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Las mujeres somos poco honestas. Tal vez por el temor al que dirán, lo cierto es que si hablaran de lo que realmente significa ser madre sería la mejor política de control de natalidad que podría haber, habría menos embarazo adolescente y muchas menos mujeres tendrían que aguantar el mote de “madre soltera”, ¿es que acaso eso es un estado civil que lo nombran tanto?
Lo cierto es que antes de ser madre yo tenía una concepción errada de lo que el término significaba. Me imaginaba como esas mamás de comercial de tallarines, regias, con niños lindos, un marido estupendo y una casa preciosa, ah y el perro de raza, por supuesto. Créanme que si hubiera sabido antes lo que me esperaba habría salido corriendo.
La cosa es que luego de nueve meses de larga espera, en la que pasé por todas las etapas, sorpresa, enojo, negación, resignación y por último la felicidad extrema, me encontré con que la vida de madre, no es tan linda como la pintan.
En efecto nadie le dice a uno que hasta que el cabro o cabra se emancipe, duermes cinco horas diarias (con suerte); que en vez de salir un viernes al cine te tienes que quedar repasando el lavado de la ropa y de paso maldiciendo al inventor de la plasticina y la témpera, o que ya la presentación personal no es la misma, la ropa siempre tendrá una manchita de comida, o un botón de menos producto del tira y afloje con el baby. Sin hablar del instinto atávico que tienen los niños cuando los van a dejar solos: mi hija, por ejemplo, es capaz de dormirse al lado de un taladro eléctrico en funcionamiento, pero basta el sonido del cierre de la chaqueta si alguna vez me escapo para que abra los ojos y grite: ¡¡Mamaaaaaaá!!
Otra cosa es la reacción de la gente cuando a una la ven afuera en vez de estar en casa acostada con el hijo(a). Desde que la Isidora nació he salido unas ocho veces (en casi dos años); y de ellas, en cuatro oportunidades lo primero que me preguntan cuando me encuentro con alguien conocido es ¿y tu hija donde está? Pucha, una se siente pésimo a pesar de que es joven y de que “tengo derecho a rehacer mi vida” como dicen en la tele (aunque no es mi idea, aún) y se pregunta qué estoy haciendo aquí.
Y ni hablar de los instintos cavernícolas que afloran cuando la situación se sale de los límites. Hay veces que los angelitos lloran y lloran y uno no sabe qué les pasa, allá aparecen las abuelitas que con la mejor intención aconsejan “déle agüita de apio”, o “ponga un plato boca abajo para que se le pase el hipo” o peor aún “este niño está espirituado, llevémoslo al curita para que le haga algo”. Ya en ese momento una implota, sí dije implota porque todo tiene que guardarse una, las furias, las frustraciones para no ofender a alguien y no dañar la imagen de madre abnegada y amorosa que la sociedad te impone.
Un día llegué al trabajo sintiéndome muy mal; la noche anterior mi hija había llorado mucho, sólo se calmaba si la paseaba, tenía un alto de trabajo atrasado, estaba con 10 kilos de más (ahora peso 53 kilos, envídienme) y había un montón de ropa de ella que lavar. ¿Saben qué era lo único que se me ocurría en esos momentos? Dejar a la Isi en la cuna y arrancar lejos, no consolarla, ni acunarla ni cantarle arrorrós, y llorar, llorar, llorar. Al otro día los remordimientos no me dejaban en paz y se lo comenté a la Mariana, una compañera. Me contestó lo último que esperaba: “yo también me sentía así, cuando las gemelas estaban recién nacidas y daban mucho que hacer me nacían unos instintos asesinos, lo único que quería era tirarlas por el balcón”. “Y a mí me daban ganas de estrellar a la Carolina en la pared, con tal que parara de llorar” se escuchó una voz al fondo, era otra compañera.
Sin saber cómo fue saliendo en la conversación todos los miedos que enfrenta una mamá, de no cumplir con las expectativas de la familia, las personales, de no calzar con la imagen ideal de maternidad, de cómo una tiene que dejar de lado metas personales, hacer sacrificios en el plano profesional. ¿Conocen algún hijo de una mujer exitosa que diga que pasó suficiente tiempo con su madre o que está satisfecho con la relación que llegó a tener con ella?
Mi madre, por ejemplo, es una mujer súper exitosa, de todas partes la llaman a dictar seminarios sobre su trabajo, y yo el principal recuerdo que tengo de ella en mi niñez es verla de noche sentada en la mesa del comedor con un alto de carpetas verdes y naranjas. Ahora que soy mamá la entiendo mejor, que el tema de alimentos, educación etc., nos ocupa mucho a las madres profesionales, pero no quisiera repetir la experiencia con mi hija a fin de que después no se ande haciendo sicoterapia en internet, ni escribiendo artículos por ahí, je,je.
La comprobación que surgió en ese momento con mis compañeras de trabajo era lo poco que se hablaba del tema, de que nadie le cuenta a una de que la vida personal se acaba fuera del horario del jardín infantil, de cómo estas sorpresas se van acumulando hasta acabar en un gran cansancio, y en que a veces el gran amor que se siente por los hijos no basta para superar estos obstáculos.
Y ni hablar de los padres, brillan por su ausencia, salvo excepciones, los hombres se dedican a su función de sementales y de ahí en mayor o menor medida se desligan de la situación, partiendo por los padres-fantasmitas que se hacen humo cuando escuchan la palabra “embarazo”, pasando por los que sí reconocieron a la guagua y que se limitan a pagar una miseria de pensión de alimentos, hasta llegar a los otros que estando casados duermen a pierna suelta mientras la mamá ve al crío, creyendo que el rol de padre es traer el pan de cada día a casa.
Es cierto que nadie nace sabiendo, pero las que ya han sido mamás podrían perder el miedo a contar lo que saben, que la vida con esos angelitos a los que adoramos, cuando no hay apoyo o real conocimiento de lo que significa, puede convertirse una pesadilla e impedir disfrutar de un hijo, que a la larga es el mayor amor que una mujer puede tener. Por eso quise escribir esta carta abierta y ojalá generar diálogo en torno al tema.
Fuente: Gran Valparaíso, Chile.
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