| República Dominicana: Acariciando.
Mildred D. Mata
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Maritza tiene menos de treinta años, trabajadora agrícola a tiempo parcial, tres hijos que comenzó a parir muy joven, pues desde los trece se fue de la casa paterna a tener marido, y “ser una mujer”.
Maritza despierta asustada creyendo que un pájaro le anda en la cabeza. Poco a poco abre los ojos y va descifrando la realidad…Alcanza a ver a su pareja, tijera en mano, cortando sus cabellos, aprovechándose de su indefensión en razón de que ella dormía.
Comienza a forcejear, a gritar…Se despiertan su hijo y sus dos hijas con menos de trece años. Mira hacia el patio, piensa que se está quemando todo, una llama viene desde el patio, despiertan los vecinos y una vecina se acerca a ella, y juntas llegan hasta las llamas. Ahí se quema su cartera, sus documentos, sus ropas…
Es la una de la mañana en una provincia del país, en una comunidad rural. Maritza tiene menos de treinta años, trabajadora agrícola a tiempo parcial, tres hijos que comenzó a parir muy joven, pues desde los trece se fue de la casa paterna a tener marido, y “ser una mujer”.
Es la tercera ocasión en la que ella va a la Policía. Las dos veces anteriores ha vuelto con él. A ella le acompañan tres de sus hermanas, mientras acompañada de autoridades se va en busca de las pruebas, y en procura de un arresto en flagrancia.
Es muy común que los familiares, las autoridades… señalen a las víctimas de Violencia Basada en Género (VBG) de parejas y exparejas que, las están apoyando… pero advirtiéndoles con expresiones, tales, como: “Mire doña… ¡vamos a actuar!... pero no se arregle de nuevo con él”, o, “Doña, ¡no lo suelte, después no retire la querella!”. O la familia dice: “Fulana…mira que me estoy metiendo en esto…pero no vuelvas con él, ¡no te vuelvas a arreglar…!”
La persona que vive en una relación violenta está llena de inseguridades. Suele tener dependencia emocional, temor, precariedad económica…Tiene una programación cultural de que una buena mujer no denuncia a su marido.
Muchas veces la persona agresora suele tener problemas de autoestima, de inseguridad, de celos, de egoísmo, de envidia. Tiene a su favor su propia familia, a la comunidad, que tiende a crear que tal vez es verdad que ella tiene otro…y un poco se regocija que el poder masculino se exprese contra “esa freca”, “algo hace ella”, suele estar aún en la parte más podrida de esta conciencia que aunque se niega a nacer con firmeza en pro de los derechos de ciudadanía y de salud de la mujer y de la prole.
El hombre con estas dificultades, asume de una manera ¡tan lamentable!, el patrón cultural que la sociedad patriarcal ha venido construyendo durante milenios, como sujeto de poderes de dominio, de control, o hasta de vida o muerte, que cree sus propias mentiras, o como decía Calderón de la Barca, quiere seguir soñando con que es un rey.
Rompiendo con una carga de siglos que han venido llevando las mujeres en su conciencia, una Maritza se atreve a desafiar toda la cultura, y decide atravesar la Ruta Crítica de romper con el silencio, y con un pequeñito hálito de autoestima y de ilusión de poder ser una persona se encuentra con un personal sin la capacitación y comprensión necesaria para acompañarla.
Está amparada por una ley, la 24-97, pero con limitantes para su aplicación consecuente. Suelen haber dificultades con los mecanismos de comunicación efectivos, no hay combustible, no hay personal suficiente, no hay transporte, falta sensibilización con el cambio cultural que se está promoviendo sobre seguridad ciudadana, pero que en materia de género hace falta una inclusión consciente.
Las autoridades, las familias, los amigos y amigas, las organizaciones comunitarias, las iglesias, los partidos…toda la sociedad organizada debe entender que la persona sobreviviente de violencia de género de parejas y exparejas necesita un apoyo incondicional.
Que toda la sociedad que la socializó, la enculturizó, que la crió la ha hecho una persona vulnerable. Que romper el ciclo de la violencia en sus relaciones no es una decisión en frío, ni solitaria…
Ella está recibiendo mucha presión interna en su consciencia que no acaba de romper con firmeza con la cultura, que lo más probable es que sienta algo de culpa; además de que la pareja se mueve emocionalmente, y en sus estrategias, para que la relación se mantenga.
Ella suele reaccionar positivamente ante las promesas de cambio del hombre, y ante un nuevo escenario que él le presenta, vuelve a creer y abriga esperanzas. Ella suele tener problemas económicos hasta para pagar un autobús, un concho, un motoconcho, para pagar alguacil, abogados…
Más tiene la presión externa del entorno que suele cogerle le pena al agresor. Y tiene en su contra esa gran complicidad cultural donde ella y la niñez son el último plato de la mesa.
La sobreviviente está programada mentalmente para no romper algo que se le ha enseñado es casi sagrado.
Hace apenas unos pocos años que se ha roto con el paradigma de que hay que cargar la cruz, que antes prevalecía, sin importar, si todos terminaban enfermos, sin ciudadanía, quebrados, o muertos.
En medio de este mensaje revictimizador que le inspira miedo, de que se le está apoyando pero que no vuelva con él, también se le dice, (lo que yo he vivenciado y enfrentado) que la mujer que lleva a un hombre a la puerta de una fiscalía o de un cuartel, no es más su mujer. Así hablan algunas autoridades mientas les “acompañan”. Se le pide que no se arregle, pero se le chantajea, con un implícito “devuélvete” que lo vas a perder.
Así no se puede.
La Ruta Crítica que deciden recorrer las mujeres que denuncian y enfrentan la violencia de género necesitan de un cambio de patrón cultural mediante una capacitación y sensibilización, principalmente en las autoridades, pero también en toda la comunidad.
La sobreviviente y sus hijos e hijas necesitan apoyo incondicional y de calidad, no importa cuántas veces ellas retiren querellas, o contradigan los deseos de su familia de que rompa definitivamente.
El mejor regalo que le podemos hacer a la persona agresora es abandonar a la que está sufriendo violencia. Igual para los hombres que tienen situaciones de violencia y deciden atravesar la Ruta Crítica. La persona agresora quiere aislar, volver a la pareja, insegura; desacreditar a la persona contra la que habitualmente arremete, para poder controlarla, manipularla, dominarla, someterla… Convertirla en un objeto, sin pensamientos, sin sentimientos, sin libertad, sin decisiones propias.
Se necesita un apoyo incondicional, un servicio de calidad, para las personas que sufren violencia de pareja o exparejas, y para la niñez y adolescencia que mal pasan en esos tristes e inseguros entornos. Necesitamos de una cultura segura, alegre, de paz…
Editado por Mujeres Hoy.
Fuentes: www.clavedigital.com, s/f.
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