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La abogada Hauwa Ibrahim (Foto: Agencias) |
Hauwa Ibrahim es la abogada responsable de salvar de la muerte a Zafiya Hussaini y Amina Lawalron, las dos mujeres condenadas a ser lapidadas en Nigeria por cometer adulterio, según la “sharia”, normas musulmanas que imperan en gran parte de ese país africano. En entrevista con el medio chileno La Tercera, cuenta cómo logró revertir la ley sagrada y civil a su favor.
(Mujereshoy) “Hija, estás deshonrando a la familia. En el vecindario dicen que eres una prostituta por andar defendiendo a esas mujeres”. Ese fue el único comentario que Hauwa Ibrahim (36 años) escuchó de su madre cuando decidió involucrarse en la defensa de dos mujeres de su país condenadas a muerte por lapidación tras cometer adulterio.
Y aunque estas palabras le dolieron, la abogada que hoy vive en Washington becada por el Hubert Humphrey Program de la American University, no cesó en su lucha. Trabajando sin parar, estudiando al detalle las leyes civiles y religiosas de Nigeria, ella consiguió revertir dos sentencias de muerte que parecían inapelables: la de Zafiya Hussaini, en 1999, y la de Amina Lawalron, el pasado 25 de septiembre. Noticias que, además de ser titulares en todos los diarios influyentes de Estados Unidos, significaron un paso gigantesco en la lucha por los derechos humanos de las mujeres en los países musulmanes fundamentalistas.
Hauwa Ibrahim habla un inglés fluido aunque con marcado acento y su ropa, completamente apegada a las tradiciones musulmanas, es más bien modesta. El tradicional chador no lo usa en Estados Unidos y sólo para las ocasiones especiales se pone un pañuelo en la cabeza. En su casa, ubicada en un barrio residencial de Washington, nos recibe esta mujer alta y corpulenta. “Fui una hija rebelde y sufrí el rechazo de mi familia. Sin embargo, soy y me siento musulmana. Mi lucha no es contra la religión, sino contra los fundamentalistas”, dice.
Por lo mismo, no es raro que sus estudios suelan verse interrumpidos por las múltiples conferencias que dicta dentro y fuera de Estados Unidos. Sucede que su intervención en la causa de las dos mujeres a las que les salvó la vida está obligando a cambiar la “sharia” o sistema legal musulmán. Hace pocas semanas se reunió con el ex presidente Jimmy Carter y con el secretario de Estado de este país, Colin Powell.
Incluso Ophra Winfrey, la popular animadora, está tratando de llevarla a su programa diario de televisión. Pese a estos honores, su familia de Nigeria no está orgullosa de ella. “They don´t care” (A ellos no les importa), dice resignada.
Vida de mujer en Nigeria
La abogada creció en un pueblo nigeriano sin luz eléctrica ni agua potable. Su madre fue obligada a casarse a los 12 años con un funcionario de gobierno que, tal como lo permite la ley musulmana, era polígamo. “Nunca pudimos contar con él, porque tenía otras esposas. A los siete años tuve que salir a vender papas cocidas puerta a puerta para ayudar en mi casa”, recuerda con tristeza.
De nada sirvió que fuera una estudiante de básica brillante y que terminara sus estudios a los 11 años, antes de la edad promedio. El único destino permitido para ella era casarse. “Las niñas teníamos prohibido cursar la secundaria, porque sucedió que unos 15 años antes una joven quedó embarazada mientras estudiaba. Su familia incluso tuvo que abandonar el pueblo”.
La mamá de Hauwa, sin embargo, no quería que sus hijas se casaran tan niñas y les permitió seguir estudiando. “Nos hizo prometerle que apenas termináramos el colegio, nos casaríamos”. Su hermana mayor cumplió y a los 17 años la casaron rápidamente. Siguiendo la tradición, Hauwa tuvo que mudarse con ella a la ciudad, para ayudarla con los quehaceres de la casa. “Un día compré un pastel de arvejas envuelto en papel de diario. Me llamó la atención un aviso en que aparecía un estudiante con toga. Me sorprendió que esa persona (no recuerdo si era hombre o mujer) se viera con mucha confianza en sí misma. Yo quería lo mismo para mí”. Escondió las ganancias de sus ventas callejeras en un hoyo en el jardín con la esperanza de llegar algún día a la universidad.
Después vio por televisión una entrevista a la comisionada del Ministerio de Bienestar Social, Juventud, Deportes y Cultura de Nigeria, Hanatu Ibrahim, con quien no tenía ningún parentesco. Era la primera mujer que ocupaba un cargo de tal envergadura en Nigeria y, por lo mismo, solía pedirles a sus pares que permitieran a sus niñas educarse. “Ella era el ángel que andaba buscando”, recuerda emocionada.
Logró que esta importante mujer le diera la tarjeta de presentación necesaria para postular a la universidad. “No le conté a nadie de mi familia y cuando fui admitida, mi hermana se puso furiosa y me echó de la casa. Quizás pensó que estaba arriesgando a mi madre al no cumplir la tradición”.
Igual se matriculó. “Para mí fue un shock muy fuerte, porque algunos estudiantes usaban pantalones cortos y eso me impactó. Yo provengo de una educación musulmana muy estricta que reza: no ver, no oír”.
Los estudios se le hicieron bastante difíciles debido a su escaso manejo del inglés. Esto, además de tener que resignarse a la total indiferencia familiar. De hecho, a su graduación en 1988 no asistió ninguno de sus más cercanos. “A nadie le importó. Fue muy doloroso, pero ese fue el castigo que recibí por ser una hija rebelde”.
De su primer marido se separó por violencia intrafamiliar. “Me pegaba mucho”, resume sin muchas ganas de ahondar en el tema. Tras ese episodio tuvo que partir a vivir a la casa de un tío arquitecto, ya que la tradición musulmana impide que una mujer viva sola. Tiempo después, durante una fiesta familiar, conoció a un italiano “que al principio no me gustó nada”. Él fue a pedirle asesoría por su divorcio y terminaron casándose en 1993. Nuevamente sus más cercanos estuvieron en contra: “Se trataba de un hombre blanco, pero ya lo aceptaron”.
Juntos tienen dos hijos, de siete y dos años, quienes están viviendo en Milán con su padre mientras ella estudia en Washington. El plan, una vez que termine, es irse a vivir con ellos a Nigeria.
La ayuda a Zafiya y Amina
En 1999, el gobierno de su país decidió incorporar la sharia como parte del Código Penal. Fue así como se estableció que las mujeres casadas, viudas, divorciadas o separadas que cometieran adulterio debían ser condenadas a morir apedreadas.
Junto con aprobarse esta norma, la nigeriana Zafiya Hussaini fue acusada de cometer adulterio. Como prueba del “delito” estaba el bebé que había tenido fuera del matrimonio. Conocida la condena, la organización no gubernamental (ONG) Baobab contactó a Ibrahim inmediatamente, ya que se trataba de la única abogada que había en el noreste de Nigeria. Así comenzó la lucha por salvar a esta mujer.
“Lo que hicimos fue hacer ver que se había violado la ley. Para condenar a una mujer a muerte por adulterio no se habían seguido una serie de pasos que exige la misma sharia”. Así, a punta de tecnicismos legales, además de la repercusión internacional del caso, Hauwa Ibrahim logró salvarla.
Un detalle: durante el juicio, ella no podía dirigirle la palabra al juez y para argumentar debía hacerlo a través de otro abogado varón.
Para el caso de Amina Lawalron usó la misma estrategia. Sin embargo, quedan al menos 14 mujeres que están siendo procesadas por adulterio y hay un caso que afecta a un hombre. Si la sharia podrá o no condenar otra vez a una mujer, es un tema claro para esta abogada. “No lo creo, porque ya hemos sentado un precedente”.
Ibrahim trabaja estos casos en forma gratuita con la única convicción de revertir la condición de estas mujeres “que son pobres, analfabetas y que no pueden defenderse”.
¿Y cómo se financia? “Entre mis clientes figuran empresas a las que asesoro en la parte comercial. En esos casos cobro, pero en ninguno relacionado con derechos humanos”.
La Tercera
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