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Debbie Lawlor (Foto: e-leusis.net). |
A pesar de los avances en la igualdad entre mujeres y hombres, se siguen produciendo situaciones que revelan lo que todavía nos queda para que sea una realidad. Lo sucedido a Debbie Lawlor, investigadora del Departamento de Medicina Social de la Universidad de Bristol y Premio de Ciencias de la Salud, es una historia de discriminación con un final feliz.
(España) En su artículo, publicado en el último número de la revista Journal of Epidemiology and Community Health, Debbie Lawlor comienza recordando las dificultades de la primera mujer que estudió medicina en Gran Bretaña, en 1809, que debió hacerlo bajo el nombre y el aspecto de un hombre, James Barry. Ejerció su profesión como cirujana y llegó a ser “médico” militar, pero para ello tuvo que mantener su falsa identidad masculina hasta su muerte en 1840.
Desde entonces, dice la autora, las cosas han cambiado, y muchas mujeres se gradúan y ejercen como médicas, pero tanto en la práctica clínica como en la académica los hombres dominan los puestos de poder y los estereotipos y prejuicios de género continúan.
Lo que le ha sucedido a ella, en el siglo XXI, demuestra que así es.
En la revista donde publica su artículo, como en muchas otras, la política editorial es (mejor dicho, gracias a ella ahora podemos decir “era”) citar a las y los autores con el apellido y solo la inicial del nombre. De esta manera, las personas que leen los artículos no saben si se trata de autoras o autores y, claro, es fácil asumir que sean hombres, confirmando el estereotipo de que los investigadores de calidad, capaces de publicar un artículo en semejante revista, lo son.
Debbie Lawlor es una investigadora de prestigio, con varias publicaciones que han merecido noticias en la prensa. El problema fue que las personas que escribieron las notas de prensa necesitaban el nombre, y al no tenerlo, decidieron por su cuenta adjudicarle el de David. Cuando, en dos ocasiones, Debbie llamó al servicio de prensa de la revista para protestar por el error, se justificaron diciéndole que, al fin y al cabo, lo sucedido reflejaba el hecho de que los autores suelen ser varones.
“Los nombres de las personas son importantes, son nuestra identidad, yo no me identifico con David Lawlor. No soy yo. Me gusta identificarme con mi nombre y apellido”, dice la autora, que reconoce que algunas colegas suyas prefieren no identificarse como mujeres porque temen que esto les suponga una discriminación en el proceso de evaluación.
Es triste, pero puede ser cierto. Su propuesta es que cada autor o autora se identifique como prefiera y la revista y los gabinetes de prensa lo respeten. Y espera que, cada vez más, las mujeres científicas confíen en que el sistema valorará y apoyará sus contribuciones de la misma manera que las de los hombres.
Consultado el director de la revista, Carlos Alvarez-Dardet (que, por cierto, se encuentra entre los “Hombres que nos gustan” de Eleusis), nos ha transmitido su consternación por lo sucedido y la buena noticia de que, a raíz de este incidente, la política de la revista en este tema ha cambiado y que desde ahora aparecerán los nombres completos.
Esta historia, como decíamos al principio, tiene un final feliz para la visibilidad de las mujeres en la ciencia. Esto ha sido gracias a Debbie, que ha reclamado sus derechos y a quien se le ha escuchado y se han puesto en marcha los mecanismos para corregir la situación. Una buena lección a difundir como ejemplo.
Fuente: E-leusis.net
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