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Más de una vez hemos hablado de los medios de comunicación como espacios simbólicos colonizados por la mirada patriarcal. Como representaciones de la realidad que legitiman y refuerzan, que connotan y denotan, determinan y silencian, requieren y objetan, en el contexto de unas relaciones de poder entre los sexos.
Las funciones de crianza de las y los hijos son, para los medios, asuntos de mujeres. La semana pasada Concha Colomer comentaba en la sección de salud de Eleusis los casos de varios abandonos de bebés. La culpabilización de las madres, más o menos explícita que se refleja en los medios, es absoluta. Los padres ni aparecen. Missing total y nadie se cuestiona las responsabilidades de los hombres en la situación de sus hijos. Nadie se cuestiona el abandono al que están sometidas las mujeres que, a su vez, abandonan a sus hijos. Nadie se cuestiona el papel de la administración que también ha abandonado a esas madres.
Nos encontramos, pues, frente a unas mujeres pluriabandonadas que salen a la luz pública como las grandes culpables. Una culpable que, en realidad, es una víctima. Con la ayuda inestimable de los medios de comunicación, que se limitan a relatar unos hechos sin cuestionar el paradigma, la sociedad termina por culpabilizar a unas mujeres que siempre serán las malhechoras: tanto si abandonan a los hijos como si no pueden cuidarlos adecuadamente. Por aquí y por allá, los padres ausentes (en la vida y en los medios) se han colado por algún que otro espot publicitario que pretende visualizar una nueva dialéctica de los sexos en el espacio privado. Sin embargo, la mayoría, según las estadísticas, sigue limpiando pomposamente el coche, como en ese otro anuncio que les “invita” a participar en las tareas domésticas.
Estas ciudadanas periféricas carecen de voz y, a menudo, asumen su culpabilidad. ¿Por qué se sienten culpables? La investigadora Uma Narayan, especialista en los movimientos de mujeres del llamado Tercer Mundo, afirma que no se trata de la complacencia del esclavo sino, esencialmente, de la falta de capacidad para conceptualizar la injusticia a la que se está sujeta. La mujer subalterna debe crear su propio lenguaje, pero el lenguaje es público, por lo tanto, el déficit no es individual sino colectivo. El crear un lenguaje que responda a la propia experiencia es un proyecto común del que surgirá una identidad y unas demandas colectivas. La articulación de estas demandas exige un espacio de comunicación en cuyo seno pueda emergen perspectivas morales contrahegemónicas.
Y también, cómo no, son culpables las mujeres que no quieren o no pueden ser madres. Esta semana ha aparecido en prensa la noticia de que el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha sancionado positivamente un plan de las autoridades de Carolina del Sur por el que pueden recabar información sobre las mujeres que deciden abortar. Decidir no tener un hijo en Estados Unidos se ha convertido en algo peligroso para las mujeres. Y ahora, a los riesgos de ser acosadas por tomar una decisión que sólo compete a la mujer como individuo, se suma ahora, por lo menos en Carolina del Sur, la violencia que supone no poder hacerlo con la confidencialidad que tienen que garantizar las leyes.
El poder terrenal de la América profunda se comporta como un poder religioso de corte fundamentalista cuyas principales víctimas son las mujeres. No sólo no es confidencial sino que el Tribunal Supremo también ha confirmado como legal el requisito previo obligatorio de someterse a un consejero espiritual antes de tomar la decisión de abortar. Y todavía se atreven a tachar de fundamentalistas a los países que no les gustan...
Fuente: E-leusis.net
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