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PUNTO M/Miscelánea
25.08.2005
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PUNTO DE VISTA
¿Te sientes vieja y fea? Mírate otra vez...
Margaret M. Gullette*

 


En mi juventud casi no había una parte de mi cuerpo que yo pudiera ver sin criticarla. No obstante, a lo largo del tiempo fui haciendo las paces con algunas partes que durante años me habían disgustado. Mis pies, por ejemplo. Esos anchos pies de campesina empezaron a verse fuertes, de piel tersa, tocables, con líneas atractivas. Los dedos eran encantadores.

Al igual que muchas otras mujeres tocadas por la varita mágica del feminismo, en las últimas décadas empecé a superar el odio por mí misma derivado de tener un cuerpo femenino joven en este país patriarcal y capitalista que es Estados Unidos. Gracias a las diosas por ya no ser tan joven.

Y luego, un día –quizás como consecuencia de eso–, estaba en la ducha y me volteé para ver la parte de atrás de mi cuerpo. En la ducha nunca puedes verlo entero, sólo partes. Pero repentinamente pude ver las curvas de mis caderas, de mis nalgas, piernas, tobillos... y me sorprendió darme cuenta que eran elegantes, poderosas, voluptuosas. Era un ángulo de mí misma que nunca antes había observado, al menos no de manera consciente.

Estaba tan impresionada que la siguiente vez que pensé en todo esto me quedé mirándome por más tiempo. Lo que veía era definitivamente algo que a un pintor podía encantarle. Pero ¿había visto yo alguna vez la imagen de una mujer creada partiendo del punto de vista de una mujer que mira su propio cuerpo desde arriba?

Nunca. Y ningún espejo podía mostrarla. Tampoco un anuncio en la televisión o en una revista había alguna vez captado esas curvas satisfactorias. Nuestra cultura es discriminatoria de la edad, pero más aún de la mediana edad, y se cree que el deterioro del cuerpo no empieza cuando somos mayores, sino cada vez más jóvenes, cuando rondamos los 30 años.

Un raro placer para las mujeres mayores

Aún no he logrado que mi cara parezca más encantadora, pero cada vez que miro esa combinación de caderas y piernas me siento recompensada por placer electrizante. Y como soy una mujer de más de 60 años en una cultura cada vez más obsesionada por la juventud, esta experiencia es rara.

Disculpen que sea yo quien lo diga, pero creo que mi propio descubrimiento podría ser importante no sólo para mí.

La razón por la que puedo admirar estas partes del cuerpo que envejecen es precisamente que no han sido enfocadas por ningún anuncio televisivo o artículo de revista. Yo no aprendí a odiarlas como signos de deterioro, así que en la ducha las vi con ojos frescos.

Las campañas publicitarias existen sólo para crear en nosotras la necesidad de los productos que anuncian. Al ofrecernos imágenes de modelos más jóvenes, crean un ojo crítico comparativo. Ese ojo es deleitado únicamente por el cuerpo alto y anoréxico. Está listo para fruncir el ceño con desdén ante la mujer estadounidense promedio que mide 1.60 m. y pesa 140 libras [63.5 kilos].

Del cuerpo entero, el ojo de las industrias de la perfección se enfoca obsesivamente en las partes que esas industrias pueden hacer parecer como mejorables. Debido a los cosméticos y la cirugía plástica, la cara recibe la mayor cantidad de críticas (podría ser la parte que a cualquier mujer le cueste más rescatar).

Mi propio punto de vista

Afortunadamente para mis elegantes extremidades inferiores, ninguna corporación ha diseñado todavía un producto que pueda mejorar esa imagen. Ninguna modelo joven la posee. Es mi propio punto de vista y podría decir que tiene mis derechos de autora.

Habiendo rescatado del perverso escrutinio publicitario una imagen subjetiva de mí misma, te ofrezco libre y gratuitamente el mismo placer. Pruébalo. No hay nada malo en tener un poco de sano narcisismo una vez al día, en un baño lleno de vapor y del aroma a jabón de aceite de oliva.

No veo razón alguna por la que las mujeres que ya no somos tan jóvenes no podamos disfrutar esa imagen el resto de nuestras vidas. Es una actividad segura, lejos de la enojada mirada del deterioro.

Supongamos que cada día, sólo por dos minutos, cada mujer en Estados Unidos amara esas partes de su cuerpo. ¡Qué actitud tan diferente hacia nosotras mismas y otras mujeres podríamos sacar del baño y llevarla al mundo!

Mi descubrimiento en la ducha también sugiere una nueva forma de responder cuando nuestras amigas se quejan de estar “envejeciendo”. Las mujeres –y, sorprendentemente en estos tiempos, aun las más jóvenes y hasta feministas veteranas– pueden caer en una lista de lamentos acerca de lo que no les gusta de su piel, su peso, color de cabello y tono muscular.

“Ya no luzco igual”, dicen, como si de entrada fueran “malas”. ¿Qué se supone que debo decir al oir esas cosas?

Esta es la “escena de confesión” obligatoria, cuyo propósito es provocar una confesión igual de deprimente en la que también yo me quejo de mi piel, mi peso o cualquier otra parte de mi cuerpo que públicamente ha sido identificada como que está “envejeciendo”.

Resguardemos nuestras amistades

Mi nueva visión es ésta: aquí no necesitamos la empatía masoquista. No reforcemos la supuesta fealdad de las mujeres con el disfraz de la amistad. Si realmente existe amistad, una de las mujeres debe detenerse ahí mismo y preguntar: “¿No es ésa la voz de la publicidad que busca que compremos productos?” o “¿No es el ‘ya no luzco igual’ precisamente lo que el cirujano plástico quiere escucharte decir? Si las industrias de la perfección no ganaran millones de dólares con tu miseria, ¿te estarías preocupando tanto de tu pelo, tu abdomen y cintura?”

Fin de los lamentos. No seamos nosotras mismas anuncios ambulantes para el comercio del envejecimiento. Neguémosles a los jefes un pretexto más para que degraden nuestros empleos. ¿Podríamos, por el contrario, centrarnos en las partes que amamos? (¿Te dije ya que mis hombros lucen fuertes y sedosos desde arriba? ¿No? Bueno, ese es otro efecto de mirarme bajo la ducha...). Y luego tendríamos que decir algo similar sobre una parte de nuestro cuerpo que alguna vez nos disgustó, pero que nos enseñamos a disfrutar.

Tal vez, con el tiempo, lo que elogiemos sea el cuerpo y la mente integrados, con su propio espíritu, carácter, encanto y capacidad de respuesta. Procede una nueva clase de confesión. No se trata de elogiarnos unas a otras, sino de provocar a la cultura del deterioro. Se siente delicioso.




* Margaret Morganroth Gullette es autora del libro Aged by Cultura (Añejadas por la cultura), del 2004, seleccionado como libro del año por el Christian Science Monitor. Es académica residente en el Centro de Investigación de Estudios de Mujeres (Women’s Studies Research Center) de la Universidad de Brandeis en Massachussets, Estados Unidos.


Fuente: Women’s eNews, 3-VIII-2005. Traducción de Laura Asturias.

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