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Para que haya más mujeres en el Parlamento, es necesario una ley de cuotas (Foto: Red Voltaire). |
Los resultados de las elecciones nacionales del 31 de octubre muestran que las legisladoras que ocuparán efectivamente una banca son 15, el mismo número que hubo en el período anterior. Esto debería ser un llamado de atención para el sistema político, sobre todo para la izquierda triunfante.
(Mujereshoy) Los resultados de las elecciones nacionales del 31 de octubre, en las que triunfó Tabaré Vásquez, marcan un estancamiento en la representación parlamentaria femenina. Las 15 parlamentarias electas son 3 senadoras, todas de izquierda, y 12 diputadas: 8 del Encuentro Progresista/Frente Amplio/Nueva Mayoría (EP/FA/NM), 3 del Partido Nacional y una del Partido Colorado, todavía de gobierno.
Entre las senadoras, Mónica Xavier representa al Partido Socialista, del que surgió el presidente electo Tabaré Vázquez; Susana Dalmás pertenece a Asamblea Uruguay, el sector que lidera el futuro ministro de Economía Danilo Astori, y Marina Arismendi es la Secretaria General del Partido Comunista del Uruguay.
De las 8 diputadas de izquierda, 4 fueron propuestas por el Movimiento de Participación Popular: Lucía Topolansky, Nora Castro, Mónica Travieso y Nora Gauthier; 2 son socialistas: Daisy Tourné y Silvana Charlone; una de Asamblea Uruguay: Daniela Payseé y otra, Margarita Percovich, de la Vertiente Artiguista.
El Partido Nacional está representado por Beatriz Argimón y Adriana Peña de Correntada Wilsonista, y por Sonia Etcheverry, de Compromiso Nacional, el sector que lidera el ex presidenciable Jorge Larrañaga. La única diputada del Partido Colorado, Marta Montaner, pertenece al Foro Batllista, encabezado por el ex presidente Julio María Sanguinetti.
La mayoría de las legisladoras que actuarán en el periodo 2005-2009 tienen experiencia, en algunos casos comenzada en legislativos comunales y en otros directamente a nivel parlamentario como titulares o suplentes. Entre las que acceden por primera vez, Travieso y Gauthier son militantes de base del interior del país (departamentos de San José y Río Negro, respectivamente); también lo es Etcheverry, pero de Montevideo. Peña tuvo actuación en cargos de primer nivel en la Intendencia de Lavalleja.
Entre las proyecciones preelectorales, que indicaban una tendencia a la baja en la representación, y los resultados actuales que la conservan al mismo nivel anterior, mediaron varias circunstancias: creció la adhesión a Asamblea Uruguay, lo que permitió el acceso de una candidata a diputada que estaba en un poco expectable sexto lugar, mientras que el Partido Socialista que proponía mujeres en buenas posiciones disminuyó su participación, aunque igual pudo contribuir con votos restantes al ingreso de la cabeza de lista del Partido Comunista.
Un titular del Partido Nacional, que apostaba simultáneamente como primer titular al Senado y a Diputados por Montevideo, y también al primer lugar a la Cámara Baja por un departamento del interior del país, al convertirse en senador habilitó dos bancas para sendas diputadas, que eran sus primeras suplentes. La única diputada del Partido Colorado obtuvo al fin su muy peleada banca en un tercer escrutinio, y gracias a que a su departamento le había sido asignada una más en virtud de su crecimiento poblacional.
No fue fácil para las mujeres. En general, se las relegó a posiciones con pocas chances. La politóloga Niki Johnson evalúa que “hay una contradicción entre el discurso de cambio profundo y transformación de la sociedad, y el lugar que se da a la mujer en la política”.
A su entender, la participación femenina continúa siendo percibida como “anormal”. “La lectura que se desprende de esto es que para los hombres, lo que hacen las mujeres es secundario, no es política real”, insiste Johnson.
Las militantes también le merecen alguna crítica: “Me da la impresión de que ellas intentaron elaborar una campaña específica desde su condición de mujeres políticas, sobre todo dentro del EP/FA/NM, pero fue una campaña paralela a la principal. No lograron insertar el tema de género como un enfoque específico dentro de la campaña global”, dice.
Un síntoma preelectoral habría sido, a su juicio, la absoluta ausencia de hombres políticos cada vez que los sectores presentaron a sus candidatas mujeres, interpretado esto como un gesto de falta de reconocimiento.
No es menos cierto que las uruguayas llegaron a las recientes elecciones nacionales sin ninguna herramienta de discriminación positiva que pudiera contribuir a dinamizar la participación y a avanzar en la representatividad.
A diferencia de los demás países del Mercosur, que cuotificaron por ley las candidaturas a cargos de elección popular, reservando a las mujeres al menos el 30 por ciento en Argentina y Brasil, y el 20 en Paraguay), en Uruguay el proyecto de Ley de Participación Política, que también proponía el 30 por ciento, no prosperó en la Cámara de Diputados, que apenas se atrevió a votar una inoperante declaración de buenos propósitos, y el Senado no llegó a considerarlo.
La escasa representación femenina en el Parlamento debería funcionar como un llamado de atención para el sistema político, pero particularmente para la izquierda triunfante, que propone un cambio profundo con proyecciones en la democratización de la sociedad. Esto supone, sin atajos, que también que el 52 por ciento de la población constituido por las mujeres esté mejor representado en los lugares de decisión.
Las expectativas están puestas en la conformación del Poder Ejecutivo, lo que depende de la voluntad política del partido que asumirá el poder en marzo próximo. Durante la campaña electoral, el ahora presidente electo Tabaré Vázquez anunció que las mujeres tendrían un papel protagónico en su gobierno. Habrá que verlo.
Fuente: Isabel Villar, La República de las Mujeres, Uruguay.
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