|
Para cuando escribo este artículo tengo el temor de que el caso de Linda Loaiza haya perdido peso en la opinión pública, que no en las organizaciones de mujeres que desde décadas atrás vienen luchando en este asunto de los derechos de la mujer. Temo que después de las elecciones regionales, el nuevo mapa del país, las incesantes y siempre escandalosas noticias que se suceden unas a otras sin dejar espacio para la reflexión (¿qué otro edificio se quemará?, ¿qué otra obra del arte ciudadano se perderá?), el caso Loaiza pase a ser un “caliche” de prensa más. Las circunstancias ocurridas en torno a las innegables evidencias de violación y tortura que ha sufrido esta joven corren el riesgo de llevar el mismo camino que la incógnita desprendida de los resultados del referéndum revocatorio: unos pensarán que el culpable fue Carrera Almoina; otros dirán que no se sabe. La duda razonable. O las circunstancias sobrevenidas. La reflexión, creo, no debe conducirnos al juego del policial; dejemos eso para los fiscales y los penalistas. Lo que me parece digno de ser considerado es la manera en la cual lo ocurrido entra en la sociedad venezolana.
La manera en que la sociedad responde, comprende, pondera un caso de violencia de género de la naturaleza que sufrió Linda Loaiza. Y, de nuevo, podemos detenernos aquí.
Linda es (o fue) la noticia. Decía Mercedes Muñoz, presidenta de la Asociación Venezolana por una Educación Sexual Alternativa (Avesa), que en esa institución reciben 500 casos al año, y que no reciben más porque simplemente no tienen recursos para hacerlo. ¿Cuántos serán los casos que no llegan a noticia? El problema del caso Loaiza es que la sociedad venezolana lo asuma como la acción de un “monstruo”, aislado, perturbado, excepcional. La violencia de género es un tema recurrente, aunque sus protagonistas no sean tan conocidos. Es un problema de naturaleza universal, que trasciende las nacionalidades, los países, los grupos étnicos, las clases sociales, las religiones. La diferencia reside en el tratamiento que las sociedades le confieren; si lo consideran un problema de Estado, si ponen recursos para su prevención y sanción; si la sociedad lo condena o simplemente lo ignora.
Detrás de las heridas de Linda Loaiza está no solamente la mano homicida del perpetrador.
Está una sociedad que sigue siendo complaciente con las conductas y nociones machistas que preceden a la violencia de género. Por ejemplo, uno de los argumentos de la defensa (el más intolerable) es que la víctima era prostituta.
“No es una santa”, se escuchó decir.
Quiere esto significar que una prostituta es un cuerpo, que una vez comprado, puede ser utilizado hasta sangrarlo. ¿Y qué relación hay entre esta noción y las propagandas que cosifican el cuerpo de la mujer? Algo para la reflexión, pareciera. La constante denigración de la prostituta (y su deshumanización, que incluso es avalada por el Código Penal) oculta la deshumanización de la mujer, disociada de modo que hay “santas” y “no santas”. ¿Y qué ocurre con la violencia de género familiar, contra amas de casa y madres? Allí se recurre al expediente de “crimen pasional”. La supuesta pasión del marido o concubino es la razón por la cual puede matarla, o en todo caso “se comprende”. El lenguaje público de la publicidad y de los medios refleja cómo pensamos y sentimos, pero también propone modos de pensar y sentir. Es algo como para que las empresas anunciantes y los medios de comunicación se detuvieran a considerar, porque detrás de Linda Loaiza hay muchas mujeres de las que nunca nada sabremos.
* Psicóloga y escritora venezolana.
Asociación Venezolana por una Educación Sexual Alternativa, Avesa: avesa@reacciun.ve
Fuente: Enviado por Gladys Parentelli.
|