 |
Si el niño o la niña se siente respetado en su dignidad como ser humano, ganará en confianza (Foto:Mujer.com). |
La relación que establezcan los y las niñas con los adultos más importantes de su entorno, marcará drásticamente su formación, el desarrollo de su autoestima y la valoración de los otros durante su madurez. Por ello, resulta fundamental que padres y madres propicien relaciones de respeto, favoreciendo la confianza y estimulando su crecimiento positivamente.
(Mujereshoy) Los seres humanos estamos determinados en gran medida por la influencia de nuestro entorno. Es algo así como una regla general, pero el estímulo positivo propicia confianza y seguridad, mientras que las constantes críticas generan inseguridad e inestabilidad.
Y entre el primero y el segundo, claramente los especialistas recomiendan que los menores crezcan y se desarrollen en ambientes favorables que refuercen el estímulo positivo.
Por lo tanto, para potenciar la autoestima de nuestros hijos e hijas, debemos tratar de conocer qué tipo de interacciones propician, anulan o dañan la formación de su confianza.
Un proceso donde las madres y los padres son pieza clave, porque generalmente son ellos los adultos más importantes en el crecimiento de los infantes. Serán ellos los vigías de su confianza y los estimuladores de su autorrespeto. Ambas premisas propiciarán una valoración personal que les llevará a quererse a sí mismos y, por extensión, a quienes les rodean.
Sin embargo, no se trata de crear una frágil burbuja de exagerados reconocimientos y sobre-estímulos alrededor de los pequeños. La idea fundamental es que las madres, los padres y sus más cercanos, puedan aceptar concientemente las características de su progenitura.
Como dicen los expertos de la revista española Consumer, en su artículo sobre el tema: Incluso puede que las características del niño o la niña no sean las que deseábamos que fueran y que, además, no aprendan como les estamos enseñando a ser. Pero aceptarles es admitir, por mucho que nos cueste, que ese hijo o esa hija es otra persona independiente y diferente de nosotros, y muy valiosa.
En este sentido, si el niño o la niña experimentan aceptación de sus pensamientos y sentimientos, percibirá el valor que se le da a su existencia, reafirmará su personalidad y ciertamente, estimulará su autoestima.
Pero además, si esta relación opera en un contexto de límites bien definidos y firmes, el pequeño o pequeña percibirá que los adultos que le rodean sienten interés por él o ella. Se trata de límites de acción que se manejen en conceptos de justicia, que sean razonables para ambas partes, y que sean negociables.
La libertad ilimitada, recomiendan los expertos, no sirve de nada pues es una relación marcada por la indiferencia. Cuando los progenitores escuchan las necesidades y deseos de su prole y se muestran dispuestos a negociar con ellos las reglas familiares, “están ejerciendo autoridad y no autoritarismo. La autoridad escucha, atiende y negocia, pero también sanciona el incumplimiento de las normas, algo estrictamente necesario para que el niño o la niña pueda forjar su identidad y establecer su autoestima”, señala la revista española.
Si el niño o la niña se siente respetado en su dignidad como ser humano, ganará en confianza. El respeto y el autorrespeto, son comportamientos aprendidos y como tal, hay que enseñarlos.
Desde este punto de vista, los expertos enfatizan que no se trata de aplicar una permisividad a ultranza. “La permisividad es nefasta porque destruye el esfuerzo, la disciplina y el autocontrol, y con ello, la confianza en uno mismo”, indican los especialistas de la publicación española.
Sin embargo, se hace hincapié en la necesidad de aceptar las decisiones de las chicas y chicos, escuchar sus deseos, atender sus necesidades y negociar con ellas y ellos las reglas establecidas en casa. “No puede haber autoestima sin el ejercicio de la responsabilidad”, y para ello, hay que generar las condiciones para que puedan ejercerla.
Otro de los factores importantes en el aprendizaje del respeto y la autoestima de niñas y niños, tiene que ver con el “ejemplo”, que inconscientemente las madres y padres muestran a su prole. Si el nivel de autoestima de los tutores es razonablemente alto, niñas y niños tendrán más probabilidades de tener estas percepciones de sí mismos, convirtiéndose en positivos modelos a seguir.
De padres y madres
Al margen del estado conyugal de los progenitores, en caso de que ambos estén presenten en la vida del pequeño, uno de los aspectos más importantes es la armonía que exista entre ambos.
Los especialistas explican que esto no quiere decir ausencia absoluta de discrepancias. Sería un absurdo, una utopía. Puede que el padre y la madre discrepen y no tengan igual opinión sobre alguna cuestión que afecte a la educación de su hija o hijo, pero esto no supone ningún inconveniente, e incluso esas discrepancias pueden ser conocidas.
Lo que sí afectará la seguridad del niño o de la niña es que sus progenitores no estén de acuerdo en las decisiones finales. La importancia no está, por tanto, en la diferencia de opiniones, sino en la no unanimidad en las decisiones.
Además, no hay problema en que los padres y madres cambien de opinión ante un hecho o una norma, y en que se lo hagan saber a su prole explicándoles el motivo. Esto no supone merma de credibilidad y, en cambio, es un ejemplo de flexibilidad y de acomodo a las circunstancias. La rigidez y la inmovilidad no caben en un proceso educativo, donde asumir los riesgos de cambios es parte de la enseñanza.
Autoestima quebrada
Los especialistas indican que la falta de autoestima se manifiesta como un problema generalmente pasada la adolescencia. Sin embargo, está demostrado que la autoestima se puede recuperar y potenciar. Por ello, resulta importante conocer con qué medidas se propicia este desarrollo en el proceso educativo y formativo y, claramente, el entorno familiar o el más inmediato, será determinante para el crecimiento de las chicas y chicos.
Un entorno de seguridad que se sustente en tres pilares como el amor, la aceptación y el respeto, es fundamental. Parece obvio, pero hay que entenderlo bien y los expertos de la revista Consumer, entregan algunas claves:
“Amarle por quien es, por su existencia y por su derecho a ser querida o querido, independientemente de que nos guste cómo piensa, siente o se comporta.
Aceptarle tal cual es, y no en la medida en que sigue nuestros preceptos y responde a nuestras expectativas.
Respetarle en sus decisiones de por dónde y cómo quiere llevar su vida. Hacerle ver, cuando esas decisiones nos parezcan equivocadas, por qué no se consideran correctas, pero no impedir que intente llevar a cabo lo que considere oportuno. Cometer errores es parte esencial de todo aprendizaje.
Tener presente que es otra persona, independiente y distinta de nosotros.
Ofrecer una seguridad basada en la coherencia, es decir, en la coincidencia entre lo que se enseña y lo que se hace.
Hacerle sentirse que es una persona observada y comprendida. Transmitirle que es una persona única e irremplazable.
Amarle desde la expresión verbal, mostrándole el gozo que tenemos por su existencia. El tacto es el gesto esencial para que pueda sentirse querido o querida. Tocarle, besarle, acariciarle no sólo cuando es bebé, también cuando rechaza, por pudor, esa muestra.
Aceptarle tal como es. Sólo así aprenderá a aceptarse. Respetarle como es.
Marcarle límites justos, razonables y negociables.
Ofrecerle normas y altas expectativas por lo que respecta a su comportamiento y rendimiento. No una actitud del “todo vale”, pero tampoco un “no vales”.
Ofrecerle elogios y críticas dirigidos a su conducta y comportamiento, nunca a su persona. Cuidar por tanto el lenguaje, que puede ser muy negativo, aunque parezca superficial y efímero.
Motivarle a tomar de decisiones, a experimentar, a asumir riesgos, a hacer y a responsabilizarse de los mismos. No privarle de cometer errores. No sobreprotegerle.
Fuente: Revista Consumer.
|