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(Mujereshoy) La organización Católicas por el Derecho a Decidir (Catholics for a Free Choice) ha elaborado un documento en el que propone un programa al nuevo Pontífice, Benedicto XVI, a cumplir en un período de cien días. Este es el texto.
Catholics for a Free Choice expresa su profunda preocupación ante la posibilidad de que la elección del Cardenal Josef Ratzinger como Papa represente un signo de la continuidad del disenso interno en la Iglesia católica. El papel disciplinario que el cardenal ha desempeñado históricamente significa la persistencia de la tradición del padre castigador en la Iglesia católica romana.
Al ingresar en una nueva época, esperamos que la elección de un nuevo Papa constituya un punto de partida del trabajo crítico que debe hacerse para convertir a nuestra Iglesia en un hogar para todas las católicas y los católicos del mundo, especialmente para quienes se alejaron de ella durante el último cuarto de siglo.
Hoy en día, el Papa Benedicto XVI tiene la oportunidad y el deber de establecer el tono de su incipiente papado y de corregir los errores cometidos en nombre del Vaticano. Simultáneamente, debe cerrar la brecha que se amplió durante el último papado entre el clero y el laicado, los hombres y las mujeres, el norte y el sur, la derecha y la izquierda, las personas homosexuales y las heterosexuales. Si el Papa Juan Pablo II manifestó un espíritu de reconciliación y de fraterna relación al sentarse frente al hombre que había disparado contra él, el nuevo Papa debe extender la misma cortesía, acompañada de una genuina actitud de invitación hacia quienes han sido lastimados en mayor medida por las políticas de la Iglesia durante los últimos años.
Con este propósito, Catholics for a Free Choice propone un plan para los próximos cien días. Planteamos estas recomendaciones y peticiones con la esperanza de avanzar hacia un compromiso genuino con las realidades y el sufrimiento de nuestros tiempos y con el ánimo de contribuir a sanar las heridas de nuestra Iglesia.
Los dos temas de mayor importancia que el nuevo Pontífice debe encarar son la crisis provocada por el abuso sexual por parte de clérigos católicos –el error más doloroso de la Iglesia durante el siglo XX–, y la necesidad que nuestra Iglesia tiene de trabajar con la sociedad civil para contribuir a detener la marea de muertes innecesarias a causa de la pandemia del VIH/Sida.
Durante los primeros cien días, el nuevo Pontífice deberá reunirse de inmediato con los sobrevivientes de abuso sexual por parte de sacerdotes, porque ningún niño, ningún sobreviviente adulto y ninguna religiosa que sufrieron esta profunda traición a su fe pudo jamás conseguir un encuentro con el último Pontífice. Ahora el Vaticano debe corregir ese error y reunirse en privado para escuchar el dolor, la pena y la ira de esas personas a quienes la Iglesia ha defraudado, incluidas entre ellas los integrantes de SNAP (Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual del Clero, de EEUU), las monjas, los jóvenes y los sobrevivientes adultos víctimas de abuso sexual. Si alguna vez ha necesitado la Iglesia un proceso de aclaración y reconciliación, ha sido la de esta coyuntura. La oficina vaticana de telecomunicaciones, con la cooperación plena de la Congregación de Obispos del Vaticano debe programar una serie televisada de encuentros entre obispos y víctimas de abuso sexual de clérigos en la que los obispos se den a sí mismos la oportunidad de decir la verdad sobre su complicidad en este escándalo y de pedir perdón. De este modo, las víctimas tendrían la oportunidad de perdonar a esos hombres y seguir adelante.
Durante los primeros cien días, el nuevo Papa debe formar una comisión para el estudio de la actual política eclesiástica sobre el uso del condón para la prevención del VIH/Sida. Bajo la autoridad del Papa Juan Pablo II, los funcionarios del Vaticano y los obispos difundieron información falsa e incluso organizaron quemas de condones en el continente africano, asolado por el Sida. El nuevo Papa deberá iniciar de inmediato una investigación sobre las bases teológicas que puedan permitir el uso del condón para impedir la diseminación del VIH/Sida, que deberá incluir visitas a las regiones que han sido más severamente golpeadas por la pandemia. Sin embargo, las personas que viven con el VIH/Sida o están en riesgo de contagio, no deben tener que esperar a que se publiquen los resultados de la comisión para protegerse a sí mismas. El Papa debe suspender la prohibición que pesa sobre el uso del condón de manera inmediata y ponerse a favor de la vida.
Durante los primeros cien días, el Papa deberá establecer una Academia Pontificia de los Derechos de las Mujeres en la Iglesia. Como primer paso, esta academia servirá para elaborar un registro de las mujeres calificadas que puedan ocupar los puestos eclesiásticos que ya están disponibles a las mujeres. Todos los funcionarios y embajadores del Vaticano presentarán su renuncia ante el nuevo Papa. Por lo menos 50 por ciento de esas renuncias deberá ser aceptado y los cargos vacantes deberán ser ocupados por mujeres calificadas.
Durante los primeros cien días, el Vaticano debe abrir un diálogo sobre la apertura del sacerdocio a hombres casados. Durante el papado de Juan Pablo II, sacerdotes casados que deseaban simultáneamente ejercer su ministerio y ser esposos recibieron el mensaje de que su deseo de relación humana y amor no solamente era indigno, sino que no merecía siquiera la dispensa del sacerdocio, lo cual los colocó en un limbo eclesiástico que implicaba para ellos no ser plenamente sacerdotes ni plenamente casados. El nuevo Papa debe encargar a un grupo el estudio del papel que en el futuro deberán desempeñar los sacerdotes casados, con la intención de permitirles retornar al ministerio. El derecho a recibir pensión debe serles restituido de inmediato.
Estos actos de justicia de la Iglesia deben corresponderse con la ampliación del compromiso del Papa Juan Pablo II hacia la paz y su claro llamado a la condonación de la deuda externa de los países pobres. Es tiempo de una renuncia absoluta al castigo que impone el capital y de una oposición clara y vinculante a la guerra en Irak. Vayamos un poco más allá del Papa Juan Pablo II y aclaremos que no existe posibilidad alguna de guerra justa cuando la emprende una superpotencia.
Ninguna de las medidas enunciadas modificaría la enseñanza de la Iglesia; toda ellas son congruentes con sus normas teológicas y disciplinarias. Ninguna de ellas es realmente radical.
Los primeros cien días del nuevo pontificado deben culminar con una misa de reconciliación en la Plaza de San Pedro. Después de asumir las medidas enunciadas y otras más, el nuevo Papa debe dar una cálida bienvenida a los católicos que deseen retornar al seno de la Iglesia, otorgando un reconocimiento especial a las mujeres, los homosexuales y las lesbianas, los teólogos y los obispos castigados y marginados, las víctimas de abuso sexual y todos los católicos que de algún modo hayan sido excluidos.
Al final de los primeros cien días, este Papa deberá haber articulado una visión de la Iglesia en el siglo XXI que sea incluyente, tolerante, compasiva y justa.
Para informaciones
Michelle Ringuette: mringuette@catholicsforchoice.org
Fuente: Católicas por el Derecho a Decidir.
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