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VIDA COTIDIANA/Sexualidad
26.08.2004
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PUNTO DE VISTA
Cuando los más chicos preguntan sobre travestis
Eva Giberti *

 


Cuando los nietos tienen cinco o seis años, mirar televisión con ellos puede convertirse en una experiencia no necesariamente regulada por los dibujitos animados. Alcanza con sintonizar algún programa que adquirió rating popular para coincidir en el interés de ambas generaciones. Entonces suelen presentarse situaciones inéditas que sobresaltan a los abuelos y jaquean a los padres, quienes, con frecuencia sólo atinan a responder con el desconcierto.

El rebote de estas situaciones aparece en el consultorio cuando los adultos enumeran las dificultades con las que actualmente deben enfrentarse las familias que, como ellos dicen, están compuestas por personas “normales”.

Hay un reiterado comentario que llega a la consulta del analista: “Estaba mirando tele con el nene y apareció Fulano –o Zutana– y entonces el nene me preguntó: pero ése ¿es un hombre o una mujer? Yo no supe qué contestarle porque era un travesti y no me voy a poner a explicarle. Le dije que es un hombre que se disfraza de mujer. Pero no se quedó conforme y siguió preguntándome si sale vestido así a la calle. Yo le dije que no, que sólo es para la TV, pero me contestó que el papá de su amiguito del jardín siempre se ríe cuando los encuentra por la calle. Entonces uno no sabe qué decirles”.

El remolino mental que algunas abuelas deben asumir en situaciones semejantes también desemboca en la consulta cuando los padres dicen: “Yo no puedo decirle a mi mamá que haga un curso. Los otros días la nena le preguntó: pero, si son hombres, cuando se ponen ropa de mujer, ¿qué hacen con? Bueno, ya sabemos... Son situaciones muy difíciles para los chicos”.

Es obvio que la dificultad no reside en los chicos ni en los travestis que forman parte del universo de los transgéneros, sino en quienes esperan seguir manteniendo la idea de normalidad a partir de la exclusión de quienes son diferentes respecto de la categorización tradicional que opone y complementa el binomio hombre-mujer.

La presencia de las personas transgénero, en sus múltiples alternativas, ha ido ocupando, paulatinamente, con esfuerzo y coraje cívico, la posición del reconocimiento social, aunque todavía caricaturizados por los medios de comunicación y violentados por las discriminaciones.

La confusión entre quienes son transexuales y quienes son travestis –por sólo enunciar dos alternativas transgenéricas– no puede asombrarnos si tenemos en cuenta el ominoso silencio que durante siglos sumergió esta realidad humana en el pecado o la anormalidad.

Las personas transexuales, que en oportunidades logran disponer de una intervención quirúrgica en busca de una identidad corporal acorde con sus deseos y sentimientos, forman parte de una realidad con características propias, distintas de las modalidades y prácticas del travestismo.

Cualquiera de esas presencias transgéneros concita la atención y la curiosidad de los niños, habituados a convivir con familias ajenas a estas personas y desconocedoras de su situación; pero las personas transgéneros, cuando aún transitan su infancia, comienzan a mostrarse con características que sorprenden a los adultos porque no coinciden con el sexo asignado (son niñas que se comportan como varones y viceversa); estas criaturas existen desde siempre. Y desde siempre padecieron incomprensión, vejaciones y desamor.

La creación de otro orden

Los púberes travestis que recorren las calles de nuestra ciudad, arriesgándose a depender de la explotación sexual de adultos entrenados en la prostitución, constituyen una población escasamente registrada por la comunidad, aunque las instituciones especializadas en niñez los acompañan y defienden de los abusos y riesgos de diversa índole que podrían padecer.

¿Qué hacer entonces con las preguntas de los chicos? Si el año 2001 generó resonadores políticos propios, los tiempos actuales han incluido realidades humanas que se registran como estridencias, aunque no lo sean.

Estas preguntas se demuestran autónomas respecto de su referente etario. Si bien los chicos no son autónomos sino dependientes de los adultos, cuentan con la autonomía de sus pensamientos y curiosidades. En las prácticas políticas, la autonomía excede la pertenencia partidaria y las vanguardias tradicionales para mostrarse en forma de movimientos sociales inesperados que desembocan en los derechos universales a partir del reconocimiento de los derechos individuales.

En los chicos, las respuestas y las preguntas propias de sus invenciones e inexperiencias, en tanto no teman ser reprimidos y castigados, avanzan rumbo a sorprendentes planteos, ajenos al ordenamiento social que las familias esperaban. Si el orden social aguardaba continuar siendo garantizado por lo anticipable y conocido, son múltiples las variables que descorazonan tales expectativas.

Las preguntas de los chicos que apuntan a la realidad surgen, entre otras dimensiones sociopolíticas, creando otro orden.

La autonomía que, distante de los partidismos, se abrió entre nosotros como un proceso político nuevo involucra otros ámbitos del pensamiento, como la curiosidad, por ejemplo. En ese plano, los chicos ampliaron sus interrogantes acerca de temas para los cuales los adultos no siempre contamos con la información y la lucidez suficientes.

Los padres reiteran la pregunta: “¿Cómo les enseñamos?” Los chicos están tomándonos examen, y no es la primera vez que sucede.

Quizá lo más importante no resida en ocuparse de estudiar sino de registrar la obligación que les cabe a los adultos cuando responden a los chicos: no estamos frente a anormalidades ni degeneraciones, sino ante la presencia de personas con identidad humana cuya diferencia radica en la definición que acerca de normalidad se inventó antes que la idea de discriminación se instituyese como garantía de justicia y de equidad.


* Psicoanalista, Codirectora Maestría en Ciencias de la Familia, Universidad General de San Martín, Argentina.


Fuente: Diario Clarín, vía RIMA.

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Nota: este portal de Internet fue abierto el 15 de enero de 2003