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Estoy en Nueva York dado algunas clases en el Union Theologycal Seminary y desde aquí se puede estar en varios lugares del mundo sin el don de la bilocación. Nueva York es, en cierta forma, la capital del mundo.
Por la televisión, la prensa e internet acompañé los días que antecedieron la muerte del Papa Juan Pablo II y después los funerales. Los canales de televisión dedicaron buena parte de su tiempo transmitiendo informativos sobre la salud del Papa y luego, casi todo el tiempo, transmitiendo desde Roma sus funerales. Un acontecimiento mediático de estas proporciones invita al pensamiento
Millares y millares de personas llegaban a Roma, todos los días, con lágrimas en los ojos y rosarios en las manos. Banderas de casi todos los países expresaban un adiós emocionado a Juan Pablo II. Fotos del Papa sonriendo, acariciando a un niño o besando el suelo de un país cualquiera se sucedían en la televisión y en las manos de los presentes en la plaza de San Pedro.
Los cardenales de todo el mundo comenzaban a llegar a la “ciudad eterna”. Mientras tanto, obispos y cardenales eran entrevistados en la televisión para contar sus recuerdos y su relación con Juan Pablo II. Algunos hablaban de cuando él había visitado su diócesis, de los consejos personales que habían recibido, del sustento espiritual que les había dado. Otros llegaban a mostrar rosarios y medallas que les había regalado el Papa y hasta algunas que habían tocado sus vestiduras. Las imágenes de los aposentos papales se sucedían. Algunos fieles, mujeres y hombres, fueron entrevistados y contaban como él había tocado su rostro, alzado a su bebé, como había ayudado incluso en la cura de un ser querido. Manifestaciones de todos los tipos eran mostradas como señales de las extraordinarias cualidades humanas del Papa y sin duda como respuestas a las necesidades de tantas personas.
Y en la plaza de San Pedro una multitud gritaba insistentemente: “Santo, santo, santo” o “el Papa santo ahora, el Papa santo ahora”. Querían canonizar al Papa inmediatamente, sin procesos canónicos, sin plazo para presentar milagros. Reivindicaban más bien un santo para el pueblo y por aclamación popular.
Los cardenales continuaban llegando con equipajes y secretarios. Roma se tornaba una ciudad ¡púrpuramente cardenalicia!
El desfile del pueblo para el último adiós al Papa fue impresionante. Mucha gente viajó días para llegar. Durmieron a la intemperie, incluso, para poder aproximarse al cajón de aquel hombre con vestiduras principescas que parecía haber transformado sus vidas. ¿Qué estaba pasando en cada corazón? ¿Cómo entender el contagio de la multitud y la emoción de mirar la ventana vacía que otrora fuera del Papa? ¿Qué estaba pasando en el corazón de cada telespectador emocionado que, desde diferentes partes del mundo, no quería perder ni una imagen del adiós al Papa?
Ningún análisis crítico político-teológico cabía en aquella hora. Ninguna síntesis histórica de la vida del Papa revelando algunas tendencias de su pontificado quería ser oída. Ninguna crítica podía ser dicha. Todo era emoción, ¡contagiosa emoción!
Y la prensa internacional se dedicó a hacer acontecer nada más esta emoción.
La misa del entierro fue una apoteosis de gente abarrotada en Roma corriendo, desde las primeras horas de la noche, a guardar un lugar donde pudiesen reverenciar el cajón del fallecido durante la misa de la mañana. Y además, todos querían ver el grandioso y sagrado espectáculo que acontecía en el altar.
El rojo de las vestiduras predominaba como un baile de bellos cisnes arrastrándose junto a un lago frío, uno al lado del otro. Había hasta coronas de príncipes religiosos de Oriente, tiaras negras, callados de otro y piedras preciosas. ¡Había oro, incienso y mirra! Las autoridades del mundo también estaban allí: presidentes, príncipes, reyes y reinas, ministros, el cuerpo diplomático, generales. Esta vez no temían nada porque no era una criatura que había nacido. ¡Un simple cadáver de príncipe no amenaza a otros príncipes! ¡Un cadáver idealizado no crea conflictos! El cajón simple, con una Biblia encima, parecía perdido y contrastaba en medio de la gran pompa organizada.
Algunas mujeres de velo negro acompañaban silenciosas a sus maridos o representaban a sus gobiernos. Casi no tenían lugar ni palabra. ¡Ésta es una vieja costumbre en la Iglesia Católica! Algunas religiosas, polacas en su mayoría, aparecieron fervorosas en la comunión, enjugando sus ojos con las manos o caminando en sublime y humilde concentración.
La misa en latín presidida por el cardenal Ratzinger fue interrumpida varias veces con los gritos del pueblo: “El Papa es Santo”, seguido de “Papa Santo ya, Papa Santo ya”.
De pronto, oyendo los gritos de la multitud por la televisión me acordé de cierto hombre muerto hace dos milenios atrás, al cual la multitud gritaba: “Crucifíquenlo, crucifíquenlo”… Y él fue crucificado ¡y todavía continúa así con las crucificadas y los crucificados de la tierra! Extraños recuerdos en un día de tanta emoción.
El triste baile de los cisnes rojos se movía en el altar. Los pasos eran en su mayoría cansados, tambaleantes, torpes. No había mujeres. Sociedad de hombres. Poder de hombres. Folclore de hombres. Tradición de hombres. Religión de hombres.
Y ahora, los mismos buenos cisnes rojos se van a reunir para escoger un nuevo Papa. Todo entre hombres. Cuentan con la ayuda del Espíritu para elegir el mejor sucesor de Pedro. Después habrá fumata blanca y de nuevo ovación del pueblo: ¡Habemus Papam!
Ante el espectáculo del vía crucis final de Juan Pablo II, fuertemente mediatizado hasta el desenlace final, el mundo puede olvidar por algunos días la tragedia en Iraq, la ocupación de Palestina, las víctimas del tsunami, el hambre por el mundo de afuera, el aumento de la violencia contra las mujeres, el tráfico de niños y niñas, las bases militares, el poder sanguinario del Imperio expandiéndose cada día.
¡Viva el Papa! ¡Viva la fuerza política de los medios de comunicación! ¡Viva nuestra alienación!
Y ahora María, después del triste espectáculo, ¿hacia dónde vamos?
Vamos a mis líneas finales escritas algunos días después…
Continúo escribiendo desde Nueva York en la espera de la fumata blanca. La multitud continúa en la plaza de San Pedro. Finalmente, la fumata llegó hoy, 19 de abril, un poco después del mediodía. La fumata blanca fue la claridad absoluta de los rumbos de la Iglesia jerárquica. Eligieron al cardenal Ratzinger, Papa Benedicto XVI. Todos los miedos se concretaron. Entonces, alegrémonos, vivamos el magno gozo de la claridad de los rumbos que serán tomados.
¡Urbi et Orbe, Habemus Papam!
Para qué más palabras y comentarios. Todo está claro. Nos cabe a nosotras/os llevar nuestra historia adelante, guiadas/os por nuestras convicciones y nuestras luchas.
Ivone Gebara
Nueva York, 14 y 19 de abril de 2005.
* Teóloga feminista brasileña. Doctora en filosofía con una tesis sobre Paul Ricouer. De la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora en 1967. En 1973 se traslada a Recife, donde ejerció como profesora de teología y filosofía en el Instituto de Teología de Recife, cerrado en 1989 por el Vaticano. Asesora de grupos populares, especialmente de mujeres. Profesora visitante en diferentes universidades y centros de estudios en Brasil y en otros países. Ha escrito libros y artículos de filosofía y teología en la perspectiva feminista de la liberación. En 1998 defiende una tesis doctoral en Ciencias Religiosas en Lovaina sobre el problema del mal femenino, traducida a diferentes lenguas.
Traducción del portugués de Graciela Pujol.
Fuente: Graciela Pujol, via Gladys Parentelli.
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