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NO + VIOLENCIA/Tráfico
31.01.2005
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ARTÍCULO
Tráfico sexual del Este
La venta de los cuerpos de mujeres y niñas es uno de los grandes negocios del crimen organizado (Foto: Fundación Esperanza, Costa Rica).
 
Miles de mujeres y niñas de los países del Este de Europa son secuestradas por la amplia red internacional de tráfico sexual, uno de los negocios del crimen organizado más lucrativos. Uno de los casos es el de Majlinda, una niña albanesa que a los 13 años fue secuestrada y obligada a ejercer la prostitución en Grecia.

(Mujereshoy) El día que cambió su vida, cuando tenía 13 años, Majlinda se dirigía a casa de su tía para ayudarla a planchar los vestidos para la boda de su prima en su pueblo del norte de Albania. Le faltaba poco para llegar a la casa cuando tres hombres desconocidos la detuvieron. La sujetaron, la metieron en un automóvil, le taparon los ojos, la ataron y la amordazaron; después la condujeron a la ciudad de Cjirokastra, al sur de Albania. Cruzaron la frontera de Grecia y cuando llegaron a Corinto le dijeron: “Ahora vas a trabajar”.

“Al principio no sabía de qué me estaban hablando”, recuerda Majlinda, “hasta que me llevaron a un piso en el que había otras mujeres y me dijeron: ‘Ahora trabajas aquí’. Cuando me negué, me dijeron que conocían a mi familia y que si les causaba problemas, la matarían. Yo pensé en mis posibilidades. Me daba miedo quedarme, me daba miedo irme, así que empecé a trabajar. Ellos me forzaron, con violencia”.

El artículo de Ed Vullyami, de The Guardian y reproducido por Periodista Digital, indica que Majlinda empezó a trabajar, confinada en un piso, desde las ocho de la tarde hasta las cinco de la madrugada, obligada a alcanzar una cuota monetaria que suponía unos 20 clientes por noche. “E incluso cuando ganaba suficiente dinero”, dice, “encontraban alguna razón para pegarme cuando se habían acabado los clientes por esa noche”.

Majlinda tiene cicatrices en la frente y alrededor de los ojos. Habla en un refugio, ya de vuelta en Albania, donde se esconde de sus traficantes.

Los raptores de Majlinda formaban parte de una organización; para ella estaba claro que “explotaban a otras muchas mujeres igual que a mí, y tenían varias casas, pero no dejaban que nos conociéramos”. Había “clientes buenos y clientes malos”, dice. ¿Buenos clientes? “Quiero decir los que sólo querían sexo; los malos eran los que me pegaban, o me pegaban y me robaban el dinero, así que tenía que trabajar mucho más para volver a ganarlo”.

Por último, un “cliente bueno afgano me dijo que no tuviera miedo y me animó a fugarme con él. Lo hice, confié en él y me quedé embarazada de él”. Por un momento parece como si la historia de Majlinda fuera a lograr alguna perversa redención. “Pero estaba equivocada”, dice, retorciéndose las manos mientras habla. “Lo que él quería era que trabajase para él y también me pegaba todo el tiempo. Di a luz a mi hijo, y cuando eso sucedió, me decidí…”.

“Le conté mi historia a una mujer que solía venir a ver a mi marido [que es como Majlinda se refiere al afgano], y ella a su vez me habló de unas monjas católicas que había en Utrecht que rescataban prostitutas. Y acudí a ellas. Me ayudaron a registrar a mi niño y a conseguir un billete de vuelta para Albania”. Pero Majlinda sigue mirando fijamente a la mesa y sus manos mientras habla.

“Por fin logré contactar con mi familia y les pedí que se quedaran con mi hijo, pero ni siquiera quisieron verme, se avergonzaban de mí. Mi padre dijo: ‘Por lo que a nosotros respecta, estás muerta”.

Majlinda y su hijo se refugiaron en un centro de acogida de la capital de Albania (Tirana), pero se vio obligada a dejar a su hijo en un lugar del que no quiere hablar y a seguir sola, después de que el afgano se presentara allí buscándolos a ella y a su hijo. “Este sitio es mi última oportunidad”, dice del segundo centro de acogida al que fue. “Pero me aterroriza pensar que él venga. Y que pueda tener otra vez ante mis ojos a los albanos”.

La esclavitud de Majlinda duró cuatro años. “¿Hombres?”, se pregunta. “No sé qué decir. Lo único que sé es que no quiero volver a ver a otro hombre en mi vida. Hubo momentos –, dice Majlinda, que tiene ahora 17 años– en los que pensé que yo no debería estar viva, que tendría que estar muerta. Pero luego pensé: ‘Tienes que ser valiente para sobrevivir, tienes que ser fuerte, o no saldrás de ésta”.

Un crimen lucrativo

Majlinda es solamente una más de los centenares de miles de mujeres esclavizadas y atrapadas por uno de los delitos más lucrativos y de más rápido crecimiento: el tráfico sexual de niñas y mujeres jóvenes. En función de los beneficios que genera, se cree que este tráfico ocupa el tercer lugar, después del de las drogas y las armas.

Los sindicatos del crimen están cambiando de actividad porque las mujeres y las niñas son más fáciles de transportar que un alijo de cocaína o heroína. Además, una mujer puede ser vendida y revendida una y otra vez, a diferencia de las drogas.

La escala del delito es imposible de cuantificar. El Departamento de Estado de Estados Unidos estima que el tráfico a través de las fronteras podía alcanzar entre 600.000 y 800.000 personas al año, con unos beneficios calculados en miles de millones de dólares. Y de estos cientos de miles, una proporción muy alta está compuesta por niñas, es decir, menores de 18 años.

El tráfico de mujeres y niñas es distinto del contrabando de personas o inmigración. La ONU lo definió en el año 2000 como reclutar y transportar personas “por medio de la amenaza o el uso de la fuerza u otras formas de coacción”, como el secuestro, el fraude o el engaño, o, por supuesto, “el abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad”.

“A todos nos gustaría aportar cifras concretas”, dice Steve Ashby, director del programa Save the Children en Albania. “Pero sencillamente no las tenemos. Lo que es seguro es que las cifras son lo bastante altas como para justificar una inquietud muy seria. Todo lo que se diga es poco acerca del nivel de opresión y brutalidad que infligen estos traficantes”.

“El traficante”, dice Ashby, “va invariablemente por delante de las autoridades. Siempre encuentra vías alternativas para seguir. El fenómeno está cambiando constantemente y sobrepasa todas las iniciativas que se emprenden para controlarlo”.

Moldavia, Albania, Ucrania y Rumania, donde gran parte de la economía está controlada por los sindicatos del crimen y la corrupción ha reemplazado a los regímenes comunistas como medio de lograr poder político, son la fuente principal de mujeres secuestradas. El tráfico ha pasado a ser parte integral de la economía de estos países.

El sufrimiento de mujeres y niñas como Majlinda es la piedra angular de más de una torre nueva de hormigón de Tirana o Chisinau. “A lo largo del camino”, dice Ashby, “hay una cadena de personas involucradas en este comercio: los traficantes, los transportistas, los falsificadores de documentos, las casas francas, las lanchas motoras que los llevan de Albania a Italia, etcétera”.

Albania es una tierra de extrema pobreza, fiero patriotismo, montañas escarpadas en el norte y campos de olivos y viñas en el sur; aislada durante décadas del resto de Europa y abierta ahora a un mundo de ensueño europeo. Es un país de donde se obtienen decenas de miles de niñas para el tráfico y a través del cual se lleva a las mujeres de otras partes de Europa del Este hacia Grecia e Italia, y de allí a toda Europa. Las mismas organizaciones están abriendo nuevos canales después de que se restringiera el paso en la ruta del mar Adriático a Occidente a través de Serbia y los países de la antigua Yugoslavia.

Según un informe de Unicef, “en los últimos 10 años, 100.000 mujeres y niñas albanesas han sido vendidas a Occidente y otros países balcánicos. Albania es también uno de los principales países de tránsito para el tráfico de niñas y mujeres de Europa Central y del Este”.

En Albania, el miedo al secuestro por los traficantes es tan grande que la cifra de chicas adolescentes que asisten al instituto en las zonas rurales ha descendido drásticamente. En las zonas más apartadas, “hasta un 90 por ciento de las chicas han dejado de recibir educación secundaria”, según un informe de Save the Children. “Incluso aquí en Tirana tienen miedo”, advierte Svetlana Roko, que dirige un centro de día para niñas con las que se ha traficado y niñas en situación de riesgo en la capital.

Algunas mujeres simplemente son raptadas, a otras se las engaña con promesas de trabajo. “Depende”, dice Vera Lesko, que dirige un centro para mujeres del tráfico en Vlora, al sur de Albania. “A lo mejor les prometen una carrera de modelo, trabajar en tiendas, servir en bares o becas de estudios. Sin embargo, cuando llegan aquí, están completamente destrozadas, física y psicológicamente. Lo que intentamos hacer es devolverlas a su vida, decirles que sus sufrimientos han terminado, que deben centrarse en lo que tienen. Intentamos reintegrarlas, darles formación profesional. Las enviamos a escuelas de Vlora, con otras mujeres que no conocen sus antecedentes”.


Fuente: Periodista Digital.

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003