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(San José, Costa Rica) Si de los piojos, como dije hace un par de semanas, no se habla, del aborto ni hablar. Es decir, nunca hemos tenido piojos y jamás nos manifestaremos a favor del aborto so pena de ¿muerte? Así ocurrió recientemente en Argentina. Ante una propuesta del Ministro de Salud, Ginés González García, para despenalizar el aborto y distribuir profilácticos gratis entre los jóvenes, el vicario castrense Antonio Baseotto consideró que el funcionario público debía ser arrojado al mar con una piedra atada al cuello. ¡Linda manera de defender la vida! El presidente Kirchner se quejó ante el Vaticano de las declaraciones de Baseotto. Cuando la Santa Sede apoyó al vicario, el presidente argentino no tuvo más opción que destituirlo. Conclusión: el aborto es un crimen para el Vaticano, tirar adultos al mar, práctica común durante la dictadura militar argentina, no.
En Costa Rica, hace algunos años, la ex diputada Nury Vargas fue perseguida por la opinión pública al intentar poner en discusión ante la Asamblea Legislativa la legalización del aborto terapéutico (cuando peligra la vida de la madre) o cuando el embarazo es producto de una violación.
La Iglesia católica costarricense, además de oponerse al aborto, ha enarbolado la bandera contra la educación sexual en los colegios. ¿Debemos recordar a cuantos de sus prelados cuestionados por prácticas ilegales e inmorales han defendido?
El tema del aborto ha estado en el tapete las últimas semanas a raíz del polémico calendario del INAMU. La Ministra de la Condición de la Mujer, Georgina Vargas Pagán, se lavó las manos culpando a sus subalternos y manifestando enfáticamente su oposición al aborto. No vaya a ser que alguien crea que apoya semejante barbaridad.
Tener un hijo deseado es uno de los momentos más mágicos en la vida de una mujer. Estar embarazada cuando uno no lo quiere es una tragedia femenina que al parecer muchos hombres no entienden.
El aborto es un tema de conversación recurrente entre las mujeres. Hay quienes están convencidas de que jamás podrían asumir semejante decisión o soportar la culpa a posteriori. Tienen razón. Otras piensan que por su edad (o muy jóvenes o muy viejas), por su situación emocional, profesional o económica, no pueden tener un hijo en ese momento y están dispuestas a someterse a un legrado. Tienen razón. Se trata de una decisión personal, privada, incuestionable.
En Costa Rica, desde hace años el aborto es una práctica común. En los años 70 las mujeres de clase media se desplazaban a Limón en busca de ayuda. En los 80 las mujeres de mayores recursos viajaban a Miami con la excusa de ir de compras. En la actualidad quienes puedan pagar el costo de un aborto en una clínica privada y atendidas por profesionales pasan desapercibidas. Después, la hipocresía social hará que muchas de esas mujeres no sólo nieguen el hecho sino (peor aún) se manifiesten en contra de la despenalización del aborto. Las mujeres de escasos recursos de todas las épocas, ¡saladas! O asumen un embarazo en las peores condiciones económicas, de salud y emocionales o caen en manos de cualquier atorrante que les practicará un aborto en las peores condiciones de higiene y atención médica.
Muchos podrán argumentar que hay más de un ítem ilegal que se practica en nuestro país y no por eso hay que despenalizarlo. Estamos de acuerdo: no podemos aceptar que se permita legalmente ninguna acción que vaya en contra de nuestra libertad, nuestra vida o nuestra salud mental y física. La prohibición del aborto va en contra de nuestra libertad y puede –en algunos casos– ir en contra de nuestra vida y nuestra salud mental y física.
claudia@chirripo.or.cr
San José, Costa Rica, 29 de marzo 2005
Fuente: Julia Ardón (via RIMA).
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