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Respecto de la columna “Liderazgo ¿femenino?”, escrita por Gonzalo Cordero y publicada en La Tercera el pasado 15 de mayo, quisiera ir más allá del “construir” mediático de candidatos presidenciales.
Es muy singular el hecho de que una mujer hoy tenga altas probabilidades de ganar una elección presidencial, considerando que vivimos en una sociedad cuyo acelerado cambio no incluye transformaciones significativas en la participación del género femenino.
Esta afirmación surge a la luz de que Chile sigue manteniendo índices que van en desmedro de la igualdad de género, como la tasa más baja de participación laboral femenina de América Latina (38 por ciento frente al 45 por ciento como promedio de la región), mientras que las jefaturas de hogar femeninas aumentaron 6,2 por ciento entre 1990 y 2003 (encuesta Casen).
Pero si vamos más allá, veremos que si la situación laboral de las mujeres es deficitaria, más lo es en el acceso a las esferas de poder político, el cual dista mucho de ser equilibrado, a pesar de lo avanzado desde el retorno a la democracia.
Es decir, si comparamos el número de mujeres que han ocupado los más altos cargos del Poder Ejecutivo (ministras, subsecretarias y otras), del Poder Legislativo, de los gobiernos regionales y locales (intendentas, gobernadoras, alcaldesas y concejalas) y de los partidos políticos (en cargos directivos nacionales), en 1990 no sumaban más de 283 las mujeres en esos cargos, y 15 años después la cifra subió a 620.
Actualmente, donde existe uno de los índices más altos de participación es en el Poder Ejecutivo (17 por ciento), principalmente gracias a una política adoptada por el Presidente Lagos a inicios de su mandato. Esta se interpretó como una señal a otras esferas para fomentar la inclusión femenina. Las cifras, sin embargo, nos demuestran que dicha señal se ha asumido débilmente, ya que en 2005 las mujeres con altas funciones públicas representan sólo el 19,9 por ciento.
Junto con ello, es una realidad que a menor poder, mayor participación femenina, como lo revela una más alta proporción de mujeres en concejalías, gobernaciones y subsecretarías, en contraste con la baja proporción de mujeres que son alcaldesas, intendentas y ministras. Es así como la brecha aún es grande si nos comparamos con Paraguay, donde el 50 por ciento del gabinete presidencial son mujeres.
Desde el punto de vista de los cargos de representación popular, en los que el desequilibrio es mayor, hay que tener en cuenta la intervención de los partidos políticos para la designación de candidaturas. Partidos cuyas mesas directivas siguen siendo esencialmente masculinas, a pesar de los esfuerzos por imponer mayor paridad con normas de discriminación positiva (hoy el 20 por ciento de cargos directivos está en manos de mujeres). En consecuencia, actualmente las mujeres representan el 5 por ciento en el Senado y el 13 por ciento en la Cámara Baja, mientras que el 88 por ciento de las alcaldías está ocupado por varones.
Por lo tanto, considerando las veloces transformaciones de nuestra sociedad, la mayor escolaridad femenina y una mayor aceptación de la transversalidad de roles entre hombres y mujeres (al menos en el discurso), la poca participación de las mujeres en el poder se explica principalmente por la resistencia del propio sistema político a su inclusión, y no a la falta de liderazgo que una mujer pueda tener, en este caso una candidata presidencial, como postuló el señor Cordero.
Junto con ello, existe una situación de la que nos debemos hacer cargo como sociedad. Y es que el machismo, que muchas veces las mismas mujeres tenemos, también nos impide asumir mayores responsabilidades en el Estado y en otras áreas. Esto se contrarresta enfatizando más el intercambio de roles en el hogar, el cual debe iniciarse en la educación de nuestros hijos. Así podremos superar dilemas básicos como quién debe encargarse de ganar dinero y quién debe cuidar el hogar y los niños. ¿Existen exclusividades al respecto?
En conclusión, se requiere un mayor cambio de actitud, respetuoso, que acelere los procesos y que permita poner a Chile a la altura de los tiempos modernos. Y para ello, una mujer Presidenta será un elemento dinamizador.
* Intendenta de la Región Metropolitana de Santiago, Chile.
Fuente: La Tercera.
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