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15.05.2007 Imprimir Enviar Comentar
ARTÍCULO

Africa. Khady Koita, una luchadora

Trinidad De León-Sotelo

Khady Koita

En marzo de 2007, Khady Koita, originaria de Senegal recibió el premio a la Tolerancia otorgado por la Comunidad de Madrid, por su trayectoria de valor y tenacidad para superar una vida de violencia y horror a la que están sujetas miles de mujeres africanas.

Cuenta Ryszard Kapuscinski en «Ébano» (Anagrama), con la sabiduría y la experiencia habituales en él, que África es más que un continente y que en su inmensidad de clanes y tribus, su rasgo más importante ha sido su provisionalidad. ¿Debida a qué? A la necesidad impuesta por un clima tan hostil -realmente es tal y cual nos describían el infierno-, que obliga a desplazarse a la búsqueda de la supervivencia. Kapuscinski -«el enviado de Dios» como le llamó Le Carré y a fe que acertó al decirlo, tanto fue su acercamiento a los más pobres del mundo-, escribe refiriéndose a África: «La continuidad que aquí goza de buena salud y cimenta diferentes comunidades es la de las tradiciones, ritos tribales y profundo culto a los antepasados. Dado que en ese continente -«un planeta, un cosmos heterogéneo y de extraordinaria riqueza»-, sus habitantes han sabido que un hombre solo no podría sobrevivir han tendido a agruparse. Durante siglos, los africanos anduvieron y anduvieron a través de su tierra huyendo del hambre, tratando de sobrevivir».

Ahora, quizás cansados de caminar sin calmar sus ansias, intentan hacerlo en Europa, un continente, por cierto, al que no podían viajar. Concretamente, en el Congo belga, los negros tenían prohibido salir más allá de las fronteras del lugar en el que habían nacido.

Liquidada la inhumana medida, son miles y miles los africanos que llegan a Europa, por métodos ciertamente también inhumanos, para encontrar la solución a sus problemas vitales. No obstante, no aparcan sus costumbres, basadas en creencias ancestrales, en sus lugares de origen. Pero son las mujeres las que antes toman conciencia de las rémoras que castran su independencia, sea sexual por medio de la ablación; sea personal por las barreras que los maridos o familiares varones les imponen para su desarrollo laboral y personal.

Khady Koita, senegalesa, demuestra en su libro «Mutilada» (Martinez Roca) cuanto hay de cierto en lo que denuncia. Su testimonio estremece; su lucha, demuestra su fortaleza y su triunfo, que no batalló en vano. Fue una niña mutilada, una mujer maltratada hasta el espanto, pero se ha convertido en una persona que habló en la ONU en 2005 y a la que la Comunidad de Madrid ha entregado en este marzo de 2007 el premio a la Tolerancia.

La «purificación»

Khady se declara de etnia soninké, cuyas gentes suelen dedicarse a la agricultura y al comercio. Su infancia fue tranquila hasta que un buen día -«hoy, hija mía, vamos a purificarte, para que accedas a la oración» -, le extirparon el clítoris con una cuchilla. Luego, la muchacha que asistió a la escuela y amó el teatro fue casada con un tipo que no sabía leer ni escribir. Francia les esperaba. Deseosa de mejorar, Khady acudió a un centro social donde aprendió una nueva lengua, costura, cocina... Pero lo que mejor entendió, y por sí misma, es que «las tradiciones no deben conservarse en un mundo que evoluciona con rapidez». La directora del centro captó su deseo de saber, de modo que le avisó de que no la quería sólo como alumna, sino como intérprete. Se convirtió así «en el faro de la pequeña comunidad de inmigrantes africanos» y se forjó para enfrentarse al terrible camino que la esperaba. En 1976, 1977 y 1978 nacieron sus tres primeras hijas que, sin que ella lo supiese, fueron «purificadas» en París, costumbre prohibida en Senegal desde 1999. Por si este abuso fuera poco, también sufrió la humillación de que la prima de embarazo o los subsidios para los hijos fuese un dinero que se quedaba el marido. Relata que se dieron casos en los que las esposas no sabían nada sobre estas ayudas. «Las mujeres no podían ni comprar yogures para sus hijos, sin la aprobación paterna», evoca. La cuestión es que, informa, en Senegal, la mujer, sea cual sea su casta o etnia, respeta al esposo y a la familia, pero goza de libertad de movimientos. En París, su marido se lo impidió. O lo intentó.

Khady trabajó fuera del hogar, pero las disputas y el maltrato fueron constantes. El ambiente era irrespirable y, no digamos, cuando una segunda esposa entró por la puerta. Dadas las consecuencias de la ablación, él dispuso tener relaciones sexuales un día con una y otro, con otra. Apaleada por tomar la píldora tras cinco hijos, decidió convertirse en «militante de sí misma». La atmósfera no era la adecuada, pero comprendió que no tenía otro camino. Pagó caro el precio de su libertad. Pero valió la pena, porque, a pesar de las palizas, los terribles insultos, la meticulosa persecución, salió airosa no de una batalla, sino de una guerra feroz. Nunca se quedó mano sobre mano. Estudió contabilidad, obtuvo un diploma y trabajó en una compañía de seguros, incluso cuando en su casa no era mas que una esclava.

En su opinión, la poligamia es un magnífico método para que los hombres «puedan reinar». Y a sus anchas. Así habla quien lo supo por sí misma en 1986. Koita era en su casa la maligna, la celosa -¿de qué, de quién, si lo único que deseaba era huir?-. En su libro escribe: «La poligamia está prohibida en Francia, pero llegaban segundas esposas. Eso ahora es imposible, pero como para la policía todos los negros son iguales, muchas africanas han entrado en el país con el permiso otorgado a la primera esposa». E insiste: «La poligamia se tolera en Europa y de ello se aprovechan los varones». Hace una petición: «Me gustaría que los periodistas en África o Francia hicieran reportajes en televisión sobre la realidad de las condiciones de vida de las mujeres africanas y no se las adormezca con folletines. Hay africanas en París que ignoran donde está la Torre Eiffel».

El penúltimo combate

En su vida personal se atrevió a entrar, definitivamente, en las fauces del lobo: se mostró dispuesta a pedir el divorcio y disponer de los subsidios familiares por sus hijos. Muchas de sus compatriotas por intentar los mismo se han encontrado en un avión con rumbo a África, sin un céntimo y sin sus hijos. Khady oye, por fin: «A partir del próximo mes, los subsidios irán a su cuenta corriente». «Es una puta», propaga su marido. La difama, la calumnia. Parece que nunca, haga lo que haga, dejará de estar presente en su vida.

Se antoja increíble, pero es real.Es la protagonista quien lo cuenta. Cuando consigue un piso -«lo mas alejado de la zona en la que vive mi marido», suplicó-, un tío carnal por línea materna la localiza en su nueva vivienda y, buen macho donde los haya, ignorando cuanto sabía del sufrimiento de la autora de «Mutilada», le exige que el hombre del que escapa, su segunda esposa amén de la prole, compartan el piso con ella. Se había independizado o eso creía, pero seguían su rastro. Ella pagaba el alquiler, pero ¿qué importancia tiene este detalle?

Claro que Koita que había aprendido a sobrevivir, para alcanzar la libertad y la auténtica vida, no se dejó amilanar. Su negativa fue rotunda. Su lucha no cesó. Así, por ejemplo, en 1993 ingresó en la Universidad París-VIII para una diplomatura en sociología africana. No obstante, la «militante de sí misma», decidió ser útil a otras mujeres.

Esta convicción la llevó a formar parte del GAMS, la primera asociación europea para ayuda a mujeres africanas. especialmente en lo que a mutilación genital se refiere. Sin embargo, está convencida de que esta atrocidad puede ir desapareciendo, no así la poligamia que, en su opinión, resistirá más tiempo. El motivo estriba en los ya mencionados subsidios, porque hay hombres que llegan a tener quince hijos con dos mujeres, dinero que emplean en su provecho.

Khady recuerda que en 2002 dos madres se dirigieron a ella con estas palabras: «El dinero llega a su cuenta y nosotras no podemos acceder a él; ha cogido parte del dinero y se ha marchado a África para ver a su tercera mujer. Hace tres meses que está allí, va a empezar el colegio y no tenemos dinero para los niños. Lo que ha dejado apenas basta para los tres mayores». Participando de esta injusticia, Khady se duele: «Si al menos, aprovechando el sistema poligámico, los maridos dieran a sus esposas la posibilidad de instruirse, de ocuparse de sus hijos...Pero lo utilizan para humillar a la primera mujer». Sigue una reflexión: «Queda tanto por hacer por los derechos de las mujeres en el mundo».

En julio de 2003, los países africanos firmaron el «Protocolo de Maputo», con el fin de mejorar la condición de las que deberían ser ciudadanas de pleno derecho, claro que ...algunos de los que firmaron el documento aún no lo han ratificado. Por eso, a pesar de la lucha, no puede cantar victoria, pero tampoco se rinde. Está segura de que «las mujeres son las auténticas sacrificadas de la inmigración. Nadie tiene derecho a ocultar la verdad sobre el sexo de las mujeres africanas. No es diabólico ni impuro. Desde la noche de los tiempos, de él brota la vida».

Editado por Mujeres Hoy.

Fuentes: Khady Koita. Horror en Africa en el corazón de Europa. ABC, 1 Abril 2007.

 
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