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VIDA COTIDIANA/Familia
19.10.2005
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ARTÍCULO
¿Hijos? Mejor no tenerlos
Las familias numerosas son cosa del pasado (Foto: www.usp.br).
 
Algo está ocurriendo en las familias brasileñas. Basta abrir álbumes de fotografías de 50 años atrás y compararlos con las imágenes de parejas de los últimos 10, 20 años para constatar que nuestros abuelos estaban más rodeados de niños que nosotros. Las estadísticas de población más recientes de Brasil confirman lo que los álbumes sugieren: tenemos cada vez menos hijos. Artículo de Silvia Pilz.

(Mujereshoy) La razón no tiene que ver con la tasa de fertilidad. Según un estudio del economista Marcelo Neri, de la Fundación Getulio Vargas, basado en el cruce de datos recolectados por el IBGE, en el Censo de 2000, y en la Investigación Nacional por Encuesta de Domicilios de 2003, Brasil tiene incluso más madres. Es cada vez mayor el número de mujeres que llegan a la maternidad, inclusive después de los 40 años.

La diferencia es que, en promedio, ellas tienen menos hijos que antes y, cada vez más, aplazan la maternidad. “Esos números reflejan el desarrollo social del país”, dice Neri. Pocos niños en casa indican que la pareja, principalmente la madre, tiene alta escolaridad y razonable poder adquisitivo.

“El comportamiento reproductivo del brasileño de clase media alta es similar al de la gente que vive en Londres”, dice el cientista político Sergio Abranches. Las actuales proyecciones sugieren que, allá por el año 2050, las poblaciones de la Unión Europea y de Japón habrán disminuido en un 28 por ciento. De los 35 países más ricos del mundo, solamente en tres de ellos –Islandia, Nueva Zelanda, regiones de pequeña densidad demográfica, y Estados Unidos– las mujeres tienen el número suficiente de bebés (poco más de dos por persona, en promedio) para reemplazar a la población existente.

Y dentro de esa clase media, que voluntariamente va reduciendo la fertilidad, hay un subgrupo que simplemente decidió no ejercer la maternidad.

En las estadísticas poblacionales europeas, la tendencia se hace cada vez más evidente. En el Censo Nacional de 2001 de Gran Bretaña, una de cinco mujeres británicas en edad de tener hijos no tenía ninguno. En Alemania, dice Herwig Birg, de la Universidad de Bielefeld, un 30 por ciento de las mujeres nacidas en 1965 no tiene hijos. En el pasado, más del 90 por ciento de las mujeres de esa edad ya los había tenido. Hoy, en el mundo occidental, los demógrafos calculan que entre un 16 por ciento y un 25 por ciento de las parejas ya no quieren biberones en la casa.

En Brasil, aunque nunca se haya hecho un cálculo preciso del fenómeno, también hay muchas mujeres que optaron por no traer niños al mundo. “Yo prefiero mil veces viajar que tener que cambiar pañales, hacer un postgrado en vez de pagar maternal y colegio, cambiar de automóvil cada año en lugar de comprar triciclos, ir a un buen restaurante a tener que gastar fortunas con comidas de la Nestlé”, dice Sandra Marckovicky, 35 años, soltera.

Tía de sobrino único

La elección de Sandra y de tantas otras tiene, muchas veces, un costo social. ¿Qué mujer no ha sentido vergüenza al tener que asumir en público que no tiene deseos de tener un bebé? La platea siempre reacciona mal y no falta quien haga la pregunta un tanto imbécil: “¿Por qué? ¿A él no le gustan los niños?” Es muy incómodo e irritante. Procrear se convirtió en una imposición de la sociedad. Optar por no tener hijos es casi un crimen.

Pero la tendencia es creciente, y parece irreversible. Tatiana Pignatari, 33, economista, casada hace 8 años con el arquitecto Diniz Pignatari, 49, no desea tener hijos, “al menos no por ahora”, hace la salvedad. Y tampoco sabe si los tendrá en el futuro. “En mi caso, la opción de no tener hijos no la tomé en función del trabajo. Yo, simplemente, no tengo ganas de ser madre”, dice ella.

Es la misma situación de Ana Paula Patrón, presentadora del telediario del SBT. “Aún me gustaría ser madre, sí, pero decidimos esperar un poco. Ya pasé por cuatro largos tratamientos para embarazarme. En uno de ellos, perdí el bebé en la octava semana de gestación. Los médicos dijeron que mi horario de trabajo era uno de los grandes obstáculos”, escribió ella en un texto que tituló “La elección de nuestras vidas”.

Realmente, no es fácil defender esa posición. Basta entrar en el tema para que mujeres como Tatiana sean inmediatamente tratadas como una versión femenina y moderna de Herodes y, además de verse obligadas a responder “sí me gustan los niños, pero en la casa de otras”, aún tienen que escuchar: “¿Usted no cree que un hijo complementa la vida de una pareja?”

No. Muchas mujeres y hombres no lo creen. “En verdad, creo que la idea de formar una familia es fruto de la educación que recibimos, de nuestras referencias. La familia es la base, el vínculo eterno, la continuidad”, responde Tatiana, sin dejar de apuntar hacia las contradicciones que percibe en todo el proceso.

“El problema es que las mujeres de mi generación fuimos educadas para estudiar, trabajar y ser independientes. Vivo un conflicto”. Mientras tanto, disfruta la etapa de ser tía de un único sobrino.

“Cuando yo era más joven tenía este sueño, pero los años fueron pasando y mis ideas fueron cambiando. Siempre creí que, para traer un niño a esta ajetreada vida, sólo teníamos que encontrar al par perfecto”, dice Paula Dias, 33 años.

Sin embargo, su cabeza cambió: “No logro dejar de pensar en un bebé sin tomar en cuenta los gastos y responsabilidades que trae.” Y, aun así, no escapa del prejuicio: “A menudo, me veo dando explicaciones con respecto a mi opción de no tener hijos. Siempre las personas ponen cara de espanto”, cuenta.

Luciana Bressane, 34, casada hace dos años, asume el espanto: “Tengo prejuicios cuando veo una pareja mayor sin hijos. Inmediatamente creo que alguno de los dos tiene problemas de fertilidad o que ambos son anormales. Creo, también, que la opción de no tener hijos nos aleja de la realidad de la mayoría de las personas”, dice. “Creo que, sin hijos, una es más egoísta, individualista. Yo sé cuán importante soy en la vida de mis padres, cuantas alegrías vivimos juntos. Yo quiero eso para mí también y, por encima de todo, quiero poder sentir aquel amor incondicional e inexplicable de una madre por un hijo.”

La maternidad es una inversión

Parece que el culto a la herencia nos enceguece. No nos importa la amenaza que atenta contra la supervivencia de millones de ejemplares de nuestra raza ni contra la sobrepoblación que afecta la calidad de vida en la Tierra. ¡Queremos nuestros hijos!

La contradicción llegó a tal punto que parejas, incapaces de engendrar un hijo, recurren a milagros científicos para tenerlos. Rechazan la posibilidad de la adopción –que podría ayudar a salvar a un semejante– y la situación que vivimos de “arriendo agotado”. Trillizos y cuatrillizos fabricados a través de un proceso inducido, basado en medicamentos y mucha perseverancia, están ahí para contar esa historia.

En Brasil, el cuestionamiento a este culto ciego a la herencia comenzó en los años 60 del siglo pasado, cuando llegó por aquí el libro El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir. Según la pensadora francesa, la mujer tenía que liberarse económicamente y los hijos eran un obstáculo, trabas, una responsabilidad que impediría a la mujer asumir otras y más urgentes funciones que la de madre. La escritora fue una de las precursoras del feminismo y permitió que Brasil comenzara a repensar en el papel de la mujer en la sociedad.

La antropóloga y profesora de la UFRJ, Mirian Goldenberg, en reportaje publicado en la revista TPM, afirma que los frutos del movimiento feminista sólo fueron posibles porque, después de la píldora, inventada en el fin de los años 50, se podía controlar la maternidad.

Según Mirian, fue a partir de ahí que nosotras, las mujeres, evolucionamos hacia lo que hoy vivimos, una cierta búsqueda en nuestro propio camino. Es decir, estamos corriendo detrás de nuestra esencia, aquella que Joseph Campbell, escritor y mitólogo, anunció así: “la mujer se alejó de la tierra, se desconectó de la propia naturaleza y comenzó a caminar lejos de su esencia. Para las sociedades primitivas, la mujer da a luz así como la tierra hace brotar plantas”.

La cosa se complica cuando ellas toman la decisión de revertir el proceso del que habla Goldenberg y se reconectan con la naturaleza, pero la naturaleza ya no quiere esa conexión. Muchas veces, la revisión de su actitud sucede cuando ya no es tan fácil embarazarse naturalmente. La salida son los tratamientos de fertilización. Y el resultado: demasiados bebés, casi siempre muchos más que los deseados.

Roger Abdelmassih, especialista en reproducción asistida, es dueño de una de las clínicas más solicitadas del país, localizada en los Jardines, en São Paulo. En diez años, de los ocho mil bebés de probeta nacidos en Brasil, aproximadamente 2,6 mil fueron generados en su clínica, entre ellos los gemelos de Pelé y el heredero de Gugu Liberato. “Las mujeres que se embarazan utilizando tratamientos de fertilización tienen, en promedio, un 30 por ciento de posibilidades de tener bebés gemelos”, afirma.

Cristina Soares, 43, es casada con João Paulo Penido, 64. Ambos viven en Salvador, con sus cuatrillizos Ricardo, Luiza, Beatriz y Vicente. Cuando se conocieron, João Paulo ya era padre de tres hijos y se había hecho la vasectomía. Como Cristina, quien siempre tuvo el deseo de tener un bebé, no estaba dispuesta a desistir de su sueño, la pareja buscó la clínica de Roger Abdelmassih. “Nuestra sorpresa, obviamente, fue enorme en el primer ultra-sonido. Cuando el médico vio tres “puntitos suspensivos” (quince días después, apareció uno más), el susto fue grande, pero no lo suficiente para robarnos la felicidad de realizar un sueño”, cuenta la madre con gran emoción.

De acuerdo con las investigaciones de la etóloga Rosana Tokumaru, doctora en psicología experimental de la Universidad de Sao Paulo, la herencia biológica acompaña el desarrollo de la mujer al interior de su grupo social. “No parimos solamente para preservar la especie. Parimos para satisfacer a nuestros padres, abuelas, maridos, amigos, entre otros”, dice Rosana. Es decir, no tenemos hijos sólo por el deseo de ser madre. “Aunque suene cruel, la maternidad, en muchos casos, es una inversión para la vejez”, afirma.



Fuente: No Minimo. Traducción de Sylvia Hernández.

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