| Paraguay: Violencia y cultura machista
Verónica Villalba Morales
En este artículo, Verónica Villalba recoge testimonios de distintas mujeres que relataron sus vivencias con las distintas expresiones de la violencia sexista y las contradicciones que plantea una cultura basada en el machismo que muchas veces suele disfrazarse de galantería.
María, una amiga española que vino a vivir al Paraguay, me preguntó un día si las mujeres paraguayas sentíamos que fuera violencia los continuos "piropos" y acechos de los hombres en las calles de Asunción, o si eso era algo "normal" en esta cultura. Su pregunta surgió a partir de un comentario que su amigo había hecho cuando ella se quejó del trato de los hombres paraguayos en las calles; este amigo le dijo que sólo ella se sentía de esa manera pues las mujeres paraguayas reciben esos "piropos" como un halago y no como un acoso.
La anécdota sirve para reflexionar sobre lo invisible y silenciosa que puede ser la violencia cotidiana que vivimos las mujeres en las calles y en espacios públicos en general. También en cómo la naturalización de la desigualdad de las mujeres hace que no podamos reconocer inclusive las propias víctimas la violencia que vivimos día a día.
Tradición y cultura: fuente inagotable de violencia y machismo
Identificar la violencia hacia las mujeres, mucho más aquella que no se manifiesta en lo físico, es una tarea compleja, pues en ella entran a jugar elementos que tienen que ver con las costumbres, las normas, las pautas culturales, la historia de una sociedad, todo lo que influye para que lleguemos a adoptar los roles que nos asignan según seamos mujeres u hombres, los que a su vez determinarán nuestras relaciones sociales y muy especialmente las sexuales.
Una de las normas de género institucionalizadas es el rol de "activo" que se asigna a los hombres y el rol de "pasiva" para las mujeres, en las relaciones sexuales. El activo es quien tiene la iniciativa en la relación, quien "lleva el mando"¸ la pasiva es quien se deja llevar por ellas. Dentro del rol activo uno de los mandatos de género es que el hombre debe ser el conquistador, las mujeres se dejan conquistar, y además somos las que seducimos, es decir, las que hacemos que el hombre tome esa iniciativa, a través del poder de seducción que supuestamente nos da la naturaleza, como bien lo describe la antropóloga feminista Marcela Lagarde, al señalar que: "independientemente de su real proceder, las mujeres encarnan la seducción en la sociedad y en la cultura. Seducir es femenino, conquistar es masculino. Así, cualquier hecho erótico se aprecia bajo el tamiz de esta consideración, la cual permite además, eximir a los hombres de la carga de agresión posesión en acto: política, y convertirlos en víctimas del mal del erotismo desbordado de malas mujeres"1.
De esta forma es que llegamos a la convivencia cotidiana entre mujeres y hombres¸ donde éstos cumplen su mandato de género al querer conquistar a una mujer en la calle. ¿Cómo lo hacen? Diciéndole piropos y exclamaciones "halagadoras"¸ pues esto significa que el poder de seducción de las mujeres tiene buenos resultados¸ porque es así como se espera que se comporten las mujeres y los hombres en nuestra cultura.
Pero, entonces: ¿qué pasa cuando las mujeres nos sentimos acosadas y no conquistadas? ¿Qué sucede cuándo nos rebelamos ante las normas de género establecidas para nuestro sexo? ¿Por qué un piropo no puede ser considerado como un halago para las mujeres?
El juego de la conquista y la seducción de por sí no es malo, al contrario, puede llegar a ser fuente de placer y satisfacción para quienes lo juegan. Pero para que eso suceda es necesario que exista igualdad de condiciones y oportunidades para las personas involucradas en él. Y no es nuestro caso, ya que las mujeres ocupamos un lugar inferior al hombre, ésta es una afirmación muy difícil de ser discutida en este tiempo, aunque por años lo ha sido, pero hoy constituye todo un logro para los derechos de las mujeres que nuestra sociedad asuma que somos discriminadas y consideradas inferiores a los hombres en muchos aspectos.
Difícilmente todas las mujeres sintamos como un halago los piropos callejeros o lo de recibir continuas propuestas sexuales. La violencia está en el hecho de que los hombres den por sentado que a todas nos gusta, o de que por lo menos nos debería gustar. La experiencia de otra amiga habla de esto: "Un muchacho me siguió varias cuadras, me decía: ´shich linda¸ schischi vení conmigo´. Yo no le hice caso y crucé en la vereda de enfrente, él me volvió a seguir y me dijo: en vez de alegrarte, ¡vieja!".
Esta creencia niega a las mujeres el derecho que tienen de decidir sobre su sexualidad, refuerza la idea de que las mujeres fuimos hechas para los hombres, para darles placer. En este sentido las mujeres no tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, no tenemos derecho a optar por tener relaciones sexuales afectivas con mujeres o con hombres, y muchas otras más. Existen otros ejemplos que están en la cultura paraguaya, los refranes populares en guaraní y las canciones del folklore paraguayo son la fuente inspiradora que muchas veces determinan las formas de comportamiento de hombres y mujeres:
"He´i haicha anatomía guaraní¸ kuña niko so´oikuáva ha mácho katu ijyivyráva hakámby pa´yime"
(Según la anatomía guaraní, la mujer es carne con agujero y el hombre [tiene] un palo entre las piernas". (Aquí anotamos que el mismo ñe´enga define al hombre como macho mientras el compilador lo traduce como hombre)2.
"Kuña oñemyrõva kuimba´égui¸ kuñakuéma"
(La mujer que rechaza/le disgusta el hombre¸ dejó de ser mujer)3.
"Kuña mala guélta ha sandia´i¸ mokétepente rehóva´erã ichupe"
(A la mujer arisca y a la sandía pequeña se las maneja con golpes de puño) (Agregamos que para partirlas/abrirlas)4.
"Ejapo nde gusto¸ he´i kuñatai oporombovy´a kuaáva"
(Hacé tu gusto, dice la mujer que sabe complacer)5.
Cambiar la cultura: difícil, no imposible
Nuestra cultura está en transformación con respecto a los roles de género de mujeres y hombres y a las formas de violencia basadas en ellos, hay muchas cosas que han cambiado, la ley contra la violencia doméstica es un avance en esta área. Pero todavía queda mucho por cambiar. Con respecto a los acosos callejeros, es necesario aclarar que existen grados de violencia, por lo tanto no todos pueden ser calificados como agresiones sexuales, por esta razón es difícil pensar en soluciones legales o reglamentaciones que sirvan para penalizar esos comportamientos en la calles, que de alguna forma violan los derechos de las mujeres.
Pero de todas formas existen muchas cosas que se pueden hacer para cambiar la cultura, si pensamos (y podemos soñar) en una reglamentación, podría ser una ordenanza municipal que regule la convivencia sin violencia entre mujeres y hombres y la libertad de expresiones sexuales en lugares públicos, garantizando la demostración de las diferentes opciones y expresiones sexuales, y que prohíba el acoso y el hostigamiento sexual de mujeres y hombres; se podría acompañar con campañas de sensibilización que sir van para reflexionar sobre las costumbres y creencias (tomando los dichos y refranes populares) que refuerzan la violencia hacia las mujeres y promuevan los derechos para una convivencia en igualdad.
NOTAS
1 Lagarde, Marcela Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, Universidad Nacional Autónoma de México, México DF, 2003¸ p. 272.
2 Pompa Quiroz, María del Carmen¸ Kuña imembynte vaéra voi. Valores tradicionales y pautas reproductivas, Fondo de Población de las Naciones Unidas, Departamento de Estudios de Población y Desarrollo. Facultad de Ciencias Económicas. Universidad Nacional de Asunción, Asunción, 1996¸ p. 28.
3 Ídem.
4 Ídem, p. 36.
5 Ídem.
Fuentes: Informativo Mujer, no. 173. CDE, Centro de Documentación y Estudios, Asunción, Paraguay: Paraguay. enero - febrero. 2005 10017-6063.
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