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¿Sabía usted que Shakespeare tenía una hermana que era mejor poeta que él pero desconocida? Nada raro que no lo sepa, y sobre todo porque fue una invención de Virginia Woolf, escritora grande, también inglesa; o más bien, uno de los pretextos para uno de los más bellos ensayos sobre literatura y mujer que yo haya leído, Una habitación propia, escrito en 1928.
Para sostener la teoría de que las mujeres, para escribir y tener presencia en el mundo literario, necesitan independencia de todo tipo, simbolizada en esa ‘habitación propia’, Woolf buscó obras de literatura y otras disciplinas, escritas en el victoriano siglo XIX de cumbres borrascosas –parafraseando la novela famosa de Emily Brönte–, y concluyó que ellas abundan como personajes de ficción pero son escasas como creadoras, o nada reconocidas desde entonces y antes.
Dejando de lado las razones de ese hecho, que algo ha cambiado en 76 años de transcurso, y sabiendo que en literatura lo fundamental es la calidad, aunque la cantidad sugiere mucho, no puedo dejar de recordar a la autora de Las horas (revivida magistralmente en el cine por Nicole Kidman, hace dos años) cada vez que una mujer publica una obra literaria y tiene la facultad de convertir su mundo en referente y, entonces, recrearlo y darle carta de naturalización en la ficción. Y con sello propio.
Coca Ponce (así, con ese apelativo que se convirtió en su nombre, a pesar de evocaciones narcóticas) nos entrega su primera publicación, Mío, solo el piano. Y desde el título van las sugerencias.
Sí, Coca presenta su mundo, que puede ser el suyo y el mío, lectora; pero también el suyo, lector. Es una mujer quien escribe. Y eso se nota, no por el uso del género gramatical correspondiente sino por la mirada que lanza a su alrededor, a sus personajes, a los temas y situaciones que trata y desentraña con sutileza, como sutil es el uso de la ironía y el discreto humor, que a veces resulta negro, tanto para abordar las relaciones de pareja, y sus giros previsibles e inesperados a la vez, como la corrupción judicial o la referencia a la vida de un hombre ‘especial’, en una metáfora singular de la rutina maniática en la que puede desembocar la vida de muchas mujeres.
Esa sutileza, que describe situaciones sin calificarlas, es la que vuelve fuerte el final de cada historia, también por inesperado, en la mejor tradición del cuento clásico, y la que engrandece las 18 historias que componen el libro, publicado por la editorial Seix Barral, como el de Woolf, en 1980.
No ha ido de prisa, Coca, pero entra pisando fuerte en la narrativa ecuatoriana, y con claro signo de mujer que no hace concesiones a su mundo, el individual y el colectivo, pero tampoco juzga. Es la mirada ácida pero certera, de una mujer madura que tiene la frescura suficiente como para mostrar sin poner adjetivos. Así, resultan textos sobrios de una fina observadora de la cotidianeidad. Así nace una escritora que tiene más que el piano, les aseguro.
Es Quito el escenario de referencia; sus personajes femeninos, y también masculinos, son de acá pero pueden ser de allá. No es eso lo fundamental como no es este un artículo de crítica literaria sino de presentación
Si yo, humildemente, hiciera lo mismo que la autora de Las horas, y me ubicara aquí y ahora en la Biblioteca Nacional, llegaría a la misma y más contundente conclusión. Porque en nuestro país, mal existen las mujeres como personajes de ficción, por planas o estereotipadas, y menos como creadoras: unas pocas poetas (que no me gusta el femenino, poetisas, por la connotación de romanticismo cursi que se le dio desde fines del siglo XIX) y menos narradoras. Ya, ya sé que en literatura lo fundamental es la calidad, pero el número sugiere mucho sobre un país y otros detalles.
Por esto, y sin haber hecho ese viaje letrado de Woolf pero siguiendo las huellas de mujeres en la literatura y en la vida, es que celebro la llegada de una obra suscrita por nombre femenino.
Fuente: Alexandra Ayala (Gracias!!).
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