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“De todos los innumerables pecados cometidos a lo largo de su historia, de ningún otro debería de arrepentirse tanto la Iglesia católica como del pecado cometido contra la mujer y todo lo que implica su condición humana y femenina”, escribió la teóloga alemana Uta Ranke en los años ochenta.
En este sentido, un grupo de teólogos europeos progresistas, que conforman la prestigiada Asociación Teológica Juan XXIII, publicó la semana pasada, en Italia, un documento en el que señala, entre otros puntos, el peligro de que, en este principio de siglo, la actual jerarquía eclesiástica continúe defendiendo posiciones preconciliare y fundamentalistas -tanto como las peores que haya habido en el mundo respecto de la mujer y su condición humana y femenina. Apunta el documento:
“Es hora de que se dejen atrás esos fundamentalismos y de que los católicos sean libres y responsables en sus decisiones personales y políticas, y de que, por fin, se acepte y reconozca a la mujer en la Iglesia como sujeto moral religioso, con plena libertad y sin discriminación alguna.”
Sí, ya es hora. Porque la teología católica ha sido hecha por varones solteros para varones solteros que fundamentan esa teología en el repudio a las mujeres y al placer sexual. Baste recordar a San Agustín -el más grande padre de la Iglesia y cuya influencia en cuestiones referentes a la pareja y al matrimonio ha sido reconocida por el propio Juan Pablo II- cuando afirma:
“Estoy convencido de que nada altera más los altos anhelos espirituales de un hombre que los halagos femeninos” (Soliloquios l, 10).
O aún con mayor claridad otra frase de San Agustín de la que, como dice Uta Ranke, debería arrepentirse la Iglesia católica: “El marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer” (Sobre el sermón de la montaña 1, 41).
Uno lee y relee la frase de San Agustín, se talla los ojos, sale a dar una vuelta a la manzana, regresa, vuelve a leerla, y sí, dice el más grande padre de la Iglesia católica que a la mujer hay que amarla porque es nuestra esposa, pero odiarla porque es mujer. ¿Y si no es nuestra esposa... queda entonces sólo el odio?
O esta otra frase de Santo Tomás, que debería de provocarnos risa si no fuera porque la Iglesia católica actual sigue creyendo y basando su doctrina en esa teología: “El marido tiene la parte más noble en el acto marital, y por eso es natural que él tenga que sonrojarse menos que su esposa cuando le exige el débito conyugal” (S. Th. Suppl. Q. 64 a.).
¿Se sonrojarán los obispos cuando leen una frase como la anterior? O como cuando dice también Santo Tomás que la mujer “debe estar sometida al marido como su amo y señor (gubernator), pues el varón tiene una inteligencia más perfecta y una virtud más robusta” (Summa contra gent., 111, 123).
Sí, ya es hora de que las mujeres católicas derrumben ese imperio de una casta de (dizque) célibes que pretende dominar su cuerpo y su alma, y que llega a verdaderos actos de ignominia, como cuando Juan Pablo II afirma que la contracepción es tan condenable como el aborto, sin hacer distinciones de casos ni de circunstancias. Así, un buen número de abortos debería ser cargado en la cuenta del Papa al hacer tal comparación. Porque, si según Juan Pablo II, la contracepción tiene un peso tan grave como el aborto, entonces cabe concluir que el aborto tiene tan poco peso como la contracepción. ¿No sería mejor preguntarles a las mujeres su opinión al respecto?
O, aún más grave, cuando el portavoz del Papa, Carlo Cafarra, director del Instituto Pontificio para Cuestiones del Matrimonio y la Familia, dijo, por ejemplo, que ni siquiera un hemofílico con sida puede copular con su esposa usando un condón, porque el condón “está prohibido por Dios”. Y si el hemofilico con sida no es capaz de guardar continencia perpetua, concluye Carlo Cafarra, entonces es mejor que la infecte a que use el satánico condón. La relación entre esta declaración y la frase antes citada de San Agustín, como se verá, es directa y certera: como un dardo envenenado al corazón de las mujeres católicas.
Sí, ya es hora de que las mujeres católicas reclamen el derecho a decidir sobre su cuerpo y su actitud ante el amor y el acto sexual, de que lo rescaten de la esfera mirona de una policial clerical (morbosa) y de que no consientan por más tiempo tener que dar cuentas a clérigos incompetentes en asuntos que no son de su incumbencia y que muy poca relación guardan con la esencia del cristianismo. Porque habría que recordarles que, por lo que podemos saber, Jesús era amigo de las mujeres -el primero y, casi al mismo tiempo, también el último amigo de las mujeres en la Iglesia-; llamaba la atención porque “tenía tratos con las mujeres” y a su derredor había “muchas mujeres” (Le 8; 3), lo cual para un rabino era inadecuado y sin precedente en la historia. Pero estas mujeres en torno a Jesús no eran oyentes pasivas.
Ellas fueron las primeras en anunciar la resurrección. En Lucas se lee: “Ellas, las mujeres, anunciaron esto a los 11 y a todos los demás”. La relación de Jesús con las mujeres molestaba a sus propios discípulos. A la samaritana del pozo le pidió agua para beber y se puso a conversar con ella, a pesar de que los judíos vivían enemistados con los samaritanos. “Y entonces llegaron sus discípulos y se extrañaron de que estuviera hablando con una mujer”.
Se entiende por qué, como en El gran inquisidor de Dostoievski, si hoy regresara Jesús a la Tierra, la primera que promovería su crucifixión sería su propia Iglesia.
Ese peligro del fundamentalismo del que habla la Asociación Teológica Juan XXIII podría extenderse a todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. No sólo por la cantidad de mujeres católicas que hay en nuestro país [México] -y en quienes, por desgracia, aún tiene una gran influencia la Iglesia católica-, sino por la cultura machista y patriarcal que aún padecemos.
En días pasados, Miguel Ángel Granados Chapa rescataba un documento en el que Guadalupe Morfín, al frente de la Comisión para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en Ciudad Juárez, decía: “Es un asunto de honor para México el pacto nacional que el Estado haga con sus mujeres, quienes son, parafraseando a Rilke, la parte humana donde la vida habita de una manera más fecunda y más plena.”
Ojalá, como dice Uta Ranke, la Iglesia empezara por reconocer ese pecado de fundamentar su doctrina en contra de “la parte humana donde la vida habita de manera más fecunda y más plena”.
Fuente: Revista Proceso, vía Red Electrónica Demysex y Modemmujer.
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