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(República Dominicana) La violencia de género intrafamiliar, doméstica y/o sexual, no cabe en las nuevas disposiciones para el proceso penal. La falta de reconocimiento de crímenes y delitos diferentes, como son los que generan este tipo de violencias, por parte de los hacedores y hacedoras de leyes, vuelve a desproteger a las mujeres, niños y niñas sobrevivientes.
Que esta violencia tenga como objetivo el control sobre las mujeres, en nuestros cuerpos, nuestros espacios, nuestro trabajo, nuestra libertad, nuestra identidad, en definitiva, sobre nuestras vidas, se explica en el número de feminicidios y en la cantidad y calidad de los maltratos y agresiones dirigidos al colectivo como una propuesta unilateral de parte de la masculinidad violenta.
En su libro Violencias sociales, Jorge Corsi y Graciela Peyrú, especialistas en el tema, dicen que cuando se habla de violencia basada en el género, se cruzan dos variables que tienen el común denominador de nacer y reciclarse en las raíces históricas y culturales del problema. Grandes razones para considerarla como diferente y así atenderla.
Mientras las estadísticas de criminalidad aportadas por los organismos internacionales, apuntan que más del 90 por ciento de los crímenes violentos en el mundo son cometidos por personas del sexo masculino y los especialistas en masculinidad violenta hablan de la tríada de la violencia del hombre, que agrede a otro, agrede a la mujer y se agrede a sí mismo, los sistemas operativos de justicia y salud pública no terminan de asimilar que estamos frente a un fenómeno sociocultural que necesita experticia. Datos que deben conmover a la justicia para tomar acciones adecuadas.
Algunas características de la violencia de género que la hacen diferente de la violencia en general son estructurales, basadas en las normas y valores socioculturales que nuestra sociedad minimiza y normaliza, como decir “le pego lo normal”, “ella me provoca”, “si no me obedece, tengo que pegarle”..., son violencias que generan mucho rechazo social y gran dificultad de resolución. No tienen motivos sostenibles: “es que ella no me atiende como debe ser”, “no hace las cosas bien y eso me irrita”, “es mía o de nadie”, y otras por el estilo.
El agresor no busca el anonimato, al contrario, comete la agresión en la propia casa o en sitios públicos y delante de la gente, que indefectiblemente valida la acción y la justifica. Son violencias excesivas, sin embargo es difícil que las autoridades decidan que hubo “ensañamiento”.
La mayoría de las veces el agresor busca dejar marcas en las mujeres, especie de “hechizo” que significa la propiedad adquirida por derecho. Estas violencias son extendidas hacia el resto de las personas de los afectos de la mujer motivo de la saña: matan a hijos, hijas, madres y familiares de esas cercanías.
Estas particularidades son suficientes para que la respuesta jurídico legal se especialice y no sobregeneralice un fenómeno sociocultural que cada día se complica más en el mundo porque nuestra cultura evade responsabilizarse a sí misma de sus debilidades... masculinas, por cierto.
Las reformas legales hechas sin perspectiva de género dan pocos resultados actualmente, en un mundo que no sale de la sorpresa de descubrir que la violencia en general tiene cara de hombre y como reacción, niega el concepto y sigue teorizando sobre los dolores y su procedencia, hasta ridiculizarse de tanto barajar y barajar.
No existe sistema, ni programa, ni acciones, ni políticas, ni estrategias, ni familia que funcione, si no hay un reconocimiento del origen género masculino de la violencia contra las mujeres, los niños, las niñas y las personas envejecientes. ¿Podemos entenderlo?
Susi Pola: susipola@hotmail.com
Fuente: Susi Pola.
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