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“La violencia igualmente me tomó; otra violencia política: la de género” (Foto: www.frutosdelcorazon). |
La violación sexual no es sólo un atentado contra los derechos humanos de las mujeres, sino también una marca que las mujeres que la han sufrido llevan consigo. ¿Cómo reparar esa herida? Jenny Radovcic, una psicóloga chilena que a sus 15 años de edad fue violada en Miami, habla de ello.
(Mujereshoy) Cuando la Comisión contra la Prisión Política y la Tortura entregó al presidente chileno Ricardo Lagos su informe, el 10 de noviembre de 2004, con 35 mil testimonios de personas que sufrieron privación de libertad y torturas durante el régimen del general Augusto Pinochet, Jenny escribió el siguiente testimonio.
¿No más violaciones? La ley, el desagravio y la construcción de nuevos órdenes
Por estos días se escucha hablar una vez más de justicia, de reparación, de prevención…. Durante los duros primeros años de la dictadura militar chilena, fui violada por un hombre en Estados Unidos cuando acababa de cumplir mis 15 años. Estaba tan lejos de mi país donde se estaba matando y torturando y sin embargo, la violencia igualmente me tomó; otra violencia política: la de género.
Sigmund Freud no colabora tanto en la comprensión en lo sexual genital de lo que una experiencia como esta pueda implicar para una niña, sino más bien su carácter traumático. Freud nos advierte su descubrimiento: el trauma se vive en dos tiempos: algo intensamente desagradable ocurre, sin embargo lo radicalmente traumático no es posible sin este segundo momento que, a diferencia del primero, no constituye necesariamente un evento sino una marca, lo que sucede al evento, como el silencio, por ejemplo, y a lo que éste puede llevar a la víctima, que de alguna manera se culpa de lo sucedido, no porque se confunda, sino porque escucha una voz que se lo dice.
Hasta cuando van a seguir con lo mismo respecto a las violaciones de derechos humanos”… es una frase que vuelve simbólicamente a introducir objetos en orificios, electricidad en genitales o lo que sea. En mi entorno nunca se volvió a tocar el tema, nunca una pregunta hacia mí, con afanes de cicatrización de la herida, supongo.
Ese silencio, sin embargo, se torna misteriosamente vejatorio con el paso de los años y es fuera de la vida privada donde ese “evento traumático” cobra peso de tejido colectivo. Lo comunitario no se interviene sólo en un “club de violadas”, ni a través de indemnizaciones en su peso mercantil. Sería como si me hubieran ofrecido una campaña liderada por Don Francisco desde Miami (ciudad donde fui violada). La construcción de otras relaciones es la apuesta por la decencia, esa política que a los gobiernos les cuesta tanto acoger como tarea por su imposibilidad de invertir en procesos a ciegas, que difícilmente compiten con viviendas o carreteras.
No me fue posible haber hecho justicia: estaba de paso, al día siguiente regresé a mi país y al parecer hubo consenso –familiar y social– en que la distancia ayudaría. No fue posible sentirme desagraviada (¿por quién?, ¿por qué autoridad?). Sin embargo sí he sentido reparatoria cada acción pública no moralista frente a la violencia contra la mujer y sí siento la posibilidad y sobre todo la responsabilidad de contribuir a un orden de género diferente, no tanto a través de la educación de mis hijos como en la transmisión en torno a una conciencia respecto a cómo la cultura (sobre “natura”) incorpora el orden social en nuestra vida en común. Mujeres, comunistas, palestinos o musulmanes (sí: es una lista parcial).
Me siento reparada en mi viejo dolor, en la medida que la cultura se aleja de la permanentemente actualizada mirada violenta sobre la mujer. No cuando contemplo a obreros de la construcción fijar su mirada sobre alguna hembra, abriendo la boca de la cual casi cae una baba seca, hambrienta, ni cuando esa sensación de asco que me provoca no es algo que pueda compartir porque sería interpretada como una reproducción de la exageración y lo aparatoso femeninos, o en el mejor de los casos, como una consecuencia del trauma personal, de mi [privada] violación: es decir, sin mover un milímetro a esa ley que encarna cada individuo cuando nace macho o hembra y la cultura nos hace varones y señoritas, manteniendo a discreción ese lugar de cosa otorgado a unas respecto a otros.
Espero haber sido clara; pero si a algún lector o lectora, este texto le provocó siquiera un poco de compasión, lamentablemente perdí mi tiempo escribiéndolo, se trata de la vergüenza.
Jenny Radovcic A.
Psicóloga, noviembre, 2004.
Fuente: Jenny Radovcic.
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