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La pareja tradicional, ¿en retirada? (Imagen: www.olgasinclair.com). |
En Guatemala, y en otros países, resulta frecuente encontrar a mujeres que no tienen pareja, algunas veces porque simple y sencillamente no han querido pasar por el proceso de negociación cotidiana que significa la vida entre dos personas. Aun así, no tener una pareja se puede convertir en incomodidad ante el bombardeo comercial que pregona la vida en pareja heterosexual como ideal.
Al estar fuera de la norma de la vida en pareja, las mujeres pueden producir con libertad, sin que las necesidades domésticas y cotidianas de los otros les carcoman el tiempo y las ideas.
Sin embargo, no tener un compañero se puede convertir en incomodidad ante el bombardeo comercial de la vida en pareja como ideal, especialmente para quienes la imparidad no ha sido una decisión propia. Algunas no encuentran hombres que quieran apuntarse a una relación responsable; la vida está muy cara y los trabajos inestables...
En febrero desafiamos al mundo comercial que nos impone la pareja como ideal. Queremos visibilizar lo que sucede con quienes viven en condición impar y desmitificar la vida en pareja.
La guerra y la violencia cotidiana han dejado a muchas en condición de viudez. Así se les llama a aquéllas cuyos compañeros de vida migraron al Norte, una situación un tanto esquizofrénica.
La fuerza de la socialización de género masculina o el simple cansancio impulsa a los hombres a buscar otras relaciones, abandonando a sus primeras o segundas parejas.
En el contexto guatemalteco, una mujer que “ha pertenecido a otro hombre”, y peor aún si tiene hijos, queda fuera del círculo para establecer relaciones aprobadas. Sus alternativas son algunas veces el amantazgo, el emparejamiento intermitente y la consecuente segregación.
Finalmente están las “curadas de espantos”, que no desean volver a pasar por el estira y encoge de las relaciones inequitativas.
De cualquier manera asistimos al fenómeno impar, del cual no se sabe mucho.
Jefatura de hogar, categoría patriarcal y jerárquica
Una de las causas por las cuales se desconoce qué sucede con quienes se encuentran en estas situaciones son las limitaciones de categorías tales como “hogar” y “jefatura de hogar”, estrechamente vinculadas a la noción de familia.
Las estructuras familiares, específicamente la nuclear, se construyeron y consolidaron entre los siglos XIX y XX, período en el cual se dio el proceso de industrialización occidental europeo y estadounidense, espacio y tiempo en que se sentaron las bases de la sociología y la antropología.
La industrialización cambió el diseño urbano de las ciudades y las estructuras familiares; de tal cuenta, las familias quedaron integradas con papá, mamá e hijos que convivían en una morada. Ésa era una realidad difundida en estas sociedades, donde se esperaba que los hombres tomaran las decisiones de acuerdo al interés del grupo familiar. Antropólogos y sociólogos utilizaron dichas categorías para estudiar lo que pasaba en sus sociedades.
Hace más de una década, Caroline Moser sintetizó y profundizó en el análisis crítico de la aplicación de estas categorías en Occidente y en otros países que tienen distintos modelos de desarrollo. Por ejemplo, en Guatemala, donde no tenemos un proceso de industrialización definido, las estructuras familiares y domiciliares están marcadas por culturas originarias, pobreza y migración.
La utilización de esta categoría se hizo bajo la presunción de que en el conjunto de personas que conviven bajo el techo llamado “hogar” vive alguien que es el “jefe” que lo gobierna, establece metas y asegura que las desigualdades queden eliminadas. Ahora sabemos que hay asimetrías al interior del hogar y que el jefe, que generalmente es hombre, no siempre sabe cómo borrar esas desigualdades o no le interesa hacerlo.
La forma en que se toman las decisiones y se administran y distribuyen los recursos y beneficios varía dependiendo de quiénes integran esos espacios, sus ideologías, cultura y condición económica. Pero generalmente las necesidades e intereses de las mujeres son subordinados a los intereses de los otros, de forma que aquéllas que viven en pareja suelen comer de último o menos y tienen con menor frecuencia ropa nueva.
El acceso de las mujeres a la tierra o sus productos suele ser indirecto: se da a través de la relación con los hombres, ya sea como esposa o madre; en cambio, ellos la poseen por derecho o por el sistema masculino de herencia.
Los gastos cotidianos (alimentación, vestimenta y utensilios) por lo general están asignados a las mujeres y a la larga resultan más altos que los aportes para vivienda y educación.
Por ello algunas feministas prefieren pensar el hogar no como un techo sino como un espacio en el que sus integrantes a veces tienen deseos, recursos y beneficios comunes, pero otras no, y su consecuente conflicto de intereses, colocando en la agenda de trabajo la gestión de ingresos y el cambio simbólico en el que las mujeres sean percibidas como sujetas de derecho.
Si recordáramos que en el ordenamiento numérico hay tantos pares como impares, empezaríamos a hacer mapas más parecidos a nuestra realidad diversa y podríamos mejorarla de una manera más eficiente y equitativa.
Bibliografía
Moser, Caroline. 1995. Planificación de Género y Desarrollo. Teoría, práctica y capacitación. Perú: Red Entre Mujeres / Flora Tristán ediciones.
Quirós, E. Guillermo. 1995. “Los límites de la unidad doméstica. Un caso: Wilk y los kekchi”. En: http://www.naya.org.ar/articulos/politica04.htm
Fuente: La Cuerda, Mujereshoy.
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