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Esa es la premisa de organizaciones internacionales y no gubernamentales que han denunciado, desde fines de los años ochenta, la explotación sexual comercial de niñas, niños y adolescentes de ambos sexos. Pero un estudio hecho en Perú muestra que la “clientela” de estas víctimas no identifica al niño, niña o adolescente como una persona explotada sexualmente.
(Mujereshoy) Un cliente es una persona que compra un servicio o un bien que se comercie en el mercado. Pero hay clientes de clientes y no todas las transacciones “comerciales” son lícitas; y no estamos hablando de drogas o especies en peligro de extinción. No. Hablamos de explotación sexual.
De personas menores de edad que son explotadas sexualmente, luego de haber padecido una ruta crítica de agresión, violencia y abandono que las ha llevado a la calle y quedar expuestas a los abusos.
En una situación de tal desproporción de poder no se puede hablar de una “transacción comercial” cuando es abordada por otra persona adulta para “comprar sexo”. No se puede considerar como cliente aquella persona que, a cambio de dinero, “compra servicios sexuales” de otra menor de edad.
El “cliente” es el eslabón más importante de la cadena de explotación sexual, un flagelo que carcome al mundo entero y que representa el segundo negocio ilícito más grande del planeta, después de la droga.
Si no hubiera “clientes” no habría explotación. Esa es la premisa de organizaciones internacionales y no gubernamentales alrededor del mundo que han denunciado, desde finales de la década de los años ochenta, la explotación sexual comercial de niñas, niños y adolescentes de ambos sexos en todo del mundo.
Especialmente en el último quinquenio, organismos internacionales, estatales y no gubernamentales han impulsado la despenalización de las víctimas, es decir, la necesidad de no culpar a niñas, niños y adolescentes por las “preferencias” del “cliente”.
Luego de denuncias sobre la ruta crítica de pobreza, violencia e irresponsabilidad social de la familia y la sociedad en torno al problema de la explotación sexual –denominada erróneamente “prostitución infantil o juvenil–, ya es hora de poner el cascabel al gato.
El cliente pasa desapercibido
Un estudio sobre la “clientela” de las niñas, niños y adolescentes explotados sexualmente en Lima, Cajamarca, Ayacucho, Iquitos, Madre de Dios y Chiclayo en Perú, titulado “El cliente pasa desapercibido”, patrocinado por la organización internacional Save the Children Suecia, arrojó alarmantes resultados sobre la impunidad, tolerancia y aceptación social y cultural que hay entre los hombres –la mayoría de la clientela es de ese sexo–, a la hora de “comprar servicios” de las víctimas de explotación.
El objetivo de la investigación fue identificar los mecanismos que motivan a los adultos a tener sexo con niños, niñas y adolescentes. La investigación periodística en seis ciudades de la costa, sierra y selva peruana se centró en los clientes de este comercio en su hábitat natural y luego interpretar la conducta sexual de éstos.
De acuerdo con el estudio, el cliente que tiene sexo con niñas, niños o adolescentes, puede ser cualquier hombre. Su perfil no responde a ningún estereotipo en particular pero sí está influido por una educación permisiva que le inculca la posibilidad de tener más libertad que la mujer ante sus decisiones en general. Así, no hay crítica ni se le juzga por su actividad sexual.
Pese a esa generalización, el estudio –realizado por un equipo encabezado por la periodista Verushka Villavicencio–, encontró tres grandes grupos de hombres abusadores de personas menores de edad: el que no conoce y no sabe que tiene preferencia por solicitar servicios sexuales de personas menores de edad y lo descubre casualmente por influencia de su entorno; el hombre que busca sexo y lo tiene con personas adultas y aquellas entre los 14 y 18 años, según se le presente la oportunidad, sin tener una preferencia marcada por estas últimas; y el hombre que prefiere tener sexo con personas menores de edad.
Lo que buscan estos “clientes”, al tener sexo con esa población, es reafirmar su hombría o machismo, hacer un ejercicio de poder y dominio, mantener su vigencia sexual ante sí mismo y los demás, elevar su autoestima frente a una criatura inocente, indefensa e incapaz de cuestionar su desempeño sexual, y tener mayor excitación y placer con cuerpos “jóvenes” y de menos experiencia.
En este “negocio” –conocido también como una de las formas de esclavitud modernas–, la oferta y la demanda se da en una dinámica a veces difícil de identificar, como por ejemplo una serie de redes de intermediarios que facilitan la dinámica del negocio (transportistas, dueños de hoteles, restaurantes, bares, familiares, amigos, amigas, vecinos, vecinas, etc. que buscan personas menores de edad, vulnerables unas y desamparadas otras).
El estudio peruano revela, además, que los clientes perciben las relaciones sexuales con personas menores de edad como “naturales”, es decir no tienen la percepción de una sexualidad “prohibida” con esta población, por el contrario, la consideran sin restricciones ni regulaciones. La opción de hacerlo o no parte de una ética personal. La clientela tiende a no reconocer su responsabilidad, como personas adultas, en la protección de las menores de edad, dado que hay de por medio una transacción comercial que legitima su derecho de tener relaciones sexuales.
Otra excusa de los “clientes abusadores” es que, dado que no existe de parte de ellos una actitud violenta para convencer al menor de edad, no se trata de una situación que vulnera los derechos humanos; por lo tanto, no identifican al niño, niña o adolescente como explotado sexualmente.
Imaginario sexual
Tal parece que el gusto por las personas menores de edad, más que de estética, es de poder, de acuerdo con esta declaración: “Es más fácil dominar a una mujer de menos edad”. “¿Por qué nos gustan las menores?, creo que de alguna manera podemos dar protección, ya que el adulto puede darse el lujo de controlar una situación con una menor de edad.” “El hecho mismo de estar en una posición económica, le permite (al hombre) ciertas ventajas sobre las mujeres.” “Para mí la persona de 14 años no es precisamente una niña, es una adolescente que está explorando sexualmente.”
La explicación de un abusador sexual da mucho que pensar sobre el tipo de humanidad y de masculinidad que viven nuestras sociedades: “Tenga sexo, pero sexo seguro, me guío por la educación, la droga te mata, el sexo no mata. ¡El sexo comercial con niñas no mata! La promiscuidad y la inseguridad psicológica, fisiológica y sanitaria, eso mata. Pero si uno es seguro en todos esos aspectos, no mata, sino la gente no tendría sexo con menores de edad en todo el mundo.”
Mitos y verdades sobre la explotación sexual
Son prostitutas y ese es su trabajo. La explotación sexual comercial, en cualquiera de sus formas y modalidades, es una violación a los derechos humanos de las personas menores de edad, NO es un trabajo. Estas personas son víctimas de otros adultos que no respetan sus derechos y los utilizan en su beneficio.
Están en eso porque les gusta. Las víctimas de explotación sexual han sido atrapadas en el comercio sexual por explotadores y/o redes dirigidas por proxenetas. No están ahí porque quieren o porque les gusta, son víctimas de una forma de esclavitud. Viven bajo amenazas y sufren todo tipo de abusos. Las personas menores de edad no pueden consentir a ser explotadas, ni a renunciar a sus derechos.
Ganan mucho dinero. Quienes se benefician de la explotación sexual son los intermediarios, es decir, aquellas personas que facilitan el comercio y lucran con él. Es considerada una de las actividades ilícitas más lucrativas en el mundo. Usualmente, además, las personas menores de edad incurren en deudas con los explotadores para su manutención, consumo de drogas, etc.
Se aprovechan de los hombres, los seducen y les sacan dinero. Los explotadores sexuales son los responsables de esta actividad delictiva, aprovechándose de la desigual relación de poder que implica una relación entre personas adultas y personas menores de edad. Las personas adultas tienen la responsabilidad de proteger a las menores de edad.
Les hago un favor pagándoles, así mantienen a su familia. Utilizar una persona menor de edad con fines de explotación sexual es un delito y NUNCA un favor.
Es un problema que traen los turistas extranjeros. La explotación sexual es un fenómeno que afecta a todos los países y regiones del mundo. Responde, además y en mayor medida, a la demanda de los explotadores sexuales locales. El problema no radica en el turismo, se fundamenta en factores sociales y culturales que toleran este flagelo social.
El sexo con infantes es más seguro. Las personas menores de edad son más vulnerables al contagio de infecciones de transmisión sexual (ITS) y del virus de imnunodeficiencia humana (VIH), por la explotación a la que son sometidas y debido al nivel de desarrollo físico, que las hace más propensas a adquirir este tipo de infecciones.
Fuente: Thaís Aguilar/Servicio de Noticias de la Mujer.
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