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ESPACIOS/Cultura
14.05.2004
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Chile, o la doble impresión
Blanca Espinoza*/Para Mujereshoy

 


(Mujereshoy) El caso de la jueza chilena Karen Atala, la madre lesbiana que tras asumir públicamente su opción sexual está luchando por obtener la custodia legal de sus tres hijas (ver link interno), ha provocado diversas reacciones. Una de ellas es la de Blanca Espinoza, escritora chilena residente en Montreal, Canadá. Pero Blanca no sólo reflexiona acerca de la jueza Atala, sino también sobre la pobreza cultural chilena. He aquí su texto.


“¿La heterosexualidad podría ser considerada como la única forma natural y superior de la sexualidad humana, o no estamos, acaso, delante de una institución política que garantiza un orden androcéntrico en que la construcción social de la sexualidad femenina se encuentra ligada a intereses y necesidades masculinas?

Una pregunta que ha sido formulada en debates políticos, intelectuales, literarios, sociales y económicos, a través de todo el planeta, y mientras en Canadá y en Bélgica se otorgan licencias matrimoniales para homosexuales, se organizan festivales gays y se declaran abiertos los debates literarios, en que se afirma el lesbianismo como una marca escriptural, donde lo singular pasa por una escritura que afirma el “yo me rebelo entonces soy”, Chile, país de poetas, singular país, mi país, que entona en todas las auroras de Sur a Norte el verso: “que la tumba será de los libres o el asilo contra la opresión”, no ha sabido respetar ni siquiera el lema de su himno nacional.

La figura de la jueza lesbiana, denuncia no tan sólo el hecho particular de ser jueza y ser lesbiana, sino que refleja esa doble impresión que marca el producto chileno, el “made in Chile”, el ser chileno, la raza que reprime con la sonrisa o que deprime y oprime pasando por lo legal. País que se debate entre ese buen sentido aparente y ese sin sentido real.

Karen Atala, reducida a un objeto de querella pública, con las etiquetas correspondientes, en tela de juicio, pretexto de una sociedad que da vueltas en torno a una ideología patriarcal y falocéntrica, afirmando y reiterando, una vez más, lo malsano de un pueblo que vive un androcentrismo histérico en todos las disciplinas, producto de un sistema que sigue fundado en torno a lo masculino. La aberración de una serie de “ismos” juntos, luchando en una doble impresión por el bienestar de unas niñas que recibirán el trauma social en plena figura, por no decir en pleno corazón, no precisamente por descubrir a una madre con una posición sexual minoritaria, al margen del orden androcéntrico, sino por la intolerancia de un sistema que pierde sus cimientos, que siente el cuestionamiento de conceptos tales como realidad, ficción, diferencia, madre, y que reflejan abruptamente conceptos tales como explotación, represión, intolerancia ideología, inscritos en disciplinas sociológicas y culturales destinadas a confundir más que a descifrar el sentido colectivo.

Chile es un país de mitos, de leyendas inventadas por un poder fláccido e impotente, que ha vivido siglos alrededor de cuentos decepcionantes, sin embargo difíciles de borrar: ¿Es Chile un país de poetas, un país de críticos? ¿Debemos, acaso, contar con el orgullo de poseer dos nobeles, para afirmar que hay un quehacer poético reconocido? Reconocido cuando se está en el plano del “compadreo chilensis”, digno de una tesis doctoral. O una máquina de poderes culturales que existe “bel et bien”, destinada a fabricar a pseudo-poetas con una corte de seguidores tan convencidos como el poeta de formar parte de la elite cultural chilena y mundial (difusión Internet), pero que en realidad siguen siendo unos cuantos los privilegiados del sistema y de la marca social, o simplemente realzamos la calidad literaria de un vate fallecido, algo que no perjudica a la hipocresía del que vive y colea en la mediocridad de la tautología.

¿País de poetas? Por supuesto, en el sentido de que los vates siguen siendo vates, porque ni por casualidad se les ha ocurrido a nuestros colegas los poetas agregar “y de poetisas”, explicando seguramente que el lenguaje designa a los dos géneros en su masculinidad expresiva; sin embargo, el término femenino existe en el diccionario de la real academia.

Por otro lado, es intolerable que la crítica chilena haya podido dar vueltas alrededor de un solo hombre durante más de 20 años, y que se haya considerado como el detentador de la única verdad, o alrededor de un poeta que ha generado millones de clones que denuncian, más que una hazaña, la pobredad de una ambiente cultural que privilegia siempre al escritor timorato, repetitivo y carente de proposiciones escripturales revalorizadas.

Las premisas de Rimbaud son toleradas en el discurso de citación oral, pero en una práctica de escritura se rechazan, como las editoriales que responden frente a un manuscrito que no hay espacio para una determinada forma escriptural, y que por no haber espacio no se puede crear un espacio para una sola persona, esto quiere decir nuevamente que si se escribe a la manera de, o si se escribe bajo el género de, se corre el riesgo de ser aceptado. Denuncia, denuncia una vez más de la pobreza y la doble impresión de un supuesto quehacer literario, de una supuesta tolerancia y de un supuesto saber. De pronto, descubrimos una nueva escritura, una visión particular y debemos constatar con frustración que esa voz es opacada, marginada, que debe hacerse un espacio en submundos literarios, donde las voces gritan en silencio para poder sentir que no ha sido en vano su dinámica.

Hay en Chile una cadena de hechos contradictorios, el caso de las “nuevas” editoriales es patético, convencidas de su “nouveauté” y que por su rol deberían ser difusoras de nuevos lenguajes; sin embargo, entran en el juego de lo conocido y lo consagrado, cerrando el círculo para escritores que tienen posturas realmente innovadoras o al menos nuevos intentos, pero que no pertenecen al círculo social adecuado o no presentan esa marca “made in power’s world” tan necesaria en nuestros días.

No existe tampoco el grito de una unión de marginados, que diga definitivamente queremos salir de las fronteras de la repetición, de este territorio insular, no por geografía, sino por esa sofocación mental que confunde hasta cuando se jura a la bandera. Porque ya se ha dicho que en el amor, en la naturaleza o en el arte no se trata de placer, sino de verdad, porque el ser humano es una forma violentada de la existencia que nos empuja hacia esa búsqueda de la verdad, verdad que no se encuentra en afinidades ni buenas voluntades, sino en resultados de una violencia en el pensar, el signo exterior, lo que queremos es: interpretar, descifrar, traducir, encontrar el sentido del signo, aunque ese signo deba afirmarse en un cuerpo/lésbico, colocándose en una postura diferente del conocimiento, escapando al biologismo o al sociologismo en los que reposa el esencialismo.

La utopía, una necesidad, reposa sobre la construcción de una sociedad ideal y la crítica de un presente alienante e insostenible. ¿Cómo entender el supuesto juicio de divorcio y la tuición de la jueza Atala, sin referirse históricamente al rol mantenido por la mujer como el ente pasional marginado de todo discurso científico y racional?

No es necesario preguntarnos si la sociedad chilena es machista o amordazada, podemos emplear el calificativo que mejor nos acomode, y tampoco proponer una crítica contra los hombres, aquí no hay ni inculpados ni inculpadas, cuando se habla de una sociedad falocéntrica estamos hablando de una incitación a reflexionar sobre esta realidad que no afecta tan sólo a la mujer, el hombre se encuentra lleno de miedos y frustraciones y esta posición ha logrado desestabilizarlo en su identidad, en su rol, es inconcebible que un hijo rechace a su madre por ser lesbiana, esto es producto de una educación errada, fundada en un lenguaje materno que no es tal, porque esta lengua está marcada por una subjetividad masculina, cargada de una memoria de hombre, donde encontramos una impostura semántica y simbólica del pensamiento patriarcal, como lo están proponiendo nuevas escritoras en América del Norte, darle un “yo” a la vida .

Es necesario que la mujer pueda hablar su lengua, interpretar sus miedos, sus deseos, sus anhelos, sus utopías, “queme el aceite de su propia lámpara”, no debemos vivir los anhelos ni los deseos masculinos, aprender un nuevo espacio y escuchar nuestra propia voz, porque todo es una cuestión de poderes y el poder pasa por el lenguaje, por el signo. La participación del hombre es tanto o más importante que la de la mujer en el plano de la identidad de cada uno. El machismo es un sistema de educación que afecta a ambos sexos y ese es el error, pensar que el machismo afecta solamente a la mujer. El cambio del discurso debería enfocarse hacia la diferencia en el lenguaje, para subrayar la palabra fuera de la intimidación o la seducción del aura simbólica masculina. Hemos dejado atrás al feminismo liberal igualitario, al feminismo de tradición socialista y marxista, al feminismo radical, sin embargo estos discursos fueron necesarios, nos encontramos en “un work in progress”.

Más aun, diremos que pasión y ley es una combinación irracional, utópica, intolerable para una máquina de poder fundada en la obediencia, el sometimiento de hombres y mujeres que calzan por conveniencia personal con este régimen de patriarcado de pacotilla (en el sentido de tener malas intenciones, lo maleante) que paraliza el pensamiento humano y que, en este caso, subraya con doble línea la célebre frase de la escritora canadiense Nicole Brossard, desconocida aún en la mayoría de los ambientes intelectuales chilenos: “Escribir, soy una mujer, se encuentra lleno de consecuencias” para añadir enseguida: Escribir, soy una mujer lesbiana, en Chile, es entrar, definitivamente, en lo oscuro.”



* Blanca Espinoza, escritora, nacida en Valparaíso (Chile), vive desde hace 10 años en Montreal (Canadá). Sus estudios fueron realizados en Chile (Universidad de Chile), Bélgica (U.C.L.) y en Canadá (Uqam) y sus textos poéticos y críticos han sido publicados en diversas revistas y periódicos de América Latina y América del Norte. Ha realizado lecturas poéticas en encuentros de talla internacional. Es traductora con especialidad en traducción literaria. Ha traducido obras de poetas mexicanos, chilenos y canadienses al francés y al español, es miembro de la Orden de traductores jurados de Québec (OTTIAQ) y miembro de la Sociedad de Escritores de Québec (UNEQ). Su última publicación data del año 2001, un libro ilustrado con mini-ficciones poéticas, Tango.




Fuente: Colaboración especial de Blanca Espinoza.

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003