• PANORAMA
• VIDA COTIDIANA
• ESPACIOS
• MOVIMIENTOS
• NO + VIOLENCIA
• MEMORIA
• PUNTO M
• CIBERTALLER
• Agenda
• Galería de   Maitena
• Resultado   Encuestas
NO + VIOLENCIA/Sexual
11.06.2004
Google
www mujereshoy
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR)
La mujer y los conflictos armados (texto ONU)
Estos pederastas que nos gobiernan*
Pedófilo confeso alega inocencia
Brasil: Realidad sobre la violencia sexual
Costa Rica: Delitos sexuales
Por el aborto legal
Brasil: Explotación sexual en 36 por ciento de los municipios
Piden al Papa investigar abusos sexuales de monjas por curas
Guía para Grupos de Autoayuda con mujeres que han sufrido violencia sexual en su niñez y/o adolescencia
ARTÍCULO
Congo: Soldados ONU cambian comida por sexo con niñas
El campo de refugiados de Bunia es el hogar de unas 15 mil personas, separados por una alambrada de las tropas de la ONU.
 
Adolescentes en la República Democrática del Congo, que eran violadas por milicianos, están siendo sexualmente explotadas por los cuerpos de paz de las Naciones Unidas, quienes les dan a las jóvenes comida a cambio de sexo. Así lo reporta el diario The Independent, dando detalles sobre los alegatos que han resultado en una investigación de la ONU.

(Mujereshoy) Trabajadores/as humanitarios/as dicen que cada noche, las jóvenes se arrastran a través de huecos en el alambrado que rodea el campamento de la ONU para vender sexo a soldados marroquíes y uruguayos a cambio de mercancías tales como una banana o un pastel, generalmente para alimentar sus pequeños hijos e hijas, que son el resultado de las múltiples violaciones previas.

''Es fácil para nosotras llegar a los soldados de la ONU'', dijo una niña de 13 años llamada Faela. ''Trepamos el tejido cuando está oscuro, a veces una vez por noche, a veces más''. Faela describe la vida en el campamento de refugiados en Bunia, una volátil ciudad al noreste de la República Democrática del Congo, llevando en brazos su hijo de seis meses de edad. Quedó embarazada luego de haber sufrido repetidas violaciones de parte de numerosos hombres de su poblado.

''La vida en el campamento es difícil para muchachas como yo, con bebés y sin esposos. No tenemos hombres que nos cuiden. Hemos sido mancilladas por los soldados que invadieron nuestros pueblos. Ninguno nos tomaría como su esposa, y es difícil para nosotras conseguir comida en el campamento'', dijo. La explotación está ocurriendo a pesar del pedido de la ONU de tener una política de tolerancia cero con sus dependientes que cometan abusos sexuales.

Dominique McAdams, cabeza de la misión de la ONU en Bunia, declaró que creía que estaban habiendo abusos sexuales, pero que no había visto ninguna evidencia.

The Independent entrevistó a más de 30 muchachas durante cinco días, y la mitad de ellas dijo que había ido con los cuerpos de paz a través de huecos en la alambrada del campamento. Un funcionario de Atlas, la organización de ayuda que gerencia el campo, confirmó que miembros de su personal estaban al tanto de la inconducta, pero tenían miedo de enfrentar la situación. ''No hay nada que los detenga, y las muchachas necesitan comida. Es mejor quedarse callado'', dijo. ''Tengo miedo de que si dijo algo pueda perder mi trabajo, y tengo mis propios hijos para alimentar''.

Mientras la ONU ha prometido utilizar ''todas las sanciones disponibles'' contra los violadores, hay dudas acerca de si algo cambiará con la investigación y de si alguno de los culpables será llevado ante la justicia, reportó el medio británico.

Sexo y muerte en el corazón del África
Hambrientas, asustadas y desamparadas, las jóvenes mujeres de la República Democrática del Congo están vendiendo sus cuerpos a cambio de comida y abrigo. Y los hombres que les ''pagan'' son los cuerpos de paz de la ONU responsables de protegerlas.

Faela tiene 13 años de edad; Joseph menos de seis meses. Sentada en el piso polvoriento del más grande campo para refugiados internos, acuna a Joseph en sus brazos, y habla sobre como se asegura el alimento para ella y su hijo. ''Si voy a ver los soldados de noche y duermo con ellos, algunas veces me dan comida, tal vez una banana o una torta'', dice Faela, mirando a su hijo. ''Tengo que hacerlo con ellos porque no hay nadie que me cuide, y no hay nadie más que yo para protejer a Joseph. Él es todo lo que tengo y debo cuidarlo''.

Esta es una historia que no sonaría extraña en ninguna parte de este país asolado por la guerra, si no fuera por un detalle: los soldados de los que Faela está hablando no forman parte de los grupos rebeldes que han devastado la provincia de Ituri, en el noreste del país durante los pasados cuatro años y medio. En cambio, son parte de las fuerzas de paz de la ONU en el Congo (MONUC es su sigla en inglés), y se hallan estacionados bajo sus órdenes junto al campo de refugiados de Bunia.

La ONU tiene el control del aeropuerto local, una vez un animado nudo comercial que servía a toda la provincia de Ituri. La región es rica en recursos naturales, incluyendo uranio y grandes y recién descubiertas reservas de petróleo.

El aeropuerto de Bunia rebosa de personal militar, y el estado y la cantidad de aviones de la ONU contrasta directamente con los herrumbrados aviones congoleños abandonados en las cercanías. Luego de dejar el aeropuerto, uno pasa por una serie de barracas a lo largo de unos caminos sin pavimentar. Es posible ver los cascos azules de las fuerzas de paz uruguayas y marroquíes detrás de sus barricadas hechas con sacos de arena y alambre de púas. La gente forma una corriente constante caminando a lo largo del camino polvoriento, pero es imposible decir a donde va.

El campo de refugiados de Bunia se estableció hace un año, luego de una escalada de enfrentamientos entre las etnias Hema y Lendú, y la gente convergió buscando protección hacia ese lugar, ubicado al lado de la base de la ONU. Hoy el campo es el hogar de unas 15 mil personas, y consiste en fila tras fila de carpas de nylon azul. Sin embargo, la vida dentro del campo continúa siendo dura. Los enfrentamientos entre etnias rivales hacen eclosión cada noche, y la tensión es alta. Durante el día florece un mercado negro, en el que se puede conseguir desde comida hasta armas. En este mundo de esperanzas perdidas y sueños destrozados, la de Faela es una historia común.

Es una historia de guerra y de soldados, de sexo, y, más que nada, de miedo. Si ella es indiferente a su futuro, es porque lo único que ha conocido en su corta vida han sido la violencia y la sumisiòn. Su mundo, una vez repleto de familiares y afectos, se ha encogido lentamente, y su foco se ha estrechado día a día, hasta que todo lo que le queda es su hijo, y lo que debe hacer para alimentarlo.

''Yo llegué a este campamento hace unos seis meses, cuando los combates empeoraron en nuestro pueblo'', explica con calma. ''Los soldados, diferentes soldados, venían cada noche y no sabíamos lo que estaba sucediendo, estábamos todos asustados. Cada noche los soldados venían a nuestra tienda y nos obligaban a mis hermanas y a mí a hacerlo con ellos. No teníamos elección. Si nos hubiéramos negado, nos hubieran lastimado. Algunas veces ponían sus armas contra mi pecho, y otras entre mis piernas. Yo estaba realmente asustada''.

Tan asustada estaba que dejó el pueblo donde había nacido y comenzó una larga caminata hacia el campo de refugiados a través de la selva de Ituri. Sabía antes de partir que estaba embarazada y que el anónimo padre de su hijo era alguno de los integrantes de esas bandas de soldados. ''Tuve a Joseph en la selva'', dice.

''Mi padre no podía ayudarme más, él está avergonzado de mí porque tuve este bebé siendo que no estoy casada. El tiene que cuidar a mis hermanos y mis hermanas''.

Faela esperaba estar segura en el campamento. Pensaba que la vida sería también dura, pero que al menos no tendría más visitas de medianoche, que no habría más hombres con armas. Pensaba que sería alimentada, arropada y protegida. En cambio, cuando vió que la gente le negaba la comida, la aislaba, y hablaba de su ''vergüenza'', lentamente descubrió que era una paria. ''Es difícil vivir en el campamento para muchachas como yo, con niños y sin marido'', dice.

Solteras con hijos, proclaman que como no tienen a nadie en el campamento que las proteja, tienen que buscar ayuda donde pueden. María tiene 15 años. Como Faela, ella también tiene un bebé. Parada junto a la alambrada de púas, explica por qué siente que no tiene más remedio que trepar por sus agujeros y dormir con los soldados de la ONU. ''Cruzo la alambrada cuando necesito comida'', dice. ''Nada malo nos sucede allí, los soldados son gentiles y nos dan cosas. En este campamento no hay mucho. Yo vine a Bunia para estar segura y para alejarme de los soldados que atacaban mi pueblo''. María, como muchas de las demás muchachas dentro del campo, niñas cuidando niñas, nunca fue a la escuela y no puede leer ni escribir.

Siempre fue una hija obediente y no tenía idea de adonde ir luego de que su familia la abandonó. Pasó de ser protegida y amada por su padres a ser expulsada, y admite que cualesquiera sean los peligros, no dejará de visitar a las fuerzas de paz cada noche. ''Los soldados de la ONU ayudan a muchachas como yo, nos dan comida y cosas si vamos con ellos'', explica.


Fuente: The Independent/Comcosur Mujer

El portal de las mujeres latinoamericanas
Quiénes somos | Sobre este portal | Contacto
Todos los derechos reservados © Isis Internacional 2003

Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003