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En 1964, el Concilio Vaticano II declaró la necesidad de superar y eliminar toda clase de discriminación en los derechos fundamentales de la persona por razón de sexo, como “contraria a los designios de Dios”. Esta declaración podría hacer suponer un derrumbe de las barreras que impiden a las mujeres el acceso a los cargos y rangos eclesiásticos, pero no fue así. La Iglesia sigue en sus trece.
Tal actitud es rechazada por una buena cantidad de católicas que se niegan a continuar siendo marginadas. Algunas incluso, contraviniendo las disposiciones que las excluyen, han recibido órdenes sacerdotales. A su modo de ver, incurren en una transgresión legítima, ya que se trata de un problema relacionado con la dignidad humana. Como señaló la obispa Patricia Fresen, “uno de los medios de cambiar una ley injusta es violándola”. También lo considera así el arzobispo argentino Rómulo Antonio Braschi, quien apoya e impulsa estas decisiones.
Las jerarquías eclesiásticas afirman que negarle las órdenes a las mujeres no significa marginarlas ni quitarles un derecho, porque el sacerdocio no es un derecho sino “un llamado”, y “Dios llamó sólo a varones”. Queda por averiguarse cómo se han enterado ellos de esa voluntad de Dios, y cómo es que negar el acceso a cualquier actividad humana a un grupo determinado, no significa marginarlo.
Al igual que en cualquier otro cargo de autoridad y en cualquier otra posición de poder, es imposible no ver en su acceso un derecho. Además, este es el único campo en el mundo actual en que se excluye y discrimina a un grupo explícitamente en razón de su sexo. Nuestra sociedad tiene muchas otras exclusiones contra las mujeres, pero al menos se intenta disimularlas más.
No veo razón para pensar que las que han accedido a cargos eclesiásticos o quieren acceder a ellos no se sientan “llamadas”, al igual que se sienten llamados los hombres. Desde 1902 algunas mujeres han recibido la ordenación como diaconisas, presbíteras y obispas, aunque la Iglesia las rechaza de plano. Ellas son Christine Mayr-Lumetzberger, Gisela Forster, Patricia Fresen, Iris Müller, Gladys Parentelli, Adelinde Theresia Roitinger, Ida Raming Pia Brunner, Angela White y Genevieve Beney, y más recientemente en Costa Rica, Ana Ligia Rovira.
Algunos jerarcas, como Stanilas Lalanne, secretario general de la Conferencia Episcopal Francesa, consideran que “para la Iglesia es importante respetar el hecho de que varones y mujeres tenemos una igualdad de dignidad, pero no estamos necesariamente llamados a tener las mismas funciones”.
No obstante, para cualquiera es obvio que la Iglesia reserva en exclusiva para los hombres las funciones de prestigio, autoridad y dignidad, como la que goza el mismo Lalanne, con lo cual niega en la práctica lo que sostiene en teoría. Resulta obvio también que los jerarcas eclesiásticos no sólo se hacen llamar Príncipes de la Iglesia, Monseñores y otros nombres honoríficos, sino que hasta se hacen besar la mano, aceptando el gesto simbólico de sumisión por parte de su “rebaño”.
Pareciera que el vocablo “dignidad” no significa lo mismo para personas como Lalanne que para personas como Genevieve Beney, contra cuya ordenación él adujo esas razones. Genevieve, perteneciente a la Iniciativa de Mujeres Ministros Ordenadas en la Iglesia Católica Romana (IMMOIC), estima que poder responder por libre voluntad al llamado recibido “es una cuestión de dignidad humana”, “un derecho inalienable”. En términos humanos, no hay razones de peso para pensar que merece más respeto o credibilidad la opinión del obispo que la de la sacerdotisa Beney.
El Vaticano excomulga a las mujeres que se ordenan, pero esto no las inhibe para continuar ejerciendo unas funciones hacia las cuales se sienten llamadas. Unas y otras han manifestado que la desigualdad sexual en la Iglesia es “obsoleta por injusta con las mujeres” y por contraria a los derechos humanos; unas y otras siguen viendo lo que es muy fácil de ver: que la Iglesia mantiene leyes, normas y estereotipos de una tradición cultural patriarcal y machista. Unas y otras consideran que ya es hora de que la Iglesia cambie.
Fuente: La Prensa Libre, Costa Rica (via Julia Ardón)
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