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La moda es un estilo ajeno, distante para la mayoría de mujeres. Aunque la industria del vestido tenga como primer cliente a las mujeres, no las tiene a todas. Sus principales víctimas están entre las señoras acomodadas, algunas jóvenes urbanas, una masa de secretarias, dependientas, estudiantes, profesionales, comerciantes, etc., fieles consumidoras de lo que el mercado ofrece. El resto, las más, están al margen –también– del dictado de las pasarelas.
Para empezar, no todas las mujeres eligen qué ponerse. Unas por costumbre, otras por clase, no tienen más opción que usar ropa que forma parte de un contexto, de una historia, una tradición.
Las mujeres pobres visten como pueden, no como quieren. Las obreras con salarios de miseria, las desheredadas de la tierra, llevan trapos, ropa usada, mil veces remendada. Las refugiadas de las guerras huyen con lo puesto, se aferran al vestido, su única protección. Sus imágenes evidencian la falta de recursos. En sus vidas no existen posesiones, mucho menos, gustos.
Uniforme, traje regional o paca
La vestimenta ha permitido la identificación y la diferenciación. Los atuendos marcan a gente ladina, blanca, mestiza, caribeña, indígena. Nos ubican en determinada clase y posición social. No sólo hacen posible distinguir a unos de otros, sino diferenciar el trato. Como bien saben las mayas de este país, no es lo mismo andar de corte y huipil que de vestido occidental.
En Guatemala el uso de trajes “regionales” ha sido conflictivo porque se asocia a la opresión y al racismo, al deber ser y a los estereotipos. A pesar de ello, esta tradición sigue viva y está siendo reinterpretada como un elemento que refuerza la identidad, la pertenencia a un grupo social, la resistencia ante la cultura invasiva. Platicando con algunas colegas encontramos cuestiones que vale la pena compartir e investigar.
Alma López (joven maya-k’iche’, licenciada en Trabajo Social Rural) cuenta que de pequeña no la vestían de traje maya para protegerla contra las agresiones racistas. Por eso tampoco aprendió el idioma. Ya cuando estudió en la universidad, no quería asumir que era maya-k'iche': “Eso era para mí una vergüenza, aun cuando en mi casa mis hermanas y mi mamá todos los días usaban corte y huipil”.
A Irma Alicia Velásquez (joven maya-k'iche', doctora en Antropología) le impidieron entrar a un bar en la ciudad de Guatemala por ir vestida de quetzalteca. Sus testimonios nos hablan de la discriminación, agresiones y abusos que padecen las mujeres indígenas cotidianamente por los prejuicios raciales que las descalifican y humillan.
Las ladinas también padecen discriminación por su aspecto. Las trabajadoras en casa particular, por ejemplo, a menudo se ven obligadas a dejar su vestido del diario por uniformes que no tienen que ver con sus costumbres ni con su gusto. Se trata, simplemente, de una imposición que contribuye a pulir la imagen del estatus de los patronos.
A algunas mujeres indígenas el cambio de apariencia les provoca dificultades, lo asumen con culpa, reciben comentarios poco amables. También sobre ello nos platica Dorotea Gómez (joven maya-k'iche', licenciada en Trabajo Social): “Cuando decidí cortarme el pelo, las compañeras de la universidad se asustaron; amigas ladinas cercanas me cuestionaron si acaso no era que me estaba queriendo ladinizar. Mi respuesta es ¡NO! El hecho que no cargue trenza y vista como se me antoje no afecta para nada mi identidad étnica”.
A las mujeres de extracción popular la costumbre también les inhibe cambiar el aspecto. Muchas no se atreven a usar pantalones, ni pensarlo; mucho menos, traje de baño, ropa ceñida o escotada. El mandato dicta vestir con recato, pulcritud y sencillez. Cambiar se vive como trasgresión. De esa cuenta encontramos mujeres que se visten como sus abuelas, que toda la vida se peinan igual y temen adoptar otros estilos. Seguramente la moda no está entre sus prioridades.
La identidad puede convertirse en una prisión cuando se asume estáticamente, como una estructura rígida que siempre es igual a sí misma. Las mujeres indígenas modernas están dando pasos para liberarse de muchos patrones impuestos. Esto no significa que dejen su cultura, más bien es un reto y una experiencia enriquecedora. Nuestra amiga Alma dice que cuando empezó a usar cortes, huipiles y blusas tradicionales, “algunos me criticaron, me acusaron de exhibicionista, de folklorista, cosa que no me importó. Al contrario, me hace sentir feliz estar investida de colores y bordados hechos por manos de mujeres artesanas que van bordando saberes, sentires, sus historias y pensamientos”.
De su lado, Dorotea dice: “Las mujeres que estamos rompiendo con esos esquemas conservadores y tradicionales debemos seguir con la convicción que lo más importante y valioso es vestir como nos gusta y nos sentimos bien, para seguir desconstruyendo ese imaginario opresor que quiere condicionarnos cómo debemos vestir. Lo más detestable es que quieren incluso definir cómo debemos ser, cuando en realidad la identidad es muy propia y digna de ser respetada en cualquier persona”.
Varias veces nos sucede que por lucir de alguna manera, nos identifican con algo que no somos ni queremos ser. Si vamos de pelo corto y usamos pantalones, nos dicen lesbianas; si llevamos ropa étnica nos ven como “hippies desarrapadas”; si vamos formales, nos ven como burócratas. Nuestra apariencia llama la atención de quienes nos juzgan, califican y clasifican basándose en lo externo, sin ver a las personas. Requiere valor arreglarnos realmente a nuestro antojo, porque así se rompen clichés y modelos, y esto a la gente la incomoda y le da miedo. Éste es un derecho largamente negado a las mujeres en el mundo. No en balde las feministas quemaron sostenes el siglo pasado.
Fuente: La Cuerda Nº 55, Guatemala, abril 2003.
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