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Hay artistas que a través de sus trabajos llegan a tocarnos el alma, pues parecieran adivinar nuestras formas de ver la vida y sentirla, o sencillamente las trascienden. Hace algunos días leía en un diario un comentario sobre las mujeres que escriben y la supuesta dificultad que implica, para la literatura, el que no se separen de sus sentimientos.
La verdad es que tanto en la literatura como en el arte las mujeres han tomado una variedad enorme de formas, caminos y mensajes. Y sus arrebatos de “sentimentalismo” suelen darse porque no existe en ellas el miedo a exhibirlos ante el público. ¿Son por ello fáciles o poco cerebrales? Para responder a esas preguntas me habría gustado tener una abuela que dijera cosas sabias, como la dulzura que implica llorar y que nadie te reprima. También que asegurara que la necesidad de expresar los sentimientos es algo propio de mujeres tanto como de hombres.
No hubo abuela y el aprendizaje de las lágrimas ha sido un recorrido tortuoso y variable a través del tiempo. Algo que no puedo negar es que el arte ha compensado cualquier carencia de sabiduría en el tronco familiar y me ha introducido en un conocimiento singular de los sentimientos. Sobre ese camino, siempre he encontrado obras de autoras que me sorprenden porque me toman desprevenida cuando parecía que ya todo estaba dicho y hecho. También hay historias viejas que siempre tocan ese supuesto sentimentalismo y, confieso, son el detonante perfecto para sacarme las lágrimas.
Por ejemplo, una de las anécdotas más conocidas en el mundo del arte y el amor es aquella que cuenta la historia del primer encuentro de John Lennon con Yoko Ono, cuando exhibía en una galería londinense. Picado por la curiosidad se acercó a una escalera que se encontraba en el centro de la sala y todo indicaba que los asistentes estaban invitados a subir sus peldaños. Al concluir el ascenso, Lennon encontró una lupa que sugería la lectura de tres letras diminutas que se encontraban impresas en el techo de la sala: “Yes”. Es fácil imaginar –“Imagine”– por qué desde ese instante mágico ya no fue el mismo de antes. Ante la sencillez del esfuerzo, el encuentro con una sola palabra que despedía tanta poesía y que exigía del lector una respuesta igualmente poética, no hicieron más que dibujar el pasado exitoso de los “fabulosos cuatro” como un puñado de juegos de niños aplaudidos por adolescentes histéricos.
Artistas visuales
María Fernanda Cardoso es de esas artistas a quienes comencé a seguirles el paso por simple curiosidad latinoamericanista. Colombiana de nacimiento, conocí sus instalaciones con flores de plástico, las que reunía escrupulosamente para evocar tradiciones y rituales funerarios colombianos, para recrear un jardín perdurable en un país donde la muerte violenta ya se considera muerte natural, como bien podría decir Pérez Reverte.
Sin embargo, Cardoso me dejó con la boca abierta cuando, sobre la portada de una revista de arte, vi reproducida la fotografía de su obra titulada “El circo de pulgas Cardoso”. Y por fin pude verla en Nueva York. Es un video fantástico donde la artista, vestida de domadora de los bichos, hace un recorrido de sus piruetas y los actos tradicionales que hicieron famosa a una forma de espectáculo que existe desde hace más de 300 años. Enternece el cuidado que da a los animalitos. La obra de Cardoso, quien también ha trabajado con moscas, sapos, hipocampos o estrellas de mar, tiene que ver con el deseo por emanar una metáfora de la relación entre el ser humano y la naturaleza, y el cuidado y el amor que le prodiga. En su circo de pulgas la unión de lo cómico con la ternura se logra.
En su obra titulada “Mandala”, realizada en 1969, la artista brasileña Lygia Clark abordaba su teoría titulada “Cuerpo colectivo”. En ella había un deseo por representar el sentimiento de unidad entre las personas. Con bandas elásticas amarradas a las muñecas y tobillos de un grupo de personas, Clark invitaba al público a ser partícipe y testigo de los movimientos del grupo, y de cómo el movimiento de unos afecta al de los demás.
En 1983, Lauri Anderson, una artista reconocida por su trabajo multimedia, presentaba “Estados Unidos”, una de sus obras más complejas y que cambió la forma de ver el video al combinar de manera ingeniosa sonidos y comentarios políticos que, hilvanados a una performance, a siluetas que eran proyectadas en el fondo y utilería variadísima, determinaba una espléndida puesta en escena, con carácter de ópera pero con los recursos de la tecnología avanzada.
Reconocida mundialmente por sus extravagancias, traspasó las fronteras de la obra de arte que simplemente es objeto para entrar en la mente de los espectadores y provocarles un goce estético sin límites. Sin embargo, en toda su trayectoria, uno de sus aportes más significativos es su incursión en los signos de la clase media, en sus dramas cotidianos y miserias, de tal manera que logra un contacto con un público que de manera inesperada se ve representado y recreado.
Es así como la mayoría de sus textos, canciones, sonidos e imágenes tocan a la puerta de los sentimientos de las amas de casa, los esposos que lavan el carro los fines de semana, los personajes chatos y descafeinados que conforman esa clase carente de carisma. En la obra de Lauri Anderson me he visto, más de una vez, retratada.
Fuente: La Cuerda
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