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Hablar nos hizo humanos
En el principio fue la palabra. Hablando se encontraron. Hablando descubrieron cómo empezar a actuar.
Desde hace unos dos millones de años los humanos hablamos. Las primeras palabras, pronunciadas en la noche de los tiempos en torno al fuego, y mucho después perfeccionadas y cada vez más complejas y hermosas, puestas por escrito, constituyen nuestro más preciado patrimonio como humanidad. En ellas, en las palabras, está guardada nuestra memoria colectiva. El desarrollo del área de Broca, un pequeño gran espacio situado en la tercera circunvolución del lóbulo frontal izquierdo de la corteza cerebral, a la altura de la sien, y la baja posición de nuestra laringe, permitieron a nuestra especie comunicarse con palabras.
Ninguna revolución mayor que ésta. Compartir palabras nos permitió llegar hasta donde hoy estamos. Ninguna herramienta o tecnología nos ha hecho avanzar tanto. Hablar nos hizo humanos. Y hasta hoy, las palabras nos humanizan. En una ética universal, válida para cualquier religión –o para ninguna de ellas– el respeto por la palabra, el “no mentir” es un mandamiento, un valor, un principio. Ponerle “nombre a las cosas”, traducir a palabras todo lo que encontrarían en el paraíso, es uno de los privilegios y de las misiones que en el Génesis de los hebreos Dios confía a los humanos recién nacidos de sus manos.
En el alba de los tiempos, cuando aprendimos a hablar...
En la larga historia de nuestra evolución, y en los albores de nuestra humanidad, las humanas hablaron mucho más que los humanos. Ellas fueron las que desarrollaron el lenguaje. Los hombres evolucionaron para cazar. Su vida y la de sus semejantes dependía de su habilidad para perseguir bisontes, ciervos, mamuts. Los hombres aprendieron a leer las huellas de los animales y a organizar mapas mentales para tener éxito en sus cacerías. Y aprendieron a callar. Silenciosos, con señas no verbales como única forma de expresión, pasaban horas caminando y observando a sus presas.
Por el contrario, las mujeres, que esperaban el regreso de los hombres con la buena caza que les garantizaría buena comida, hablaban constantemente. Hablando se acompañaban y superaban el temor a las fieras que rondaban, hablando compartían su experiencia en la recolección de frutos y semillas, hablando aprendían a entender a sus crías y a cuidarlas mejor. De sus palabras dependía el desarrollo del lenguaje en sus criaturas. Ellas las enseñaban a hablar.
Millones de años de evolución y de selección natural fueron marcando profundas diferencias. Hoy, el cerebro femenino está configurado de forma distinta al masculino. Está más y mejor integrado. Para hablar, las mujeres utilizan ambos hemisferios de la corteza cerebral. Los hombres usan sólo el hemisferio izquierdo. Hasta hoy, las huellas de este pasado ancestral se descubren en lo diferentes que somos. Las mujeres son más locuaces y más expresivas en todas las culturas, en todas las latitudes, en todos los tiempos. Gozan del placer de la plática, especialmente cuando están juntas. Y es verificable que las niñas aprenden más pronto a hablar, que lo hacen con más claridad, que disfrutan conversando entre ellas desde muy pequeñas y que en las aulas destacan en redacción, en gramática y en la comprensión de la lectura.
Un secreto que guardan tres llaves: la del temor, la del pudor, la del dolor
Del hondón más profundo de los tiempos vienen todas estas características. Pero, ¿a qué vienen ahora? A una reflexión imprescindible cuando se aborda el tema de cómo enfrentar el abuso sexual y de cómo sobrevivir a él. Cuando se lanza –a las mujeres y a las niñas, a toda la sociedad– la universal consigna de “romper el silencio” hay que traducirla no sólo en la necesidad o urgencia de la denuncia pública y ante los tribunales. Hay importantes pasos previos. Como en el Génesis, primero que nada hay que “darle nombre a las cosas”.
Si hablar abiertamente de la sexualidad nunca fue posible en la época de las prohibiciones y los tabúes, y si hablar abiertamente de la sexualidad es un objetivo aún no logrado en la actual época de las desinhibiciones, si hablar de la sexualidad maduramente, responsablemente, festivamente –que no es lo mismo que banal, vulgar o morbosamente– es aún una utopía, hablar del abuso sexual es particularmente difícil, crispante. En la sexualidad humana –profundamente distorsionada por la inequidad de género– es éste uno de los temas más resguardados por un silencio que sellan tres llaves: la del dolor, la del pudor y la del temor. Da miedo hablar “de eso”, da vergüenza, da pena, duele mucho.
Muchas mujeres se mueren sin haber hablado nunca con nadie de “lo que les pasó”. Muchas eligen morir precisamente para no tener que hablar nunca de “eso”. Muchas son las muchachas que, abusadas en sus casas por padres o padrastros, refieren que llegaron a la madurez pensando que “eso” le pasaba a todas, que eso era lo que debía pasar, que así era la vida. Muchas son las mujeres que han sepultado en el olvido que les pasó “eso” porque el tiempo y la necesidad de sobrevivir congeló en ellas en aquel momento cualquier palabra que describiera lo que les sucedía. Para muchas otras, muy pequeñas cuando “eso” les pasó, la memoria les jugó una trampa y, ya mayores, sin recordar los hechos sufren sus consecuencias.
Hablar de “eso” –con su nombre, rodeando el hecho con un cerco de palabras, diseccionando lo sentido con las palabras más adecuadas– es imprescindible. El silencio –el silencio personal de la víctima, también el silencio social– favorece siempre a los abusadores. Y siempre perjudica a las abusadas. Ante estas tragedias, el silencio es una rutina que adormece. Y que representa un riesgo para una sicología sana. Hay que romper esa rutina, ese silencio. Puede afirmarse que, sin hablar, sin hablarlo, es prácticamente imposible transitar ese camino que va de ser víctima a ser sobreviviente. Lo que plantean los grupos de autoayuda es hablarlo en colectivo, entre sobrevivientes.
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