NO + VIOLENCIA/Sexual
27.04.2005
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Guía para Grupos de Autoayuda con mujeres que han sufrido violencia sexual en su niñez y/o adolescencia
Wildwasser (sólo en alemán)
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Guía para Grupos de Autoayuda con mujeres que han sufrido violencia sexual en su niñez y/o adolescencia
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ARTÍCULO
Sobrevivir al abuso sexual

 


Romper el silencio: conflictos y contra-argumentos

Hablar entre sobrevivientes y hablarle a la sociedad, juntas y como sobrevivientes, fue fraguando lo que hoy es Aguas Bravas. En 1983 ya funciona la organización de estas mujeres alemanas. Varias de ellas decidieron hacer públicas sus historias de abuso sexual en entrevistas en prensa, radio y televisión. También aparecieron sus fotos. “No queríamos que fueran testimonios anónimos. Sentíamos que era necesario colocar el tema en la opinión pública, que era necesario mover el piso. También era necesario mucho valor para dar este paso. Pero lo dimos”, recuerda Christiane, con una sonrisa de satisfacción.

La palabra siempre tiene efectos. Crea, transforma, construye. Confronta, obliga a reflexionar. Y naturalmente genera controversia. Hablar siempre tiene consecuencias. Algunos de los primeros conflictos provocados por esta inédita forma de “romper el silencio” se dieron, por ejemplo, con algunos grupos de la izquierda más vertical. Es interesante recordar sus argumentos porque perviven en algunos de los que aun hoy, y en otro contexto, esgrimen nuestras “izquierdas”. Reclamaban: por qué tanta bulla por el abuso sexual, si es sólo una más de las variadas expresiones de la violencia entre los seres humanos. Alegaban que ése no era un problema apropiado para ser asumido en las luchas de la izquierda y que debía resolverse en la familia. Abogaban por la terapia familiar. Y no creían que el Estado y la sociedad tenían una responsabilidad ante los abusadores.

Dorothea recuerda, asombrada hoy por el camino ya recorrido: “Había otro argumento más insidioso aún. En cierta izquierda había gente importante que afirmaba que la sexualidad debe ser libre y liberada, inclusive practicándola con niñas y niños. Aunque revestían de teorías sus argumentos, lo que estaban justificando y defendiendo era la pedofilia. Y como la libertad sexual había sido un tema central para la izquierda en los años 60, ante nuestras palabras, también liberadas pero nunca antes escuchadas, nos consideraron feministas reprimidas en su propia sexualidad. Y nos descalificaban. Nos quedó claro que la ideología siempre busca, y hasta encuentra, algún camino para oponerse a los cambios”.

Y los cambios siempre son lentos. Y no todo mundo llega a ellos a la misma vez. Y hay quien no llega nunca. No sin perplejidad y preocupación hemos leído, por ejemplo, la sublimación literaria de la pedofilia en Memoria de mis putas tristes, la última novela del Premio Nóbel Gabriel García Márquez, lo que no deja de ser lamentable en un autor tan genial, precisamente en esta hora en que la humanidad está despertando a la sensibilidad ante este delito.

Sabemos hablar, somos un país de cultura oral

No es mejor el cerebro masculino que el femenino. Ni al revés. Son diferentes. Son complementarios. Y no sólo hay que tolerar las diferencias como proponen algunos. O respetarlas, como dicen otros, los que dan varios pasos más. El ideal es celebrarlas. Pero antes hay que conocerlas. Explica la antropóloga estadounidense Helen Fisher: “Los cerebros masculinos están extremadamente clasificados y poseen gran capacidad para separar y almacenar información. Al final de un día en el que se han producido numerosas incidencias el cerebro masculino puede archivarlas todas. El femenino no es capaz de almacenar información de esta forma, por lo que los problemas seguirán rondando por su cabeza. La única forma que una mujer tiene de liberarse de sus problemas es hablar sobre ellos. Por esta razón, cuando una mujer habla sobre los problemas del día, su propósito no es encontrar soluciones o llegar a conclusiones sino deshacerse de ellos... Los hombres hablan consigo mismos en silencio y las mujeres piensan en voz alta”.

Los grupos de autoayuda de sobrevivientes han sido para muchas mujeres una herramienta de liberación. Por la palabra. Por la palabra compartida. No aportan soluciones, permiten aliviar la carga, reducir su peso, librarse de la fatiga que produce. Permiten pensar en voz alta y ante otras, con otras y para otras. Evi Striefler, de Aguas Bravas, con la colaboración de Martina Birresborn, de Dorotea Rula y de Lydia Sandrock, elaboraron en 1992, tras diez años de experiencia con grupos de autoayuda, un manual o guía que sirviera a las mujeres sobrevivientes de abuso sexual para que organizaran entre ellas mismas estos grupos.

Lo que se propone en esta guía sería realmente “revolucionario” en Nicaragua. Somos un país de cultura oral. Hasta un “big bang lingüístico” han protagonizado nuestras niñas y niños sordos, que inventaron en los años 80 un lenguaje de señas propio y autóctono que hoy está siendo estudiado con asombro por investigadores de todo el mundo.

Los nicaragüenses sabemos hablar, queremos hablar. Pero no siempre hablamos con libertad. En las zonas rurales las nicaragüenses no hablan en público si hay hombres delante. El machismo les ordena callar. Para complicar las cosas, la cultura oral a la que tendemos va de la mano con una cultura irreflexiva. Organizar, sistematizar, ordenar, secuenciar no son hábitos de la cultura nicaragüense, más dada a las “llamaradas de tusa”, a las divagaciones retóricas, a explosiones verbales, tan brillantes en su producción como erráticas en su orientación, siempre empezando el mundo cada día, “coyol quebrado, coyol comido”. La incapacidad de acumular experiencia: es ésa una de las más gruesas raíces del subdesarrollo. Del nuestro.

En los grupos de autoayuda se trata de organizar las palabras para, compartiéndolas, iniciar juntas el proceso de entender lo ocurrido y entendiéndolo en el presente iniciar la liberación de un pasado que el silencio ha hecho insoportable. Ordenar en palabras los sentimientos de entonces permite a las mujeres asumirse ahora como sobrevivientes con seguridad y con dignidad, dejando atrás sentimientos de impotencia, de culpa y de aislamiento. Resultado: somos, podemos y no estamos solas. Llegar hasta ahí requiere de palabras, de dar nombre a las cosas, pero hablando en orden, secuenciadamente, sistemáticamente, escuchando y asimilando, reflexionando sobre lo hablado y lo escuchado.

“Y en estos grupos también es legítimo no hablar –me puntualiza mi amiga–. También hay cabida en estos grupos para mujeres que son víctimas y que todavía no logran vestir con palabras sus sentimientos. Acuden y escuchan. Los grupos también acogen a aquellas que tienen que aprender a hablar oyendo hablar a otras”.

Somos un país de cultura autoritaria

Somos también un país de capataces y mozos, de patronas y empleadas, con liderazgos moldeados en el autoritarismo y también en el formalismo del poder jerarquizado. Desde esta óptica, hay algo muy positivo en estos grupos: son las mujeres quienes se convocan a sí mismas, quienes establecen las reglas de juego con las que van a funcionar, quienes las cambian o modifican entre ellas mismas, quienes se evalúan a sí mismas permanentemente. Todo esto crea un ambiente no jerárquico y de relaciones horizontales, sumamente enriquecedor. Y aquí radica el empoderamiento personal.

Los grupos no los dirige una profesional, una terapeuta. Tampoco se conciben ni como sustitutos de la terapia ni en competencia con ella. Se lee en la guía de Aguas Bravas: “Un principio importante de la autoayuda –y que los diferencia de la terapia– es que las mujeres se apoyan mutuamente, ayudándose ellas mismas”. La reconstrucción individual y la solidaridad para actuar juntas en la dirección de esa reconstrucción van a la par. Puede haber un impulso inicial externo. En la metodología de Wildwasser participan en la primera reunión del grupo dos mujeres de la organización, con más experiencia. En el tercer encuentro participan nuevamente. Después, las mujeres siguen solas y a su ritmo.

Somos un país de cultura religiosa resignada

Somos también un país resignado, en primer lugar “a los designios de Dios”. La dependencia resignada a Dios, a “la voluntad de Dios” –actitud tan contraria a la que nos propuso Jesús de Nazaret al proclamar a un Dios de la vida y de la libertad, que nos quiere libres y vitales– mantiene a buena parte de la población de Nicaragua –especialmente a las mujeres– paralizada, frenada, inmovilizada, temerosa. Sin conocer deberes, sin reclamar derechos. Reconociendo a amos y a caudillos.

Con paciencia resignada las mujeres esperan de “la Providencia” que el marido que las golpea cambie y deje de hacerlo, y mientras no ocurre el milagro providencial aceptan los golpes como “voluntad de Dios”. Con resignación paciente, las esposas aceptan relaciones sexuales en el matrimonio que no son más que violaciones, convencidas de que así son buenas esposas y cumplen la “voluntad de Dios”. Esta actitud sumisa prepara en niñas y adolescentes el terreno para aceptar resignadamente el abuso sexual, las incapacita para decir no. Esta actitud explica el silencio que rodea estos hechos.

En los grupos de autoayuda la clave, la base, está en la responsabilidad de cada sobreviviente con su propio proceso de sanación. Cada mujer se hace responsable de entenderse y de entender a otras, de levantarse, de avanzar, de crecer, de sanar. Ni se piden ni se esperan milagros para que cambie la realidad. Cada quien determina que va a cambiar esa realidad desde sí misma. Algo así como si todas se decidieran a cumplir con ese dicho del Norte nicaragüense: “Dios hablará por las segovianas”. En los grupos de autoayuda son “las segovianas” –las mujeres organizadas que deciden hablar– las que hablan “por Dios” y las que deciden transformar, desde sí mismas, desde su poder interior, la cruda realidad que han vivido.



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