistema de educación en una escuela especializada para niños ciegos y de baja visión, Gerardina analiza las dos caras de la moneda, desde su experiencia científica y desde la vivencia personal de quien perdió la visión el día antes de cumplir 15 años de edad.
Resuelta, liberada de gafas oscuras y de bastón, explica que las personas que gozan de todas sus capacidades, cuando están ante un ciego, pueden impresionarse, pasar luego a admirar lo que es capaz de hacer el invidente y, finalmente, aceptarlo.
También alude a acciones, que sin mala intención alguna implican menosprecio. Cita como ejemplo el caso del ciego que acude a una consulta médica de cualquier especialidad y el galeno pregunta al acompañante los síntomas que presenta el invidente, como si este estuviera incapacitado de comportarse como cualquier otro paciente.
Se trata –puntualiza– de conductas que hieren y disgustan. “Me ha sucedido y ahora soy capaz de reírme de eso.
Por otra parte, se refiere al golpe emocional ocasionado por una falta de visión adquirida. En opinión de la especialista, cuando la ceguera no es congénita, resulta determinante la personalidad del invidente para asumir su nueva vida.
La psicóloga llama la atención sobre el hecho de que los invidentes deben afrontar los retos de la existencia privados del sentido por el cual el ser humano adquiere el 85 por ciento de la información del mundo que lo rodea.
“Ante la ceguera o la baja visión, tiene que existir una aceptación de la falta de visión y disposición a compensarla a través de otros órganos sensoriales, fundamentalmente hay que apoyarse en el oído y el tacto”, expresa.
“Inicialmente –acota–, cualquier invidente se entiende a sí mismo como una persona muy dependiente, con la necesidad de algún acompañante y se preocupa por las consecuencias de la ceguera o baja visión ante la sociedad, ante los prejuicios, ante el qué dirán, y si lo aceptarán o no y es entonces cuando la personalidad define el comportamiento”.
Algunas personas tienen muy baja autoestima, son inseguras y cuando se quedan ciegas esas características se agudizan. En cambio, quienes son dispuestos, seguros, voluntariosos, tienden a demostrar que pueden hacer lo mismo que los demás. Pueden ser independientes y mantienen una adecuada autoestima.
Gerardina insiste en la importancia del apoyo familiar a los invidentes. Aquejada de glaucoma congénito, perdió la visión de muy joven. “Mis familiares (por la conmoción) ni querían hacerme la fiesta de quince”, recuerda. “Sin embargo, he adaptado mi vida a esta carencia, me he realizado como profesional, personal y socialmente, y siempre he tenido el apoyo familiar”.
“Cuando la ceguera llega a tu vida tienes que saber que la vida es una sola, aceptarla tal como es y adaptarte”, recomienda. “Además, el organismo es muy inteligente y agudiza otros sentidos, como el oído...es increíble el desarrollo que puede alcanzar la audición”.
Según la especialista, las terapias recomendables en estos casos se encaminan a fomentar la seguridad en las potencialidades personales, a lograr que cada cual conozca sus limitaciones.
También a propiciar un desarrollo adecuado de la autoestima, estimular la independencia, la autonomía y reorientarlos psicológicamente para asumir una nueva vida.
En la sala de su casa, a más de 180 kilómetros de la escuela “Abel Santamaría”, donde Gerardina recibe a SEM, Yamilia ratifica la postura de la psicóloga:
“Hay que tomarlo de ese modo. No veo pero existo. Estoy viva y tengo nuevos proyectos, por ejemplo, aspiro a ingresar a un centro nacional donde preparan a los invidentes para que sepan desenvolverse bien”, expresa la estudiante.
El Centro Nacional de Rehabilitación para Ciegos y Débiles Visuales, ubicado en el municipio de Bejucal, en la vecina provincia de La Habana, abre a los invidentes las puertas a la esperanza.
La institución acoge cada semestre a 80 ciegos y personas aquejadas de baja visión, quienes reciben preparación para la orientación y movilidad en el espacio, el uso del bastón, mecanografía y escritura braille, cálculos en ábaco, tejido, además de practicar deportes para tonificar los músculos, explica Eusebio Guanche, responsable de rehabilitación en la ANCI.
Inaugurado en 1985, el centro cuenta con financiamiento de la Federación de Ciegos del Reino de Noruega y del gobierno cubano. Dotado de dos miniapartamentos, ofrece a quienes se someten a la rehabilitación un entrenamiento integral para desenvolverse con independencia en sus hogares.
Guanche explica que la instalación se emplazó en Bejucal por tratarse del prototipo arquitectónico de los poblados cubanos, con el propósito de que quienes pasen el curso aprendan a deambular con seguridad.
Pero más allá de saber andar en casa y en la calle, las personas ciegas y de baja visión fortalecen su cuerpo. “Muchos han estado sobreprotegidos por sus familiares y eso va atrofiando sus músculos. En el centro hay un gimnasio donde consiguen o consolidan, según el caso, su desarrollo muscular”, agrega.
El deporte no se limita a la preparación para la vida. Hay quienes descuellan en alguna de las cuatro disciplinas que se practican en Cuba de las 17 practicadas por ciegos a nivel mundial, conocidos como deportes adaptados: judo, ajedrez, atletismo y walball (modalidad de balonmano para ciegos).
Con fines recreativos, se entrena a ciegos y débiles visuales en la pesca deportiva por parejas en mar abierto, así como en los juegos de damas y dominó. De todas esas especialidades se realizan anualmente competencias nacionales.
“A los deportes se suma el aula de cerámica que complementa el reforzamiento muscular y contribuye a desarrollar el sentido del tacto, tan importante para ellos”, acota el dirigente de la ANCI.
Granjas, huertos, un taller de tejido y lecciones sobre cómo realizar instalaciones eléctricas o hacer trabajos de plomería, por ejemplo, amplían los horizontes de las personas con discapacidades visuales.
En el caso del tejido, les facilita una reorientación laboral a quienes quedan incapacitados para continuar con su trabajo habitual y se convierten en obreros de las industrias locales de artesanía.
Consultas médicas especializadas, la labor de defectólogos, auxiliares pedagógicos e instructores de arte completan el panorama de la institución de donde, refiere Guanche, los invidentes salen, mayoritariamente, aptos para una vida plena.
“Ese centro me llena de esperanzas”, dice ilusionada Yamilia. “Es que por ahora, aunque pongo mucha fuerza de voluntad para afrontar mis limitaciones, siempre encuentro nuevos obstáculos. Me deprimo y luego lo supero, es un ciclo difícil”, confiesa.
“Pero también estoy viviendo cosas positivas. Siento que me he humanizado, he ganado sensibilidad ante las personas que tienen diversos problemas, me he vuelto más solidaria y, aunque lo que más quiero es poder ver, sin dudas seré mejor persona en esta nueva vida”.
Fuente: SEM.
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