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PANORAMA/Medio Ambiente/Ciencias
19.10.2004
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Demasiado educada, fuerte, porfiada e incontrolable, dijo de ella su ex marido. Wangari Muta Maathai conoce la injusticia, la traición, los postergamientos; la han derrotado, pero nunca vencido. Esta científica de primer nivel, además, apuntó directo al corazón: el sida, dijo, es producto de un experimento biológico.

“Fue creado por un científico para la guerra biológica. ¿Por qué ha habido tantos secretos en torno al sida? Esto hace que me plantee interrogantes”, dijo. Richard Boucher, portavoz de la Casa Blanca –escueto– dijo otra cosa: “trabajamos con ella, pero no estuvimos de acuerdo en todos los temas”.

De acuerdo con el programa ONUSIDA, de los 38 millones de portadores de la enfermedad en el mundo, en África viven alrededor de 25 millones. “Algunos dicen que el sida vino de los monos, pero lo dudo porque vivimos con ellos desde tiempos inmemoriales. Otros dicen que es una maldición de Dios, pero yo digo que no es posible”, sostuvo en Nairobi, Kenia, la reciente Premio Nobel de la Paz.

Wangari Maathai comenzó a ser conocida en el mundo tras su batalla por los bosques luego que el gobierno autorizara la tala de millares de árboles para un complejo residencial de lujo. Para entonces tenía cicatrices de mil combates. Ser la primera mujer con estudios científicos en su país de no fue la primera. Indoblegable, no se rindió en 1991, cuando fue puesta en prisión; tampoco lo hizo tras el ataque –casi le cuesta la vida– sufrido en Nairobi en 1998: plantaba árboles.

Se calcula que la organización ecológica que fundó y preside, Cinturón Verde, lleva no menos de 10 millones de árboles plantados en África. Su suerte política y la conciencia ambiental africana y mundial ganaron una batalla en diciembre de 2002: fue elegida al parlamento keniano en tanto el nuevo presidente Mwai Kibabi derrotó al vitalicio Daniel Arap Moi, designándola en un cargo equivalente a una subsecretaría del ministerio del Ambiente en enero de 2003.

Que una mujer negra de 64 años gane el Nobel de la Paz por sus trabajos en pro de la selva húmeda africana es algo que todos pueden aplaudir; aplaudieron también a Rigoberta Menchú, originaria de América. Son los efectos de la mentada globalización.

Pero si ella insinúa que el sida es producto del trabajo científico –una suerte de Frankenstein diminuto– la cosa cambia; se pone color de hormiga si la escuchamos bien: el virus de inmunodeficiencia adquirida es un agente biológico creado “deliberadamente”. Y se hace francamente inaceptable cuando recuerda: “Nosotros, los negros, morimos (de sida) en mucho mayor número que los demás pueblos de este planeta”.

Sus declaraciones no son nuevas. Lo había dicho en agosto pasado. La Academia Nobel de Noruega no lo ignoraba. Esta vez fue un poco más lejos, esa amarga ironía que es la última defensa ante la tragedia que elimina a las estirpes: ¿el sida un contagio de los monos?. “Estupideces”.

“Nosotros los africanos (...) somos exterminados más que ningún otro pueblo en el planeta por esta epidemia”.

Estados Unidos –nobleza obliga– felicitó a Wangari Maathai por el Premio Nóbel de la Paz 2004, aunque –señalan las agencias de noticias– moderó sus elogios tras su afirmación de que el sida era un arma biológica contra la raza negra. “Estamos contentos (sic) de que sea la primera mujer africana en recibir este honor sin parangón”, declaró el portavoz del departamento de Estado, Richard Boucher. Y de inmediato agregó: “trabajamos con ella, pero no estuvimos de acuerdo en todos los temas”, sin entrar en más detalles.

Un alto funcionario del Departamento de Estado –que se mantuvo en un conveniente anonimato– precisó que EEUU se oponía firmemente a algunas declaraciones de Maathai sobre el origen de la epidemia de sida. Mientras usted leyó este breve artículo murieron unas cinco personas a causa de la enfermedad, ¿cuántos fueron contagiados?



Fuente: Piel de Leopardo.com

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003