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MEMORIA/Perfiles
21.03.2003
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Amnistía Internacional (en inglés)
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ACNUR
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ARTÍCULO
Una musulmana dirige Amnistía Internacional
Mujereshoy
Irene Khan, al recibir el premio Pilkington.
 
Irene Khan, musulmana de 44 años, nacida en Bangladesh, es desde agosto de 2002, la nueva Secretaria de Amnistía Internacional (AI). Su elección ha roto con la tradición del liderazgo masculino en esta histórica organización. Y por si fuera poco, Khan tiene un fuerte compromiso con los derechos humanos de las mujeres.

(Mhoy) Ciertamente, el curriculum de Khan fue la mejor credencial a la hora de su elección. La idoneidad es su mejor cualidad. Proveniente de una familia de clase media, recibió una esmerada educación. Realizó estudios universitarios en Manchester, donde se especializó en derechos humanos. Su ingreso a las Naciones Unidas fue su primera escala. Trabajó durante veintiún años desempeñando diversos cargos en la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Cuando en octubre de 2002 Irene Khan recibió el Premio Pilkington “Una ventana al mundo”, de la organización Women of Year Lunch and Assembly, recalcó su compromiso con la causa de los derechos humanos de las mujeres. Dijo que el Premio era una forma de dar “voz a todas las mujeres cuyos derechos están siendo violados en prisiones, calabozos policiales o centros de detención, en sus hogares, sus comunidades o sus lugares de trabajo”.

Irene Khan sabe de lo que está hablando. Durante veintiún años trabajó con mujeres refugiadas que habían sufrido violación o fueron explotadas sexualmente por funcionarios corruptos. “En mi trabajo, con Amnistía Internacional, he tenido que enfrentarme a muchos retos en el ámbito de la defensa de los derechos humanos, pero ninguno me ha conmovido tanto como el de las mujeres víctimas de violencia”.

Sus periplos por los campos de refugio, la llevaron a conocer de cerca los efectos de las guerras en Kosovo, Ruanda, Afganistán, Macedonia y Pakistán. Preguntada si alguna vez se ha decepcionado por los escasos avances para aliviar el sufrimiento de las personas, respondió lo siguiente: “Cuando se trabaja tan cerca de las situaciones de crisis se ven las tragedias, pero también la esperanza. Incluso salvando una sola vida es suficiente, como dice el mensaje para todos los miembros de Amnistía”.

Khan no cree que AI tuviera miedo de elegir a una mujer musulmana para dirigir la organización. Parte del hecho que Amnistía Internacional se ha distinguido por ser una organización valiente. Según ella, AI sostuvo causas nada populares, como la pena de muerte o la tortura cuando no existían las condiciones para conseguir legislaciones.

“Es una organización que va por delante. No creo que Amnistía tuviera miedo de escoger una mujer musulmana; de hecho pensaron que ya era el momento de hacerlo”.

Homenaje a las mujeres defensoras de los derechos humanos

El pasado 14 de octubre, cuando recibió el premio Pilkington “Una nueva ventana al mundo”, de la organización Women Of The Year Lunch And Assembly, Irene Khan pronunció un discurso en el que rindió un homenaje a mujeres defensoras de los derechos humanos. He aquí el texto de ese discurso.

“He dedicado veintidós años de mi vida a la causa de los derechos humanos, y ahora que me encuentro aquí, me gustaría rendir un homenaje a la labor valiente e infatigable de mujeres de todo el mundo que están luchando para que todas las personas puedan disfrutar de los derechos humanos. Al galardonarme con este premio, están honrando a todas esas otras mujeres.

Mujeres como Radhia Nasraoui, de Túnez, que ha sido encarcelada, acosada y sometida a vigilancia constante por su trabajo como abogada comprometida con los derechos humanos. Mujeres como Digna Ochoa, a quien quitaron la vida el año pasado en México porque se atrevió a hablar de la injusticia. Mujeres como Irene Fernández, activista de derechos humanos malaisia y madre de tres hijos, que ha sido enjuiciada por elaborar un informe sobre los campos de reclusión para inmigrantes. Mujeres como la doctora Frances Lovemore, directora médica de una organización no gubernamental de Zimbabue, detenida por denuncia la tortura y violaciones cometidas por motivos políticos.

Hoy celebramos los logros de todas ellas mediante este acto.

Al aceptar este premio, me gustaría asimismo pensar que estamos dando voz a todas las mujeres cuyos derechos están siendo violados en prisiones, calabozos policiales o centros de detención, en sus hogares, sus comunidades o sus lugares de trabajo. Según datos de Banco Muncial, al menos una de cada cinco mujeres y niñas ha sufrido palizas o abusos sexuales durante su vida, una estadística ciertamente vergonzosa para el comienzo del siglo XXI.

Mujeres refugiadas

Durante veintiún años trabajé con miles de mujeres refugiadas que habían sido violadas durante su huida, explotadas sexualmente en el país que les había brindado asilo por funcionarios corruptos, y expuestas a diversos peligros al ser obligadas a regresar a sus hogares en condiciones que no garantizaban su seguridad.

En mi trabajo con Amnistía Internacional, durante el pasado año he tenido que enfrentarme a muchos retos en el ámbito de la defensa de los derechos humanos, pero ninguno me ha conmovido tanto como el de las mujeres víctimas de violencia.

El mes pasado visité Burundi para hablar con el gobierno sobre las atrocidades que el ejército y los grupos armados de oposición están cometiendo allí. Burundi es un país diminuto en el corazón de África, olvidado por el resto del mundo, donde una guerra civil se ha cobrado miles de vidas durante los últimos diez años. Vi y oí cosas espantosas, pero nada me causó mayor conmoción que saber, por las declaraciones de un representante de la ONU, que una reciente encuesta ha puesto de manifiesto que una proporción muy elevada de niñas violadas en Burundi antes de alcanzar los 18 años de edad. Se pudo constatar nuevamente que las mujeres y las niñas son las primeras víctimas de guerra y, me temo, que también las más olvidadas.

Violencia en tiempos de paz

Pero las mujeres tampoco están seguras en tiempos de paz. En Pakistán, cientos de mujeres mueren en manos de sus padres o hermanos en el nombre del honor. En la India, se quema en la pira a las novias que no pueden aportar una dote suficiente. En algunos lugares de África, las niñas son sometidas a una mutilación genital en nombre de la religión y la cultura. En Nigeria, todavía hoy una mujer llamada Amina Lawal aguarda la ejecución de su condena a morir lapidada por haber alumbrado un hijo fuera del matrimonio. En Arabia Saudita, 15 niñas perdieron la vida en un incendio escolar: no les permitieron abandonar el recinto por no llevar cubierta la cabeza y ¡porque los varones de sus familias ni siquiera estaban allí para recibirlas!

Para muchas mujeres su casa es un infierno, incluso en las sociedades opulentas. Aquí, en este país (Reino Unido), la policía recibe al menos una llamada por minuto pidiendo ayuda pública contra la violencia doméstica. En Estados Unidos, una mujer sufre malos tratos cada 15 segundos y otras 700.000 son violadas todos los años.

La violencia contra la mujer se alimenta de una cultura extendida por todo el mundo que, pese a la Declaración Universal de Derechos Humanos, a la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, y a otros tratados, leyes y declaraciones, niega a la mujer la igualdad de derechos con respecto al hombre. Esto debe acabar. Tras los abusos sufridos por las mujeres subyace una discriminación perpetuada por los gobiernos y la sociedad –y aquí todos somos responsables en parte–, los líderes políticos, empresariales y sociales, los medio de comunicación y la gente de la calle.

Objetivo personal

Amnistía Internacional lleva años trabajando para erradicar la tortura y otros abusos contra los derechos humanos. Como primera mujer que ocupa el cargo de secretaria general de Amnistía Internacional, he hecho de la campaña mundial para combatir la violencia contra la mujer uno de mis objetivos personales. Al honrarme hoy con este galardón, creo que han contribuido a llamar poderosamente la atención sobre esta labor.

En el día de hoy estamos celebrando los logros de la mujer –celebramos en realidad la esperanza– y, por ello, permítanme que concluya contándoles la historia de una mujer normal que abriga una esperanza extraordinaria. Su nombre es Zubaida, es afgana y la conocí el pasado diciembre en un campo de refugiados en la frontera con Pakistán. Llevaba puesta una burka sucia y raída que la cubría de pies a cabeza, aunque tenía una abertura a la altura de los ojos. La encontré con un bebé en brazos, sentada junto a su esposo. Le pregunté que pensaba hacer cuando regresase. Esperaba a que me hablase de su bebé y su esposo, como habían hecho las otras mujeres del campo. En vez de ello, me miró y me dijo sin dudar: “Voy a volver a casa para estudiar ciencias y ser científica”. Se trataba de una pobre mujer analfabeta que regresaba a un país devastado por diez años de guerra pero que no había abandonado su sueño, y mientras ella conserve la esperanza, nosotros no podemos perderla. Las mujeres como ella inspiran a las mujeres como vosotras y como yo.

Así pues, en nombre de las mujeres dedicadas a la defensa de los derechos humanos y de aquellas otras que sufren abusos contra tales derechos en todo el mundo, pero que siguen abrigando la esperanza de una vida mejor, acepto hoy este premio. Gracias.”


Fuente: www.edai.org, Mujereshoy.

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003