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Giulana Sgrena, en momentos en que llega a Italia (Foto: Estrella Digital) |
La periodista italiana liberada el viernes y víctima de disparos por una patrulla estadounidense en Irak, donde murió el agente secreto italiano Nicola Calipari, dijo que el ataque pudo haber sido deliberado. Afirmó que no acepta la explicación estadounidense de que se trató de un accidente.
(Mujereshoy) Giuliana Sgrena publicó ayer en Il Manifesto, diario para el cual trabaja como corresponsal de guerra, el relato de su sangrienta liberación en Bagdad y aportó nuevos detalles, pero su versión seguía sin encajar con las vagas explicaciones de Washington acerca de “un error de comunicación”.
Parecía cada vez más claro que desde el principio del secuestro las fuerzas de Estados Unidos se habían opuesto al pago de un rescate por Sgrena (finalmente fueron pagados entre seis y ocho millones de euros), lo que obligó a los servicios secretos italianos a actuar de forma autónoma.
En un artículo titulado “Mi verdad”, Giuliana Sgrena narró el mes más intenso de su vida. En los primeros días del secuestro, cometido el 4 de febrero, Sgrena no derramó una lágrima. Se sentía furiosa. Al tercer día le permitieron ver en televisión un noticiario: “Vi mi imagen en una fotografía gigante en la fachada del Ayuntamiento de Roma y me animó. Inmediatamente llegó la reivindicación de la Yihad Islámica, que anunciaba mi ejecución si Italia no retiraba sus tropas. Estaba aterrorizada, pero me dijeron que no era de ellos aquella reivindicación, que se trataba de provocadores”.
Los secuestradores parecían interesados sólo en el rescate. Su primera petición fue de un millón de dólares (0,75 millones de euros), según fuentes gubernamentales citadas por el Corriere della Sera, pero cuando comprobaron que Italia estaba dispuesta a pagar hicieron ascender progresivamente sus exigencias hasta ocho millones de euros. Las mismas fuentes dijeron que la liberación fue conseguida a ese precio o quizá un poco menos: seis millones.
Ese punto, el del rescate, separó a Roma y Washington. La postura estadounidense es radicalmente contraria al pago de rescates, porque considera que el dinero fomenta nuevos secuestros y nutre las arcas del terrorismo. El Gobierno de Berlusconi actuó por su cuenta, aunque EEUU, como deferencia ante uno de sus aliados más fieles, se comprometió a no entorpecer la operación.
El encargado de negociar con los secuestradores fue Nicola Calipari, jefe del Sismi (Servicio de Inteligencia Militar Italiano) en Oriente Próximo y Asia Central. Una vez desembolsado el dinero por una vía no revelada, se fijó una cita para la entrega de la rehén.
Sgrena, que había desarrollado una cierta relación con los dos hombres que la custodiaban (ambos hablaban inglés), fue advertida de que su libertad estaba próxima. Los secuestradores también le advirtieron de que el tramo final era el más peligroso, porque las normas de actuación estadounidenses, de las que parecían muy bien informados, exigían a los soldados que dispararan contra los secuestradores y sólo secundariamente que intentaran salvar a los secuestrados.
El viernes 4 de marzo Sgrena fue introducida en un automóvil con sus dos carceleros y un conductor. Le cubrieron los ojos con algodón y unas gafas de sol y circularon durante un tiempo no precisado. Luego frenaron, descendieron y desaparecieron, y la periodista permaneció en el coche. Después escuchó una voz italiana: “Giuliana, soy Nicola, no te preocupes, he hablado con Gabriele Polo [director de Il Manifesto], estás libre”.
Para llegar hasta allí, Nicola Calipari había alquilado en el aeropuerto de Bagdad un automóvil gris con matrícula iraquí. Quería pasar desapercibido. Salió del aeropuerto de Bagdad casi al mismo tiempo que Sgrena y sus secuestradores abandonaban su escondite.
Una cuestión que seguía siendo confusa ayer, se refería al número de agentes italianos que acompañaban a Calipari. Además de Calipari, se habló primero de un agente que sufrió heridas leves y de un tercero que se quedó en Bagdad, con heridas graves. Ayer desapareció el tercer hombre: el Gobierno afirmó que nunca había existido.
En el fatídico viaje hacia el aeropuerto de Bagdad, escribió Sgrena, “el conductor había hablado dos veces con la Embajada y con Italia” y todos descargaban la tensión con bromas. De pronto, “una lluvia de fuego y proyectiles se abatió sobre nosotros. El conductor gritaba: ‘¡Somos italianos!’. Nicola Calipari se arrojó sobre mí para protegerme y de inmediato noté su último suspiro, se me murió encima”.
Su muerte es muy difícil de superar, incluso más que el secuestro, que ahora parece lejano”. ¿Qué pasó a la entrada del aeropuerto de Bagdad? Se queda pensativa y dice: “No puedo descartar que yo fuese el verdadero objetivo [del ataque]”.
Es un pensamiento terrorífico. La idea de que hubo mala intención, voluntad de deshacerse de un rehén incómodo, liberado gracias a una intermediación con los captores que los estadounidenses no aprobaban... Pero es un pensamiento, sólo un pensamiento. Mientras tanto, los medios de todo el mundo la llaman para que repita esa frase: “No descarto que yo fuese el objetivo”. ¿Es esto lo que usted ha dicho? “Sí, esto es”. Lo ha repetido en muchos idiomas y con la misma firmeza que ha anunciado: “No volveré más a Irak”.
Pregunta. ¿Ahondará hasta dar con la verdad de lo que pasó?
Giuliana Sgrena: No lo sé. Sólo sé que yo ayudaré a la viuda de Nicola a buscarla. Es un compromiso que he asumido. No se puede dejar de pensar en la muerte de un hombre en semejantes circunstancias, tras una lluvia de fuego que sobrevino de improviso en una zona que era considerada como segura. No se puede pasar página como si hubiese sido un incidente cualquiera. Eso no es aceptable.
P. ¿Sigue reviviendo la película de los hechos?
Giuliana Sgrena: Sí, y me causa un gran dolor. Nicola entró en mi vida por una hora, poco más. Nunca lo había visto antes. Vino hacia mí sonriendo y me dijo: ‘No tengas miedo, todo ha terminado’. Ya en el coche incluso nos reímos porque en el trayecto estuvimos a punto de tener un accidente por evitar un gran charco. Se creó un momento único de cercanía y afecto. Él estaba empeñado en salvarme y yo decidida a salvarme.
P. Los estadounidenses han argumentado que el coche iba a gran velocidad, que hubo un problema de comunicación porque eran italianos, que continuaron a pesar de que insistieron en dar el alto...
Giuliana Sgrena: Nada de eso es verdad. Lo que sucedió fue algo tremendo y repentino. El coche fue acribillado súbitamente. Pero poco importa ahora cuántos proyectiles dispararon. Sólo digo esto: que si hubiese habido una auténtica lluvia de fuego nadie hubiese podido vivir para contarlo. En vez de eso, ni yo ni el agente que conducía el vehículo hemos muerto. Sólo puedo decir que estaba allí, cubierta de proyectiles, y a mi lado yacía el cuerpo de un hombre muerto. Todo esto en una zona considerada segura porque está próxima al aeropuerto.
Nicola Calipari, agente italiano experto en liberar rehenes
El veterano agente del Sismi, los servicios secretos militares italianos, Nicola Calipari, muerto el 4 de marzo por fuego estadounidense cuando protegía a la periodista que estuvo secuestrada en Irak un mes, Giuliana Sgrena, había participado en las negociaciones que ayudaron al feliz desenlace de otros dos secuestros en Irak. Calipari, de 50 años, estaba casado y tenía dos hijos.
Al menos en una ocasión anterior, Calipari había negociado con los secuestradores de la periodista de Il manifesto para lograr su liberación. En esta última ocasión, el agente llegó a Bagdad convencido de que se marcharía junto a la periodista, según la agencia de noticias ANSA.
Su última acción, abalanzarse sobre el cuerpo de la reportera cuando escuchó los disparos, le salvó la vida a la periodista, según ha explicado el propio primer ministro italiano, Silvio Berlusconi.
“Era un hombre extraordinario. Al conocerlo me convencí de que Giuliana volvería a casa”, declaró el novio de la periodista, Pier Scolari.
Las noticias sobre la muerte de Calipari provocaron aflicción a antiguas rehenes en Irak y sus familiares. “Nicola Calipari era una bella persona, una persona sencilla. Fue la persona que me liberó”, declaró Simona Torretta, cooperante humanitaria que estuvo secuestrada en Irak, y que el viernes se acercó a la casa del agente muerto para expresarle sus condolencias.
Torretta estuvo secuestrada en Irak durante tres semanas junto a otra cooperante, Simona Pari, antes de que fueran liberadas el 28 de septiembre. “Los sentimos mucho, debemos mucho a estas personas”, indicó el padre de Simona, Luciano Pari. “Es una persona que trabajó muy bien”, agregó.
Calipari, de 50 años, estaba casado y tenía una hija de 19 años y un hijo de 13. El agente trabajó durante 20 años para las fuerzas policiales, y antes de ingresar a los servicios secretos italianos, dirigió la oficina de inmigración de la policía de Roma.
Contraria a la guerra
Giulana Sgrena, de 56 años, es una periodista experimentada en zonas de conflicto y comprometida en la defensa de las mujeres. Especialista en Irak desde la primera guerra del Golfo, Sgrena se opuso vigorosamente a la campaña militar emprendida por EEUU en marzo del 2003. Natural del Piamonte e hija de un antiguo resistente italiano, relató las consecuencias de esta guerra para el pueblo iraquí en un libro, titulado El frente de Irak, diario de una guerra permanente.
En el momento en que fue secuestrada, preparaba un reportaje sobre los fugitivos de Faluya que habían buscado refugio en una mezquita de Bagdad tras los bombardeos estadounidenses en el bastión suní.
“Es una de las escasas corresponsales de guerra de hoy”, señaló Maurizio Matteuzzi, editorialista de Il Manifesto. “Es todo, menos una empotrada (los periodistas que se mueven con los militares) y hace relatos muy personales y documentados”, indicó Loris Campetti, jefe de las páginas de reportajes del diario italiano.
Fuentes: Agencias.
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