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MEMORIA/Efemérides
26.05.2003
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Simone de Beauvoir, La fuerza de las cosas.

 


El primer volumen fue bien recibido: se vendieron 22 mil ejemplares durante la primera semana. También se compró el segundo, pero escandalizó… Julien Gracq en un artículo me felicita por mi coraje… ¿Valiente? “Va a perder muchos amigos”. Si los pierdo, pensé, no son amigos míos. De todos modos yo había escrito este libro tal como quería escribirlo, pero ni por un instante me había aflorado el heroísmo. Los hombres que me rodeaban: Sartre, Bost, Merleau-Ponty, Leiris, Giacometti y los del equipo de Temps modernes, también en ese punto eran verdaderos demócratas…

Firmados o anónimos, recibí epigramas, cartas, sátiras, amonestaciones, exhortaciones que me dirigían, por ejemplo “miembros muy activos del primer sexo”. Insatisfecha, frígida, priápica, ninfómana, lesbiana, cien veces abortada, fui todo, hasta madre clandestina. Me ofrecían curarme la frigidez, saciar mis apetitos de gula, me prometían revelaciones en términos groseros, pero en nombre de la verdad y la belleza, del bien, de la santidad y hasta de la poesía indignamente devastadas por mi… También Mauriac esscribió a uno de los colaboradores de Temps modernes: “He aprendido todo sobre la vagina de vuestra patrona…”.

En los restaurantes, en los cafés, a menudo aconteció que se burlaran de mí señalándome con la mirada o hasta con el dedo… me miraban con insistencia y se reían a carcajadas… Los críticos cayeron de las nubes…: “las mujeres siempre habían sido igual a los hombres…”, todo lo que yo decía ya se sabía, no había una palabra verdadera en lo que yo decía… Yo era una “pobre muchacha” neurótica, una rechazada, una frustrada, una desheredada, una insatisfecha sexual, una envidiosa, una amargada repleta de complejos de inferioridad ante los hombres, ante las mujeres…

Incluso suscité cólera entre mis amigos. Uno de ellos, un universitario progresista, dejó de leer el libro y lo lanzó al otro extremo del cuarto. Camus me acusó con algunas frases tristes, de haber ridiculizado al macho francés… En otra ocasión nos había confesado alegremente que no toleraba la idea de ser medido, juzgado por una mujer: ella era el objeto, él la conciencia y la mirada: se reía, pero es cierto que no admitía la reciprocidad. Concluyó con un súbito acaloramiento: “Hay un argumento que deberías haber destacado: el hombre sufre por no encontrar en la mujer una verdadera compañía: él aspira a la igualdad…”.

La derecha no podía sino detestar mi libro, que por otra parte Roma puso en el Index… * Los marxistas no estalinistas, apenas fueron más reconfortantes… se me respondió que una vez efectuada la Revolución, el problema de la mujer ya no se plantearía. Bueno, dije, ¿pero mientras tanto? No parecían interesarse por el presente…

* Lista de libros prohibidos.


Fuente: Extractos de La fuerza de las cosas. Sudamericana, Buenos Aires, 1979.

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003