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Nélida Piñón (Foto: www.fll.miami.edu). |
La escritora brasileña Nélida Piñón reflexiona en esta entrevista sobre la condición de “nuevos” que todavía inquieta a la población latinoamericana, en circunstancias de que existe un pasado muy antiguo del cual habla la cultura autóctona. También se explaya sobre el tema de literatura y mujeres, señalando que odia la expresión “literatura femenina”.
(Mujereshoy) Nélida Piñón descubrió su vocación universal a los diez años de edad, cuando viajó de Brasil a España para encontrarse con la memoria de sus ancestros gallegos y reconocerse en un gozoso mestizaje sin fronteras. “Desde niña me he sentido un ser arqueológico que debía excavar para descubrir quién era. Me siento hija de las instancias humanas”.
La presidenta de la Academia Brasileña de Letras, Premio Juan Rulfo (1995), licenciada en Filosofía por la Universidad de Columbia, Estados Unidos; profesora de la Universidad de Miami, descendiente de españoles (sus abuelos eran de Galicia, noroeste de España) y autora de una extensa obra, entre cuyos libros destaca La república de los sueños (1984), no es una mujer que se deja convencer por la comodidad de las frases hechas: ella defiende las suyas.
Replica con desparpajo y sabiduría ante conceptos ya trajinados como el de “literatura femenina”, sin quebrar la dulzura de una coquetería que todos saludan admirados y ella sabe agradecer.
Su nueva novela, Voces del desierto, una historia que se desarrolla en Bagdad entre los siglos IX y X y cuyo proceso de escritura se inició hace dos años (no es vinculante con el reciente conflicto de Irak), ya fue publicada en Brasil. Traducida por Alfaguara, saldrá en México en marzo de 2005 y en mayo del mismo año en España. Después seguirá su viaje por los caminos de la literatura internacional.
¿La búsqueda desde la historia es vinculante con la necesidad siempre presente en América Latina de encontrar el origen?
Nélida Piñón: Siempre nos ha inquietado la condición de “nuevos”, pero en realidad no somos nuevos; ya América existía antes de los conquistadores. Somos una falsa novedad, pero no nos hemos comportado según el concepto de antigüedad. Borramos la historia y este hecho constituye una humillación para los hijos de las comunidades autóctonas. ¿Qué sabemos nosotros desde cuándo los incas, los mayas y los aztecas estuvieron en América?
¿Cómo saldar desde la escritura esa deuda histórica que tiene consigo América Latina?
N. P.: Se logra con los años, con los atrevimientos estéticos, con la persistencia y sabiendo medir los modismos porque nos alejan de nuestra tradición literaria. Una tradición literaria debe estar presente en la modernidad y para ser modernos hay que ser antiguos. No hay ruptura con la estética, con el sueño o con la imaginación, sí acumulaciones que consideran nuestra arqueología original.
La literatura, explica, es una versión de las mentiras y de las verdades, pero no se aleja del destino humano. “Al estudiarla, sería importante saber por dónde anduvo el corazón del autor para saber de qué forma engendró una nueva narrativa”.
En los grandes textos hispanoamericanos, Nélida Piñón advierte la musicalidad de la tradición oral, pero bajo la conciencia estética de la elaboración del lenguaje. “La oralidad sin lenguaje es como una viñeta”, aclara la escritora brasileña.
¿Qué vertebra a América como continente?
N. P.: Somos muy similares y muy distintos. Quizás nos une nuestro imaginario; la libertad de gravitar alrededor de mitos, todavía muy presentes en nuestra cotidianeidad.
Se confiesa una “brasileña muy especial”, con un profundo conocimiento de los mitos hispanoamericanos y con la capacidad de disfrutar de esa diversidad hispana e incluso de reconocer el acento de una persona colombiana, de una venezolana, de una argentina o de una panameña sin dificultad.
Ahora ya no hay escuelas; todo es moderno...
N. P.: Los críticos se empeñan en clasificar, pero el verdadero creador insiste en no afiliarse a nada. Yo no quiero ser bautizada. Las mujeres somos víctimas de los prejuicios. Siempre se habla de “literatura femenina” y odio esa expresión. Nunca se dice “literatura masculina” y además los hombres no se interesan en leer la escritura hecha por la pluma de la mujer, a la cual siempre quieren vincular a la influencia de otra mujer y nunca a la de un hombre, como si hubiese estado al margen de las revoluciones históricas y no tuviera memoria. Una mujer es un ser igual al hombre, por tanto ambos integran el contingente intelectual.
“Cuando la mujer ingresa en los intersticios de la cultura, lo que produce es hombre y mujer”, añade. Lo moderno sería conocer los ingredientes presentes en esa escritura de mano femenina. Ella ha logrado adicionar elementos estéticos tan nuevos que todavía no son perceptibles.
¿Cuáles son esos elementos estéticos?
N. P.: Se entenderá con el tiempo, después de un análisis justo, que no le reserve un lenguaje dulce, edulcorado o lacrimógeno. La mujer puede ser una narradora de tipos femeninos y masculinos. Yo hice un hombre llamado Madruga.
Los descendientes de emigrantes son deudores de dos historias: de la vivida y la contada. Estas dos historias están muy presentes en su escritura.
N. P.: Desde niña tuve una formación muy ecléctica. Estudié en un colegio alemán y aun cuando pueden ser católicos, todos tienen una fuerte influencia protestante. He sido una gran lectora del Antiguo Testamento. Además, por curiosidad intelectual, estudié los griegos y desde niña frecuentaba el teatro dramático, la ópera y el ballet. Tuve una formación bastante diferente a la de mis vecinos de vida, a lo cual se agrega el hecho de ser de familia emigrante.
Esta forma universal de entender la vida le permite trabajar la imaginación “como si fuera posible atravesar las épocas y llegar a todos los tiempos. Procedemos de todas las navegaciones.”
¿El mar es una memoria?
N. P.: El mar es el gran misterio. No me acerco al mar porque es demasiado para mí y, al mismo tiempo, me gusta contemplarlo. Mis abuelos llegaron a Brasil cruzando el Atlántico.
¿Cuándo el olvido, como la memoria, se hace necesario?
N. P.: La memoria no depende de nosotros; es nuestro patrimonio, nuestra vida. Todas las contestaciones prudentes, básicas y profundas de la vida vienen de la memoria. Nos ofrece un repertorio extraordinario de conocimiento, de contradicciones, de lo que sabemos y no sabemos. El olvido, a veces, es necesario para defenderse.
La autora de Sala de armas (1973), Tebas de mi corazón (1974), La fuerza del destino (1977) y El calor de las cosas (1980) observa que el gran viaje hispanoamericano desde la perspectiva literaria tuvo un antecedente fundamental en Rubén Darío, fundador del Modernismo “y quien viajó a Europa e incluso se quedó”, recuerda. “Su aportación fue muy importante para la estética hispanoamericana. Constituyó una presencia luminosa y propició una quiebra del lenguaje. El Modernismo tuvo una fuerte visión libertaria”.
Hay voces que reclaman a Nélida Piñón como candidata al Nobel de Literatura...
N. P.: Soy una candidata eterna a la buena literatura. Es lo único que soy. Quiero seguir trabajando y produciendo sin miedo, sin temor y sin comprometerme con la gloria. Soy una mujer insobornable.
Fuente: Violeta Villar (EFE), Edición Yucatán.com, México.
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